Opinión. 'Breve apunte histórico sobre la lucha femenina'

Era difícil imaginar en el cuerpo de una recién nacida a una prostituta, supone un gran impacto, pero aquél futuro era una posibilidad, que aunque no fuera mencionada, no se podía desdeñar en aquél Madrid de las Cortes del siglo XX. Miles -sino millares- de mujeres se dedicaban a la prostitución por aquél entonces en la capital de un país anclado en el recuerdo de la época imperial que aún arrastraba la depresión de la severa crisis finisecular.


En aquellos tiempos Madrid era una ciudad que recibía a más personas de las que eficazmente podía recoger, y se desparramaba en suburbios mientras crecía atolondradamente proyectando avenidas al estilo de moda en las grandes urbes europeas.
El modelo patriarcal ya llevaba siglos incrustado en la sociedad española. El rol del hombre y de la mujer, por tanto, se proyectaba definidamente. La mujer tendría que encargarse de todo el trabajo no remunerado –sin contemplaciones- principalmente tareas domésticas y del hogar, así como cuidado de personas. El hombre, por su parte, debía estar totalmente disponible para el trabajo. Las expectativas de una mujer en el mundo laboral eran bien escasas, pues se debía al hogar, se reducían al ostracismo. Por esta razón hemos de prestar especial atención a la desmesurada acentuación de la prostitución contemporánea, por ejemplo, pero también del escaso respeto a la sexualidad femenina, el acoso sexual y los multitudinarios malos tratos domésticos.
Paradójicamente el pasado 30 de abril celebrábamos –sólo algunos y algunas pocos y pocas que saben echar la vista atrás-  el 42 aniversario de la muerte de Clara Campoamor, mi querida Clarita. Y que no quede por advertir, que después vendrá el Corte Inglés y os venderá el día de la madre –fechado para el 4 de este mes de mayo- con sus montones de fragancias, y elocuentes regalos para demostrar el mucho amor, respeto y aprecio que tenemos a nuestras respectivas progenitoras.

No obstante, me gustaría aprovechar la ocasión para recordar, a propósito del actual proyecto para la reforma de la ley del aborto, lo cruel que fue la historia con las mujeres. Pues vean ustedes que no debemos retroceder demasiado en la línea del tiempo, ni siquiera  en el espacio, para observar las dificultades que la mitad bella del género humano tuvo que soportar. Ocurría aquí en nuestra querida España, y ocurría apenas hace un puñado de décadas. Por eso quiero creer que el 30 de abril es un día enormemente más conmemorativo para la mujer que otros, por muchas y muy diversas razones.

En el mejor de los casos, cuando una niña venía al mundo en aquél Madrid –como en el resto del país- su futuro apenas podía percibirse más allá de las estrictas fronteras del hogar y la familia, densas paredes. Todas ellas, niñas llenas de ilusiones, crecerán en una lastrada España tras el desastre de 1898. Pese a la diversidad de sus procedencias, sus infancias no podían diferir mucho, y de esta manera lo describe Campoamor: “ser mujer consistía en ser una buena madre y una servicial esposa; ése era el destino natural que no esperaba, salvo que recibiéramos la llamada de Dios y decidiéramos vestir de hábito nuestra existencia.”

El siglo XX, aunque se candidata como el gran siglo de la esperanza y progreso para la sociedad española, no parece traducirse en grandes avances para la figura de la mujer y su inserción en la sociedad: ¿Es la mujer un ser humano?, será la pregunta que lance más tarde Gregorio Martínez Sierra en sus Cartas a las mujeres de España, uno de tantos otros libros que firmó este caballero pero que en realidad pertenecía y escribía su mujer, María Lejárraga, quien fuera paradigma de la invisibilidad femenina durante buena parte de la historia social del  XX. 

Ser mujer significaba ocupar una rol bastante denigrante al menos que no se tuviese la suerte de haber nacido con algún título nobiliario, u ocupar un puesto en la realeza como lo hiciera la decimonónica Isabel II. Para el resto de mujeres, la realidad y legalidad vigente no suponían contexto amable, ni siquiera honesto. Nuevamente en palabras de Campoamor: “mientras mis vecinos jugaban a especular sobre mi futuro, en el Congreso de los Diputados, a un par de kilómetros de mi casa -¡cuántos años me llevó recorrer tan corto espacio!-, se estaba discutiendo un nuevo Código Civil que declaraba a la mujer mero apéndice del hombre (…) Según sus cláusulas, las mujeres estábamos obligadas a obedecer siempre al marido y a seguirlo allá donde fuera. Él era quien tenía el poder de administrar nuestros bienes, quien nos representaba, a quien debíamos pedir licencia para comprar o vender cualquier bien, ya fuera una casa o un armario. (…) Así, si una mujer regentaba un comercio antes de casarse, necesitaba el permiso de su marido para poder seguir haciéndolo después del matrimonio. Y en el colmo de los colmos, la mujer viuda sólo podía volver a casarse y a mantener la patria potestad de sus hijos si el marido, antes de morir, lo había dejado estipulado en el testamento”.

Clara Campoamor, por ejemplo, no leyó el código civil hasta muchos años después, cuando llegó a la Universidad, pero ése no era el camino estándar para una mujer. La mayoría de mujeres de su generación no leerían nunca el código civil, y en muchos casos ni tan siquiera los periódicos y diarios. No era necesario leer aquél código civil, su texto legal únicamente describía una realidad costumbrista arraigada y asumida como normal en la sociedad española. En gran parte esta realidad fue construida en torno a una idea un tanto perversa: si la mujer era la única que podía engendrar, por razones obvias, debería dedicar su vida entera y su existencia a cumplir con dicho destino natural, olvidándose del resto de obligaciones y aspectos de la vida, y de lo que es aún mucho peor, de sus derechos civiles.

Como gran excepción, Clarita –humanista antes que feminista- consiguió llegar a matricularse en estudios superiores cualificados, tanto Campoamor como Kent coincidirían en estudiar Derecho en Madrid. Pero la realidad de la sociedad española era bien diferente. Así,  una de las mujeres que se atrevió a denunciar la precaria situación de la alfabetización de la mujer en nuestro país fue Emilia Pardo Bazán, que en 1889 denunció en La Sorbona de París la crítica situación del género débil con millones de españolas que no sabían leer ni escribir, y a quienes no les quedaba más recurso que el del matrimonio como medio de subsistencia, o bien el servicio doméstico, la mendicidad o tristemente la prostitución. Una vida hipotecada, una condena a la postergación.

Ya en esta época en la sociedad española no se discutía la educación femenina como derecho de la mujer a instruirse –salvo para los sectores más reaccionarios- El problema real residió en que dicha educación se consideraba un mero instrumento para perfeccionar el papel tradicional de la mujer dentro de la familia, que realmente nunca se cuestionó. Es decir, si eran ellas la que intervenían decisivamente en la formación, pensamiento y carácter de aquéllos hijos llamados a ocupar algún día altos cargos en la sociedad, no resultaba muy consecuente que lo hicieran desde la más absoluta de las ignorancias. De este modo, la España de la época consideró que era suficiente con la educación primaria, o a lo sumo con el aprendizaje de otras materias cotidianas o de adorno, para suplir la necesidad educacional de las madres; mientras que la educación superior se consideraba un paso excepcional y una rareza reservada a mujeres privilegiadas de la más alta aristocracia.

Un claro ejemplo del panorama educacional de aquella España lo encontramos en el manual que se utilizaba en las aulas cuando Clarita, Dolores Ibárruri o Victoria Kent –entre muchas otras- acudían a la educación primaria: Nociones de higiene doméstica, el cual contenía las doctrinas necesarias para enseñar a ser una buena mujer de casa: “Cuando seáis adultas, tendréis que pasar la mayor parte del día en la habitación. Para las mujeres, más que para los hombres, se ha dicho con bastante exactitud que la habitación es la sepultura de la vida. Por consiguiente os interesará mucho amenizar y alegrar esa sepultura, en la cual debéis mirar ya el futuro teatro de vuestras glorias como mujeres solícitas y hacendosas”.

Por otro lado, el escenario público tampoco predicaba mayoritariamente a favor del género femenino. El inicio del siglo XX vino marcado con un fuerte acento masculino que despotricaba abiertamente contra el sexo opuesto. Unos años antes durante un congreso pedagógico celebrado en Madrid en 1892 Fernando Calatraveño se atrevía a defender que la mujer, salvo en honrosas y exceptuadas ocasiones, nunca pasaría de ser una mediocre: “su sistema nervioso, que domina el resto de su organismo, sus trastornos periódicos, la gestación y la lactancia (…) imprimen a su organización rasgos perfectamente distintos al sexo opuesto, y el peso de su cerebro, menor en un centenar de gramos al del hombre (…) La mujer jamás podrá ser más que mujer, con sus ingenuidades de niño grande, su exagerado sistema nervioso, su reflexión escasa, su coquetería innata y con su sentimiento maternal, el más grande en ella, el único que la subyaga y la caracteriza de forma decisiva”.

No será hasta finales del XIX, y con el arranque del XX, cuando aparezca el fuerte empuje de mujeres impregnadas de un gran carácter como lo fuera nuestra protagonista, y cuando se tome conciencia en España del problema de la mujer. La educación se convertirá en este sentido en el fenómeno más importante para la emancipación de la mujer y la modificación de los esquemas del patriarcado, pues la ignorancia no sólo conseguía mantener sometida a la mujer sino que al mismo tiempo justificaba éste sometimiento.

A principios del s. XX, económicamente hablando, para la mujer no hay clase media sino dos lejanas y estancadas categorías sociales: “la mujer de dinero y la mujer pobre”. No cabía más diferenciación, en todo caso podríamos sumar las categorías de mujer urbana o mujer rural. Pero hemos de recordar que el proceso industrializador no abarcará España –a excepción de alguna zona puntual- hasta las primeras décadas de éste siglo XX, así pues, se mantuvo un país eminentemente agrícola y rural hasta la fecha. La incorporación laboral de la mujer a sectores industriales se verá reducida en zonas geográficas muy limitadas -principalmente el sector textil catalán y algunas otras zonas del norte de la península- que no le proporcionará independencia alguna, pues el trato a la mujer obrera será tan nefasto como el que sufran los propios niños, en una época en que todavía no existen convenios de la OIT, ni respeto por el proletariado.

El trabajo femenino en el sector obrero no será un capricho sino más bien una necesidad, que además sociológicamente le hará sentirse culpable por abandonar sus auténticas obligaciones: hogar y familia. Las mujeres obreras de las primeras generaciones serán sometidas a largas jornadas de trabajo que podían prolongarse hasta diez o catorce horas en muchos establecimientos, al trabajo en locales oscuros, mal ventilados y sin servicios sanitarios adecuados y a salarios bajos y significativamente inferiores a los de los hombres: “Normalmente las obreras ganaban la mitad del salario masculino en la misma tarea y sector industrial. Los patronos tenían la idea de que el salario femenino no era sino un ingreso familiar complementario; y esto justificaba ampliamente que no fuera igual al del obrero”.
Clarita se enfrenta a una época especialmente marcada por el fenómeno de la Restauración española. Bajo los mandatos monárquicos de Alfonso XII y Alfonso XIII –con el que el modelo bipartidista entrará en crisis-, es testigo de la especial inestabilidad que arrastra el país desde la depresión de las colonias en 1898 y el manifiesto atraso en el que vive el país. La escasa pero efectiva presencia industrializadora a principios de este siglo viene acompañada por la difusión de ideales obreros, el auge de los nacionalismos periféricos así como la persistencia de las ideas republicanas. Convivirá además con la guerra de Marruecos y con una dictadura: la de Primo de Rivera, antes de conocer definitivamente la II República española.

Todo este abrupto vaivén político acentuará los problemas políticos ya planteados en la centuria anterior: pérdida de colonias, los problemas regionalistas o nacionalistas, el asociacionismo obrero, y el atraso general en el que se hunde el país. El papel de la mujer en este contexto será por tanto bastante deprimente. El Congreso de los Diputados, por ejemplo, suponía un tapiz repleto de rostros masculinos. Y hasta la llegada de Campoamor y Kent ninguna mujer había alcanzado regentar un negocio de profesión liberal como lo son bufetes de abogados. Para la mayoría de la población masculina –alfabetos o no- la mujer amenazaba con invadir espacios que tradicionalmente habían quedado reservados a los hombres. Era la costumbre. Las mujeres británicas y americanas ya pedían el derecho al voto y aquí en España, aunque no se atrevieran a hacerlo, algunas ya estaban culminando sus carreras y abriendo importantes negocios.

Pese a todo, España, que contaba con 11 millones de habitantes a principios del siglo XIX, estrena el siglo XX con 18,5 millones. Es un país en crecimiento. La mujer poco a poco tomará conciencia de su situación, especialmente gracias a la educación posibilitada, y comenzará con esto a reclamar los espacios que les estaban prohibidos; su inclusión definitiva en la sociedad. La presencia femenina se hará  habitual progresivamente en el teatro, las salas de cine, los salones de té y cafés  e incluso en clubes sociales, en los cuales, a principios del siglo, sólo se permitía la presencia de gentiles señoritos. Figuras únicas como las de Pardo Bazán, Carolina Coronado, Rosalía de Castro o Concepción Arenal serán la clave que influirá y potenciará el aliento conquistador y de superación de la nueva generación que incluye a Clarita, entre muchísimas otras, en un clima tan desfavorable como fue el de la España de los primeros compases del XX.

Clarita fue una pionera por muchos motivos: primera mujer en abrir un despacho de abogados junto a Kent. Junto con Azaña formaría parte de la junta directiva del Ateneo de Madrid. Una de las primeras diputadas en las Cortes, siendo la primera mujer que habla en las Cortes Españolas. Contribuyó a fundar la Liga Femenina Española por la Paz. Delegada de España en la Sociedad de Naciones  y no menos destacable, una de las madres de la Carta Magna de la II República, pues perteneció a la Comisión encargada de su redacción.
Podíamos decir que el carácter profundamente independiente y de íntegra mujer de Clara se forjó desde su infancia. Nunca contrajo matrimonio y nunca se ligó a aquél mundo de sacristía y confesionario que denunciaban las izquierdas españolas. Campoamor no tenía que responder ante las intenciones de un marido, ni siquiera de un padre. Además era una mujer formada, jurista, profesional y respetada. Para ella no era cuestión de desprestigiar al hombre y tratarlo como un inferior. En eso consistía el feminismo del que ella quería desvincularse. Por el contrario, el fundamento principal de toda su lucha era conseguir abarcar todos los derechos de los que gozaba el sexo masculino, para trasladarlos al femenino. Y eso era para ella una tarea humana, acorde con los tiempos.

La suya fue la primera voz de una mujer que se oyó en el Congreso español, su apasionada defensa del sufragio femenino, en contra de su propio partido, que la dejó sola, supuso su mayor éxito. La Guerra Civil terminó por fulminarla: vivió su largo exilio consumida por la angustia de no poder volver a su país y por la decepción que supuso el paso de los años sin que las mujeres recuperaran los derechos que habían ganado y a los que ella había contribuido más que nadie. El régimen franquista la persiguió y nunca se le permitiría volver a España.

Lamentablemente, sólo pudo hacerlo convertida ya en cenizas tras su muerte el 30 de abril de 1972; no pudo ver la caída del dictador y la apertura hacía la transición. No pudo reconocer como la mujer volvió a acaparar los derechos que siempre debieron ser suyos. Y además, la memoria nunca fue justa del todo con la contribución de esta mujer excepcional: republicana, liberal y democrática.

Ahora sin embargo, en plena Democracia, celebraremos el día de la madre, una festividad que se entona como un canto de alabanza a la mujer y a las progenitoras, olvidando que volvemos a oprimirlas y obligarlas, imponiendo nuestros no-naturales criterios sobre ellas, secuestrando sus derechos y libertades, y haciéndolas una vez más serviles de nuestros interese partidarios. Que no olviden nuestras mujeres cuanto tuvieron que luchar por llegar hasta aquí. Que no permitan que decidan por ellas. Que no vuelvan a someterse nunca más.

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