Opinión. 'La utilidad de lo inútil'

"Que no es una ciencia productiva resulta evidente ya desde los primeros que filosofaron; en efecto, los hombres -ahora y desde el principio- comenzaron a filosofar al quedarse maravillados ante algo, maravillándose en un primer momento ante lo que comúnmente causa extrañeza y después, al progresar poco a poco, sintiéndose perplejos también ante cosas de mayor importancia... Ahora bien, el que se siente perplejo y maravillado reconoce que no sabe... Así pues, si filosofaron por huir de la ignorancia, es obvio que perseguían el afán de conocimiento y no por utilidad alguna". Aristóteles.

 


Acabo de leer un magnífico librito de Nuccio Ordine publicado con este título en la editorial Acantilado y me ha hecho recordar de dónde viene uno, cual es la tradición de Occidente, el valor de la ciencia, el conocimiento, el arte y la filosofía. Me ha recordado el valor del saber, inmensamente mayor que el valor del tener y del intercambio mercantil. Me ha recordado los fundamentos teóricos de Europa a los que hemos renunciado cayendo en un reduccionismo barato, pueril y extremadamente peligroso, el de la utilidad y, sobre todo, el confundir la utilidad con el valor del mercado. Este último reduccionismo ha creado un mundo unidimensional en los que los ciudadanos, en pro de la utilidad de toda actividad humana se han convertido en esclavos del mercado, clonados por el mismo patrón, sin pensamiento y sin ser.

Tanto la ciencia en sus orígenes, que es lo mismo que la filosofía, es un saber que es estrictamente inútil, y ésa es su gran virtud, lo que lo convierte en teoría que únicamente obedece al afán del conocer por el mero hecho de saber, instigado este afán por la curiosidad y el asombro o admiración ante el misterio de lo real. Misterio que se resuelve por el ejercicio de la razón, desinteresadamente saber qué es lo que subyace debajo de esos fenómenos enigmáticos que nos maravillan. Y este proceder es el cultivo del alma. Las artes la ciencia y la filosofía nos humanizan. Esa es la utilidad de su inutilidad.

Pero el problema no está en los griegos, que distinguen muy bien entre técnica y teoría, sino que comienza en el Renacimiento, cuando se produce una ruptura, con el nacimiento de la ciencia moderna en el siglo XVII, entre el saber técnico, ligado ya para siempre a la ciencia (aunque ésta siga existiendo como saber puro y teórico) y las llamadas humanidades: las artes, la historia y la filosofía. El principio que empieza a declararse es que el saber no sólo tiene como objetivo el saber, sino el hacer. “Saber para poder”. El concepto de utilidad introduce la finalidad. El saber no tiene el fin en sí mismo, sino fuera de él y a eso se le llama la utilidad. El saber es tal en tanto que es útil y útil significa que sirve para transformar el mundo y dominarlo. Los saberes que no tienen esta dimensión dejan de ser saberes, son inútiles y despreciados. La visión del mundo ha cambiado. El siguiente paso, que comienza con el desarrollo del capitalismo y llega a nuestros días, es cuando lo útil se reduce a la utilidad económica. Entonces todo el conjunto de la sociedad se somete al valor omnipresente y omnipotente del mercado. Todas las relaciones sociales, las relaciones con la naturaleza y las relaciones de trabajo, son relaciones mercantiles. Las instituciones, tenemos el caso paradigmático de la educación, se reducen al valor del mercado. El ciudadano deja de ser tal, para convertirse en mera mercancía, que es lo único que tiene valor evaluable económicamente.

Pero esto es la barbarie y no tiene nada que ver con la tradición europea, al menos en sus orígenes, ni tampoco con el humanismo del Renacimiento, ni con la libertad y la dignidad que la razón ilustrada nos aporta. Lo que ha sucedido es que se han reducido, de forma bárbara, las capacidades y las diferentes dimensiones de la existencia humana. La vida, la existencia, el quehacer diario, no se reducen a lo útil, y menos a la utilidad económica. Eso sin mencionar que la actividad teórica científica, que realizan los científicos por pura admiración, siguiendo el antiguo espíritu griego, después se ha transformado, sorprendentemente e inesperadamente en algol útil, y además en algo económicamente útil. Pero si sustituimos la actividad teórica del científico nos estamos quedando sin el manantial del que brota el saber. Y eso está ocurriendo porque el saber se ha reducido al saber económicamente útil. Es el único financiado.

La vida tiene distintas dimensiones, la utilidad es una y la mercantil es una de estas. Pero el deleite estético, la contemplación, la amistad, el juego, la familia. Y luego los valores políticos: libertad, fraternidad, igualdad y justicia forman parte de un hombre integral, de un ser libre en una sociedad libre, regida por la ética y no por el mercado. Y son estas múltiples dimensiones las que abarcan las humanidades: los saberes estrictamente inútiles. Y ahí está precisamente su valor. No sirven para nada, salvo para ser, que no es poco. Pero hoy en día este inmenso saber de siglos ha sido abandonado precisamente por su valor, su inutilidad, ha sido relegado al pasado y con ello estamos en un extremo peligro, estamos cayendo en la barbarie, en la ausencia de pensamiento, de sensibilidad, de libertad y estamos vendiendo nuestra vida al diablo. Nos estamos convirtiendo, bajo el paradigma del pragmatismo y utilitarismo, en esclavos del mercado en auténticos autómatas de visión plana incapaces de ver en profundidad porque el saber acumulado de siglos le ha sido arrebatado. El saber que nos construyó como personas y ciudadanos es despreciado, vilipendiado y arrinconado. Estamos perdiendo la humanidad que es la utilidad de lo inútil y la estamos cambiando por un egoísmo-hedonista con sede en el consumo que es el motor que alimenta al mercado. El hombre actúa en función de sus valores. Si los valores han desaparecido y sólo queda el valor del mercado, el hombre deja de ser tal y se convierte en cosa que se puede consumir.

Es el ideal del mercado: convertirlo todo en objeto de consumo, incluido al propio hombre y las instituciones sociales que lo rigen y gobiernan.

Por ello es menester recuperar esa inutilidad y de ahí su utilidad. El humanismo nos recuerda que somos seres dentro de un cosmos en el que no ocupamos el centro precisamente. Pero nuestra vida es un disfrute de los sentidos y la razón, sin ir más allá de este disfrute. La razón, por su parte, nos hace accesible el conocimiento. Pero el valor del conocimiento es la libertad, pero no la del mercado, sino la de la persona. Somos en tanto que somos libres, sujetos autónomos, ahí radica nuestro ser: en la dignidad. Por eso el conocimiento es un camino hacia la libertad. Y hacernos más libres es hacernos más persona y más ciudadano.

Y ésta es la utilidad de lo inútil: hacernos, en una palabra, humanos.

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