Opinión. '¿Se puede ser hombre y feminista?'

Lo primero que habría que aclarar aquí es el significado del término feminismo, el cual asociamos, por pura ignorancia, a un intento de ciertas mujeres de colocarse en un lugar superior al de los hombres. Según la Real Academia de la Lengua Española, caracterizada en  muchas ocasiones como una institución conservadora, el feminismo es un “movimiento que exige para las mujeres iguales derechos que para los hombres”, por lo que el primer mito queda desmontado, y eso coloca a las personas, hombres y mujeres, ante una cuestión peliaguda: ¿queremos iguales derechos para las mujeres y para los hombres?


Algunas mujeres responderán con un sí rotundo, al darse cuenta de que el feminismo es simplemente una vía para abandonar un papel de subordinación y ponerse, simple y llanamente, al mismo nivel de los hombres. Otras muchas, influidas por una cultura patriarcal (que gira en torno a la figura del hombre) y machista, y por miedo a liberarse, renunciarán a esa posición de igualdad, limitándose a decir cosas como: “¿Es que no somos diferentes? ¿Es que los hombres no tienen más fuerza que las mujeres?”.

Asocio este comportamiento a esa sensación que experimentan las personas secuestradas, el famoso síndrome de Estocolmo, que genera una dependencia tal en los secuestrados que les lleva a mantener un cierto nivel de complicidad con sus secuestradores. Al fin y al cabo, todo se reduce a un cierto miedo a la libertad, a romper con unos roles que, aunque te subordinan, te proporcionan la sensación de que no vas a estar sola.

Pero a la hora de responder a esta pregunta el gran problema lo tienen los hombres. Estos han sido adoctrinados con las formas del machismo desde la cuna. Por parte de esas madres que se niegan a romper con sus ‘secuestradores’ y que asumen sin rechistar esa subordinación. Pero sobre todo por unos padres con nula inteligencia emocional a los que les cuesta mucho mostrar sus sentimientos y sus afectos, tanto a sus hijos como a las madres de sus hijos, y que contribuyen de esa forma a la reproducción de los comportamientos machistas.

Padres que babean cuando ven pasar a una mujer físicamente atractiva por la calle, sin preguntarse lo buena o mala persona, lo inteligente que es esa mujer. Padres que se mantienen impasibles mientras sus mujeres se dedican a los cuidados familiares, renunciando, en innumerables ocasiones, al desarrollo personal, tanto intelectual como social. Impasibles mientras sus mujeres asumen toda la responsabilidad de brindar el afecto a sus hijos, con lo que consiguen que estos no se vuelvan locos y desarrollen conductas excesivamente rebeldes o antisociales. E impasibles mientras sus mujeres soportan la mayor parte de la carga emocional cuando esas conductas antisociales se producen, mientras que ellos, los padres, se limitan, única y exclusivamente, a reprochar los comportamientos de esos hijos.

Y eso no es todo. Cuando esos hombres jóvenes educados en el machismo y el patriarcado salen a la calle, cuando van a la escuela, al instituto… Cuando esos hombres se aficionan por algún deporte, lo que ven es, de nuevo, la reproducción del modelo que han vivido en sus casas. La relegación de la mujer a un segundo plano. La objetivación de la mujer, es decir, su conversión en un mero objeto de deseo sexual, y no de respeto, de admiración y de amor. Una visión que además viene alimentada por los anuncios publicitarios, por los medios de comunicación, por el cine, que se dedican a replicar esos roles de mujer tierna, sumisa y trabajadora incansable (primero solo dentro de casa, y luego tanto dentro como fuera), frente a un hombre con un perfil muy social, muy seguro de sí mismo (cuando además el machismo es una muestra de inseguridad frente a la mujer libre), pero sobre todo muy machote y con una clara tendencia al donjuanismo.

Toda esta lógica es la que ha imperado e impera en nuestra sociedad desde hace siglos. Pero, como los imperios, también se encuentra con sus propios reductos rebeldes, que acabarán por destruirla. Esos rebeldes son, a día de hoy, las mujeres y los hombres que comienzan a entender el feminismo. Aunque hay diferencias. Ya que lo que ocurre cuando una mujer entiende el feminismo es que, generalmente, se libera. Y en cambio, cuando un hombre comienza a tomar conciencia de todo esto se siente muy confuso. ¡Qué difícil es romper con los moldes que nos imponen, cuando además nos benefician!

Llegados a este punto, hay algunos hombres que deciden retroceder. Otros, sin embargo, optan por profundizar un poco más en el conocimiento del feminismo, aunque eso les produce una cierta sensación de aislamiento. Por un lado, por el temor a que el resto de hombres vean en él una pérdida de masculinidad. Por otro, por el pánico al rechazo de las mujeres, ya que esos hombres parten de la idea de que todas necesitan “a uno que les dé caña”. Pero, ¡qué estupidez tan grande nos hemos creído!

Por suerte, llega el día en el que ese hombre se da cuenta de que todo eso ya no le importa. De que no hay amor más gratificante y puro por una mujer que el que viene del respeto y de la admiración personal. Se da cuenta incluso de que el sexo está muy bien, pero cuando está limpio de condicionantes machistas. Y que en todo caso no es lo más importante en la vida. Y ese día, en el que ya se siente de verdad seguro de sí mismo, ve aparecer a su alrededor a otros hombres que piensan como él y ve que hay miles de mujeres que aprecian este cambio. Y ya no se siente solo. Es más, se siente más fuerte, más seguro y más valiente, y con ganas de asumir nuevos retos para convertirse en una persona mejor.

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