Opinión. 'Las potencias no determinan todo'

Mientras caminamos ineludiblemente en búsqueda de la historia vamos encontrando paulatinamente inopinados tropiezos que nos hacen aprender reflexionando. La dramática complejidad de la realidad fehaciente y heterogénea  explica como  su propio  análisis puede suponer  una tarea de elevada dificultad para la mayoría mundana. Lo aconsejable es no obsesionarse y en consecuencia evitar cualquier precipitación desmesurada, perderse o desvirtuarse con el paso del tiempo en una coyuntura cambiante, arrítmica con el devenir de los acontecimientos.  Entonces, sería de incumbencia parar y reflexionar con discernimiento: ¿qué está ocurriendo realmente en Ucrania? ¿Qué ocurre en Venezuela?  A la vista quedará que no todo es  blanco o negro. 



El ciudadano global de hoy es inexcusablemente susceptible de empantanarse y obstruirse a medio camino entre la sustanciación y esencia del fondo de la cuestión y su relativa apariencia. No obstante parece tener ocasionalmente asumido que existe  algo más, que siempre tras cualquier asunto de ésos que gobiernan la agenda global cotidiana opera una verdad oculta, un motivo no alegado,  una trama enrevesada. Aunque finalmente aparentamos hacer caso omiso de esta nuestra capacidad de reflexión. 

Y es que no todo es siempre blanco, o siempre negro. Consecuentemente la realidad  arroja una frenética  multitud de tonalidades de grises, con frecuencia, todo un espectro  inabarcable que impide describirla, comprenderla o asimilarla.  Ése gris fundamenta el equilibrio necesario, consiste en el matiz básico que aporta la comprensión, en él estriba la lucidez y hace constar el esclarecimiento del fondo de toda cuestión.  Ucrania  está ahora llena de grises.

¿Cómo desembrollar la realidad de la crisis ucraniana? Propongo hacerlo desde una perspectiva de la politología y la filosofía política. Imaginemos esta realidad presente en una triple dimensión. Un conflicto con tres aristas estratégicamente definidas: la primera es la clara revuelta impuesta contra un modelo desgastado y oxidado, un poder mediocre decidido a continuar en sumisión a Moscú como fuera en  tiempos pasados – tal y como ocurre en países con los que la historia no fue tan generosa, el débil desarrollo de una exánime Ucrania invitaba a imaginarla en el mejor de los escenarios como un satélite más de las ya  extintas repúblicas soviéticas-. En segunda instancia abordamos la lucha por el territorio ucraniano entre Rusia y Occidente –y aunque expuesto de tal modo suene atolondradamente impulsivo, y así  incluso con el COMECON bien enterrado, la verdad es que en esta realidad queda demostrado que el vetusto escenario de la Guerra Fría es algo más que un agonizante fantasma-. Y como tercera razón –y no por ello menos importante-  ha de notarse la idea de que no existe una sino “varias Ucranias”. Aquí se encuentran la multitud de grises confeccionando la realidad: la presencia de una diversidad regional, histórica, religiosa y lingüística en este país se traduce en intereses y mentalidades muy dispares, que proponen y diseñan multitud de casos opuestos dando resultado una diferencia brutal entre la Ucrania oriental y la occidental, situando su máximo exponente en Grimea.

Una de las notas características, y  también de las más negativas,  que acusan los países en vías de alcanzar un máximo y pleno desarrollo –como lo es Ucrania-, es que nadie conoce con exactitud por dónde van a circular ésas vías, ni se atrevería a asegurarlo. Es el alto precio que hay que pagar por ser un gallito más en un mundo globalizado, un aspirante a potencia; pero nada más. Es un mundo interdependiente agrade o no y a  fin de cuentas, un mundo rival, hay pocos cambios con respecto al poder.



Esta asimétrica realidad nos hace evidenciar que en el 2014 -centenario de la 1ª Guerra Mundial- Ucrania lucha por su libertad y se revela contra un gobierno corrupto y una clase política despótica alejada de sus ciudadanos. Que defienden con fervor sus pretensiones y empeños de entrada al gran proyecto de (des-)integración europea.  Hasta aquí nada de nuevo en  la prensa sensacionalista. Todo blanco, o todo negro –dependerá de la óptica-.

Nada más lejos de la realidad: el vaivén desequilibrado y el marco de conflicto que suscitan tesituras críticas como la de los ucranianos suponen el caldo de cultivo idóneo para las injerencias extranjeras. Otra subasta más en la historia de los Estados modernos, ahí es nada. De nuevo el ojito derecho del también trasnochado y rancio Tío Sam, la OTAN, y los herederos de la OECE, contra los designios  del encrespado carácter del vecino del otro lado del mundo, los extinguidos soviets.

Ucrania, en un repaso etimológico, quiere decir frontera o confín. ¿Qué nos dice el mapa? Pues que no es más que otro terreno del este olvidado y  desbordado por el cruce de intereses  que supone  la intromisión de las superpotencias y los grupos de presión que dominan la agenda y la aldea global. Es realmente un ejemplo más de  país en procura de su propia identidad, porque una vez superados los tres elementos básicos del Estado (territorio, población y poder legítimo) ¿qué aspiración puede tener cualquier sociedad sin el respeto debido a su identidad propia? Y cuidado, con identidad no hago alusión a patrañas como sean la “marca España”.

En los últimos años se viene denunciando que la mundialización de todos los procesos globales en todos los escenarios posibles ha supuesto el secuestro y consecuente retroceso  de todos y cada uno de los rasgos identificativos y culturales de las sociedades que habitan el mundo – lo fue durante el colonialismo, y lo es durante el neocolonialismo comercial imperante-. Siguen existiendo terrenos a los que le arrebataron su identidad: China lo hizo sobre el Tíbet, Marruecos y España sobre el Sahara, o Israel sobre Palestina. Y sigue existiendo un cauce de  influencias y pujanzas asumido ya desde la época de la alineación en la Guerra Fría. Complejo de bipolaridad.

Es triste pensar que los ucranianos no van a ganar nada o casi nada con todo esto. La banca alemana ya se está frotando las manos ante la idea de una Ucrania europea, y bien abogan por ello los del FMI y otros “rescatadores” sin escrúpulos, que ven la oportunidad de generar intereses en cualquier lugar perceptible de un buen préstamo. De eso ya aprendieron algunos. Mientras que al otro lado, Rusia no quiere ceder ni un solo punto de flexibilidad, expresan algunos analistas que Moscú no quiere desentenderse de Ucrania, ni desagregarla, que conviene mantenerla débil y desgastada, pero unida. Bajo su influencia, y cerca de la mayoría rusa que habita el territorio Ucraniano.

Aunque lo más triste es pensar incluso en las hipótesis de los que aseguran que todo pueda desembocar en una guerra civil. Lamentable y penoso. ¿Será que no hemos aprendido nada?  Si la humanidad hubiera evolucionado coherente y sensatamente, ya no necesitaríamos ni ejércitos. Pero este no es momento para las utopías. Las protestas son guiadas por diferentes grupos de presión–filofascistas se atreven a denominarlos algunos pocos- que poco o nada aportan a los intereses básicos y reales del ciudadano medio ucraniano. Aseguran las ciencias políticas derivadas de las últimas corrientes de cooperación que ante situaciones de alta crisis el individuo debería situarse por encima de los Estados ante la ineficacia, incapacidad o pasividad de determinados grupos políticos de turno -efímeros y devastadores-. Y no al contrario, salvaguardando al Estado y toda su maquinaria, porque sea él quien nos guíe y nos mantenga resguardados posteriormente.

El objetivo de la Seguridad Política no es otra que mantener lo más rentablemente posible un alto grado de soberanía, independencia e instituciones que construyan un buen sistema político. Ucrania carece de todo lo anterior, y principalmente de la independencia. Continuará carente y desprovista si no consiguen elegir por sí mismos mediante la emancipación.

Incluso el enfoque liberal de los estudios de comportamiento en seguridad argumentan que el liberalismo comercial reinante imposibilita la existencia de conflictos, dado que los agentes comerciales y las élites económicas están capacitados para influir de un modo directo en la conducta pacífica de los Estados. El comercio ya es más rentable de lo que lo fue la Guerra –para éste nuestro primer mundo exportador de armas-. Más bien quiero pensar que son las élites neoliberales quienes realmente domestican y adoctrinan en su totalidad al Estado, a sus gobiernos y ciudadanos. Y luego está la teoría de la Paz Democrática de Doyle, tan típica en la administración de la casa blanca como la propia bandera estadounidense. O el caso de las Organizaciones Internacionales, en tierra de nadie, y constatándose básicamente como foros de libre entendimiento, intercambio y solución de controversias entre las partes, ofrecen un escenario de premios o castigos en función del comportamiento de los países que posibilita y favorece la cooperación. Pues bien, Ucrania es parte integrante de las Naciones Unidas, de la OMC, de la OSCE, incluso del Consejo de Europa, y de todo un desfile de instituciones polivalentes que no están resultando ser útiles para nada. No se está practicando ninguna mediación en todos los territorios que se disputan hoy en día. Ucrania será arrastrada a la sombra de un gigante o de otro si no se hace nada por evitarlo. Y en el resto de territorios sumidos en conflicto apenas sí llegan las ayudas humanitarias por cuenta gotas, y los refugiados –como los Sirios o Palestinos- no tienen a dónde dirigirse. Y ya vamos por el Siglo XXI.

Se hace necesaria una observación final. Las potencias no determinan todo. No pueden, ni deben. Rusos u occidentales tienen un límite: podrán influenciar a Ucrania a partir de las opciones de los ucranianos. Éstos tienen la última palabra –esto es lo esperable-, y deseo que sean sensatos: mantenerse o alejarse de ciertas organizaciones internacionales y de ciertos centros de poder será la clave de su progreso como país. También de ellos dependerá dotarse de unas instituciones funcionales y hábiles, consecuentes con las exigencias de este mundo-comercio interdependiente. El caos, la corrupción y el bloqueo de las reformas son el principal factor de la dependencia y la sumisión. Los pueblos –que no las grandes fortunas- han de luchar por su autodeterminación libre de intromisiones ilegítimas. Fue lo que los últimos años ilustraron. Basta de países esclavos.




Buscar artículo

Esta web utiliza 'cookies' propias y de terceros para ofrecerte una mejor experiencia y servicio. Al navegar o utilizar nuestros servicios, aceptas el uso que hacemos de las 'cookies'. Sin embargo, puedes cambiar la configuración de 'cookies' en cualquier momento.