Opinión. 'Políticas y redes, o de la función del Open Government'

La política es uno de ésos terrenos que más cambios viene experimentando desde la aparición en nuestras vidas de las redes sociales. Para muchos, éstas mismas constituyen un espacio común por y para todos, de comunicación abierta y directa, con liberalización de contenidos y gran congruencia de una masa social que se despersonaliza a pasos agigantados. Pero incluso, las redes se convierten en un gran continente que atesora masivos datos de información.

 

 

La información es poder. Evidentemente determinadas informaciones no son disponibles, o son de reservado acceso. Es así y no debería ser así –no en un mundo supuestamente libre y equitativo-. Por este motivo, en los últimos años algunos analistas advertimos con cierto clima de ilusión y optimismo como se está trabajando en la línea de la claridad, franqueza y transparencia de los datos e información que se distribuye, a favor de lo que comúnmente denominamos Gobierno Abierto, en inglés: Open Government –para quienes gusten de tecnicismos-. Éste es el movimiento que está aprovechando el fuerte empuje de las comunicaciones. Una tendencia que aplica las redes sociales para difundir e impulsar los aspectos políticos en la aldea global para posteriormente asignarlos en las administraciones públicas y sus gestionados.

Común a varios puntos de vista -como el relativo a comunicaciones- las redes sociales son una vasta herramienta, como la colosal y formidable Internet, para quién sepa darle aplicaciones útiles no reservadas a banalidades diversas.  Al menos, si atendemos a los datos, se demuestra su  incuestionable envergadura y consideramos  su magna presencia en el  globo. Así de simple: Facebook es el primer país del mundo y Twitter ya es el segundo en acopio de usuarios. Éste es el ciberespacio, un mundo que está en todas partes sin ocupar ningún lugar. Tan sorprendente como lo fue un nuevo mundo. La sociedad que se desarrolla en red no obedece a jerarquías ni autoridades, no hay gobernantes ni gobernados. Asimismo, este ciberespacio comparte análogamente la arena política con actores civiles, empresas, corporaciones multinacionales y asociaciones no gubernamentales que asoman a este vasto territorio.

Twitter, por ejemplo, arrancó su plataforma social en 2006 con la dichosa pregunta: ¿Qué estás haciendo? Pero muy pronto cambió de parecer: ¿Qué pasa? A muchos esto no les dirá nada, no obstante esclarece la tesis en esta cuestión: importa el qué ocurre y el cómo ocurre, en definitiva, la información que pasa a convertirse en otro bien consumible. Ciudadanos en toda la tierra comparten este vínculo y generan un espacio no físico donde circulan relativamente libres todo género de datos, informaciones y estadísticas que en la mayoría de ocasiones nos tornan vulnerables, nos describen, desgranan y nos convierten en el propósito de estudios de publicidad y marketing.

Mucho se ha escrito ya acerca de los tres pilares que asientan el desarrollo del Gobierno Abierto: véase Participación, Colaboración y Transparencia. La cuestión fundamental se asienta sobre el último de estos tres valores: el impulso de la transparencia mediante la apertura de datos.  Más allá de meras aplicaciones mercantes y capitalistas, las redes pueden establecer todo un nuevo horizonte que se aparece para los gobiernos más avanzados o de mayor adaptabilidad.

Leyendo un artículo de Frederick Forsyth en relación al conflicto ucraniano, donde el escritor inglés se ocupaba de relacionar el apurado enfrentamiento con capítulos de la historia reciente como la primavera árabe o el problema de la polución en China –tirando por tierra cualquier esperanza dispuesta en el protocolo de Kioto- reparé en una de sus afirmaciones: “un joven con un iPhone tiene el mundo en sus manos”. La tele-denuncia a través de las redes sociales está al orden del día. Así, podemos reconocer qué y cómo están ocurriendo los acontecimientos relatados por individuos que en algún grado son independientes, imparciales y desvinculados de los Mass Media.

Paradójicamente, la ambigüedad en las redes sociales nos muestran como están capacitadas para descorrer el velo, desfragmentarnos y analizarnos desafiando lo muy poco que nos quedaba de intimidad y dignidad. Es entonces cuando el mercado nos tiene en sus manos, asistimos voluntariamente a nuestra propia venta. Facebook conoce de todas las tendencias, es capaz de saber dónde estamos y a dónde nos dirigimos, qué zonas son las que más hemos visitado, qué nos gusta y no nos gusta, qué reivindicamos y cómo lo hacemos, e incluso, qué palabras son las más solicitadas y sobre qué estamos hablando. Tiemblo y me espanto cuando me percato que en 2013 los 18 millones de usuarios que conforman Facebook en España centraron sus discusiones básicamente en fútbol, siendo Real Madrid, Messi y Barça los temas más mencionados en la red social, por este orden; y Cristiano Ronaldo en el quinto lugar de la lista. Bochornoso para un Estado que se exhibe cada vez más en el abismo del desempleo –cáncer de toda sociedad-: 26,7%  en el año 2013. Donde nos lleven las tecnologías de telecomunicación es simplemente inescrutable.

Para el caso que nos ocupa, inmersos en plena era de Internet, los más altos estamentos políticos empiezan a percibir como la ciudadanía es capaz a través de las redes de auto organizarse para reclamar transparencia y de dar pasos agigantados que aceleren el Open Governement. Ya hace años que diversas plataformas virtuales del ciberespacio recogen firmas –en la mayoría de casos sin éxito- de ciudadanos solicitando responsabilidades o aclaraciones de acontecimientos que rutinariamente nos ocupan. Que respondan las autoridades responsables de la frontera en Melilla es por ejemplo uno de las últimas referidas citas. Así igual con la reforma del aborto. Los partidos políticos aprovechan y nos venden la papeleta: nosotros importamos y presuntamente podemos hacer política desde el sofá de casa. Aparece toda una batería de declaraciones que disparan con buena voluntad. La consigna es hacer acreditar en que quieren  extender la acción política a la acción cotidiana, convirtiendo al ciudadano en un ente que pueda hacer mucho más de lo previsto: votar cada 4 años.

La globalización arrastra infinitos problemas y otros tantos reclamos: las personas requieren urgentemente de nuevas vías para hacer valer su voz. Ya no basta con las actuaciones de ONGs y asociaciones civiles. El tiempo y la distancia con los centros de poder colapsa la voluntad de los administrados, la diversidad y el volumen de la información en el ciberespacio es difícil de manipular e interpretar y lo que es aún peor, la comprobación de su veracidad, supone en muchas ocasiones una faena imposible.

El Gobierno Abierto debe pertenecer y ser construido por los propios soberanos: ciudadanos de todo género y condición. El fenómeno de Gobierno Abierto entiende que la desinformación –o manipulación mediática- genera incertidumbre y volatilidad. La aldea global y el acceso eficiente a la comunicación y a los datos oficiales alteran el modo de entender el mundo, y quizás puedan cambiarlo. Las redes sociales no sólo nos venden.

Existe la política de datos abiertos, y podemos construir nuestras propias estadísticas con ellos. Son datos oficiales, ¿pero son reales? Obviamente siguen existiendo los secretos de Estado, cuya utilidad no negaré.  Pero foros internacionales como la OCDE, de la que somos parte integrada, obligan mediante criterios muy rigurosos a que las estadísticas y los datos publicados  de sus países miembros sean altamente verídicos. Esto no es ninguna broma. Se ha de cumplir con la transparencia que los gobiernos deben a sus ciudadanos. Trotsky ya predijo que la abolición de la administración y los gobiernos secretistas u ocultistas sería el principio esencial de una política exterior e interior honorable. Debemos sentirnos esperanzados, como ciudadanos, lejos de los poderes políticos. Porque con pequeños pasos se está encontrando un nuevo rumbo hacia la transparencia y honestidad de la información.

Lamentablemente continúan existiendo excepciones y matices como en casi toda cuestión práctica: la censura y manipulación persisten. No todas las sociedades se encuentran en el mismo estadio, la tónica democrática moderna no es generalizada, e incluso en los países más democráticos se sigue vendiendo basura mediática a diario. En 10 años se calcula que el mayor crecimiento de personas conectadas a internet se dará en las sociedades donde se practica la censura: Wikipedia, blogs de crítica o incluso entradas de búsqueda en Google eran protagonistas de auténtica censura en China.

Eso sí, a lo que nunca podremos aspirar jamás es a desconectar esta gran infraestructura que es Internet, porque es parte de nuestro sistema y caímos en sus redes. Esto es ya imposible. Mientras que los partidos políticos se sirvan de las redes sociales para tantear y  recuperar la confianza política pérdida, aprendamos nosotros mismos a utilizar éstas herramientas para denunciar, para actuar, para  generar un gobierno infinitamente más abierto y plural, más transparente y participativo, de nuestra pertenencia, una administración honesta y estable.


Jesús  Mesa Montero.

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