Opinión. 'La educación como un monstruo y el profesor como un profesional al servicio del poder'

Ante las huelgas de alumnos contra la LOMCE sólo falta añadir que gran parte del profesorado es inconsciente de los males de la educación y de la posibilidad de los remedios.

 

La prueba son las movilizaciones del profesorado y sus comprobadas tragaderas con cualquier ley educativa que lo único que hace es empeorar el ambiente en escuelas e institutos. Los primeros responsables somos los profesores que hemos tragado desde los años noventa con esto y que ha convertido la enseñanza en algo, literalmente, insufrible. ¿Qué nos ha pasado a los profesores que hemos admitido esto y lo sufrimos calladamente? Esto por no mencionar al listo de turno que ha aprovechado bajas, puentes y demás para escacaerse todo lo posible y que ha dado la peor imagen de la educación, incluso dentro de los grupos de dirección, que en muchas ocasiones, toman al profesor como el enemigo, cuando el enemigo es la ley que es el marco jurídico que hace posible que exista un alumnado de determinadas características, un sistema de promoción, una optatividad determinada, un bilingüismo segregador y farsante, adaptaciones curriculares, diversificaciones, PCEPIs, educación de adultos (ESPA), la formación profesional junto al bachiller y la ESO, los niños pequeños de educación estrictamente de primaria junto con los mayores. La educación, un monstruo con muchas cabezas, en la que lo menos importante es la formación para la libertad, el conocimiento y la autonomía.

 


Sólo me cabe pensar que el profesor ha sido abducido por el sistema, se ha vuelto egoísta y hedonista. Se ha vuelto, lo peor que puede ser un maestro, un profesional, que aplica técnicas aprendidas en los centros de profesores de manos de los pedagogos, que han vaciado la educación de contenido y la han llenado de técnica, de un saber hacer vacío. Han eliminado la educación como arte y pasión, lo que es una vocación, para convertirla en profesión. Y se alza el valor de la profesionalidad. Y así estamos a un paso de admitir la ideología del mercado. El profesor es una pieza más, que encaja perfectamente en el engranaje de la ideología mercantilista. Su función es aplicar técnicas y obtener competencias básicas en los alumnos. El conocimiento, la libertad, la ética, la pasión por el saber y la justicia, no existen porque no entran dentro del mercado. Porque aunque el mercado lo quiera reducir todo a sus leyes, no puede. Y lo que no reduce lo elimina. El profesor juega el papel profesional, perfectamente evaluable por criterios objetivos y externos, de domesticación del alumnado para convertirlo en mano de obra para el mercado. La educación siempre ha sido el vehículo ideológico del poder, la mano ideológica del poder. Y ahora el poder es el mercado. El profesor es el instrumento de este poder y por eso obedece sumisamente, simplemente porque él no es más que un instrumento. Él también ha sido perfectamente domesticado en su tiempo. Y por eso hay pocas voces disidentes, porque es difícil salirse del rebaño, porque vivir a la intemperie es duro y la soledad, o nos curte, o nos devuelve al rebaño. El profesorado juega el papel que ha jugado en todos los tiempos: el gran domesticador como instrumento del poder.


Pero esto no es lo que defiende la Ilustración. La educación como instrumento de liberación por medio del conocimiento. Conocimiento que desmitifica. Que va contra las supersticiones y las ideologías, contra lo establecido, contra la doxa común, lo consuetudinario, que diría Ortega. La educación, en su sentido ilustrado es el camino de la libertad y de la individualidad, porque no hay libertad sin individualidad. Y estos son los valores supremos de la educación, lo demás es profesión, que también será necesario, pero en otro lugar. Y la educación es la enseñanza del respeto hacia el conocimiento y hacia el que porta el conocimiento, el maestro o profesor. Y este conocimiento es su principio de autoridad y su bagaje moral. Pero todos estos principios están en retirada, sino ya destruidos por el nuevo pensamiento dominante. Y el profesorado ha jugado su papel al profesionalizarse. Me gustaría pensar que estamos a tiempo para cambiar las conciencias del profesorado, pero esto sólo es posible si se produce una revolución social que dé lugar a un cambio de paradigma y, por lo tanto de valores.