La confesión y la culpa persisten en la religión secularizada

¿Cómo liberarse de la culpa, el pecado y el sufrimiento? Presupuestos de un anarquismo socio-espiritual, por Juan Pedro Viñuela

Es muy interesante el concepto, la idea y lo que supone psicológica, ética y políticamente, la confesión y la redención. Y es importante porque siempre hemos tenido en nuestro psiquismo la idea de naturaleza caída, la idea de pecado en la tradición judeocristiana, a la que pertenecemos inevitablemente, ya sea uno creyente, o no.

La concepción cristiana de la caída y, con ello, de la culpa y la vergüenza y, por tanto, la necesidad de redimirse a través de la confesión por medio de un intermediario sigue vigente tras la secularización.

La secularización que parte de la revolución francesa elimina al dios de la religión judeocristiana y ensalza al dios de la razón; es decir, al hombre. Se produce un antropomorfismo y antropocentrismo que, alimentado por el emergente poder de la ciencia y la revolución industrial nos va a llevar a la situación insostenible en donde nos encontramos. Pero éste no es el tema. El caso es que, con el proceso de secularización, el derecho se racionaliza y tiene que buscar su autonomía en el hombre y el uso de la razón; partiendo de los ideales éticos de la Ilustración que son: igualdad, libertad, fraternidad, pero la justicia, a pesar de estar secularizada sigue siendo, en gran parte punitiva y con la intención de garantizar la expiación del pecado, la falta, el crimen y, con ello, redimir la culpa y que la sociedad pueda, de alguna manera, vengarse, a través de un tercero de aquel que ha socavado el orden social.

Desde luego que hay una idea que subyace al derecho que es, no la idea punitiva y de venganza; sino la restaurativa, tanto de la víctima, como del criminal. Porque, claro, si el criminal comete un crimen, no es por inspiración demoníaca; sino porque hay multitud de causas y condiciones que hacen posible el ejercicio del mal, sin caer en determinismos, aunque en algunos casos hay un determinismo muy claro. El derecho, basado en una ética de la libertad, autonomía del sujeto, por tanto, anarquista en el sentido filosófico-ético-espiritual, pues iría en la línea de la restauración de la justicia por medio de la ayuda a la autosalvación de la víctima de su propia ignorancia, deseo, sentimiento de carencia, de culpa, de venganza. Pero lo mismo para la víctima que ha de aprender que el criminal no encarna el mal; sino que es un conjunto de relaciones que emergen en forma de mal, pero éste se expresa siempre y su condición de posibilidad es que es una relación.

No existe el mal como entidad. Bueno, como no existe nada como causa sui, con una entidad independiente. Esto no es hacer culpable a la víctima; sino hacerle comprender que las relaciones humanas son más complejas de lo que parecen y que no existe el bien ni el mal, ni yo soy el bueno y los otros los malos; sino que somos relaciones y que el mal emerge de la relación. Si aprendemos esto, aumentará nuestra comprensión y compasión (ponernos en las circunstancias: psicológicas, sociológicas, familiares, económicas, étnicas… del otro) y consideraremos al otro un igual, un hermano (fraternidad.)

Pero, claro, estamos muy lejos de esta justicia restaurativa. Seguimos demonizando, victimizándonos y todo ello se debe a nuestra identidad judeocristiana que subyace en el inconsciente colectivo al que pertenece Occidente. La caída se siente como culpabilidad y lo expresamos con vergüenza, como un límite de nuestro ser. Y necesitamos el auxilio de un tercero. El tercero es la religión. Tras la secularización vivimos igual, pero en una religión secularizada cuyo dios es el mercado. La religión cristiana nos ofrece la redención a través del mensaje del Antiguo Testamento y, especialmente, la redención universal a través de la muerte, pasión y sacrificio de dios hecho hombre en Cristo, que libera de la culpa, del pecado, a toda la humanidad. Claro, lo que sucede es que, en primer lugar, se fomenta el sentimiento de carencia que ya, en sí, es un sufrimiento. A ello le sigue el sentimiento de culpa. La culpabilidad te anula absolutamente, es una contracción del yo que sólo puede dar lugar a su “liberación” a través de un tercero (la institucionalización de la iglesia.) Pero la culpa te impide ser persona, sujeto de dignidad. La culpa, psicológicamente, es una emoción o sentimiento limitante, impide tu acción, tu realización, genera vergüenza y miedo. Claro, el miedo, y esto es ya ética y psicología, es un estado en el que el control mental es fácil. Más aún, se fomenta el miedo desde las instituciones porque es la manera de controlar al rebaño, de anular la subjetividad, anulando la libertad. Por tanto, privando de la dignidad al sujeto. Un sujeto sin dignidad es un mero objeto; hoy en día, el reduccionismo es total: el sujeto que se ha convertido en objeto es mera mercancía. Si el tercero que ha de intervenir para redimirte, liberarte y salvarte es la iglesia, pues la iglesia tiene todo el poder. Pero, tras la secularización, el poder lo tiene el estado y, por encima del estado, el dios mercado, por el que hay que pasar para redimirse y dejar de sentir el sentimiento de culpa que es insoportable.

De ahí la confesión. La confesión, en sí, es un ejercicio magnífico, ya lo recomendaba Sócrates con su ejercicio de conocerse a uno mismo, que es confesarse lo que no se sabe y, por tanto, lo que se pretende ser. La confesión es mirar hacia dentro de uno mismo y ver tu sombra, tus vicios como origen de tus actos: celos, envidia, codicia, egoísmo… Confesarlos, o confesarse es sacarlos a la luz; es autoconocimiento es integración de lo que uno es. Individuación, diría Jung. Pero cuando ese ejercicio se hace bajo la amenaza de que, si no se hace ante un tercero, representante de una institución: religión, estado, mercado, pues viene el castigo. El castigo está ya en el mismo sentimiento de culpa que te imposibilita a actuar. Cuando la culpa se transforma en responsabilidad es porque somos autónomos y libres y nos hemos hecho cargo de nuestra existencia: de nuestros pensamientos, emociones y acciones. Pero el castigo, no sólo tiene esa dimensión subjetiva psicológica y ética; sino una dimensión social. El pecador debe expiar su culpa ante la sociedad, es un proscrito, es condenado a un ostracismo interior. Y no sólo hablamos del criminal que ha de ser encerrado para proteger la sociedad y protegerlo a él mismo, aunque no debe acabar, como ocurre, ahí la cosa, sino, cualquier sentimiento y emoción que me arrebata y me lleva al fondo del abismo al sentirme culpable por sentirlo; como los celos, la envidia… No, todos tenemos todos los vicios y todas las virtudes.

La confesión es importante y de ahí hay que partir. Esto está ya en Sócrates y los estoicos, y en el psicoanálisis freudiano y la psicología analítica de Jung. Es un viaje interior, como hiciera Agustín de Hipona, lo que ocurre es que aquello, Las Confesiones, se institucionalizó. Y en ese viaje interior vemos nuestros monstruos y hemos de estar muy atentos, observarlos, no huir, no juzgar. Son lo que son y me pertenecen, soy yo. Esa vía de autoconocimiento que, si profundizamos, se convierte en una apertura a lo absoluto, una aceptación plena del Ser a través de mi comprensión y la comprensión del otro, con lo cual surgirá la compasión. Porque el otro, como yo, sufre y busca la felicidad. Pero cuando uno inicia este ejercicio de autoindagación, de búsqueda interior, de conócete a ti mismo, se embarca en un viaje purgativo, diríamos, que es una odisea. Uno ha de liberarse de sus monstruos. Y los monstruos son los apegos que tiene, los deseos, la agresividad y la ignorancia de tales apegos y de la naturaleza de estos.

Si damos un paso más, y no adentramos en el budismo, pues resulta que hemos experienciado, en nuestro viaje interior, que todo es impermanente, que no hay cosas, ni entidades, que todo fluye, como diría Heráclito. Pero el yo que creo ser también es una construcción mental, una idea, un nombre, no una cosa con existencia absoluta. La existencia del yo, como la de todo lo que hay es relativa o fenoménica. Y, detrás de ella, no hay nada, la vacuidad o la pura potencialidad de ser. De tal forma que, en el budismo, tras el viaje interior, tras nuestra odisea personal, de la que vamos a tomar conciencia, fundamentalmente, en meditación, aparece la vacuidad (que no es la nada. No confundir el budismo con el nihilismo.

El budismo se mueve en el mundo de los fenómenos y nos enseña a vivir ahí, en el barullo, el embrollo, de lo fenoménico.) Y, claro, la vacuidad implica que no hay un quién que se confiesa, un qué de lo que confesarse ni un nadie ante el que confesarse. En este momento nos hemos liberado de todo. Y es el momento de volver a la plaza pública, al mercado, sin la carga de la sombra (aunque siempre habrá sombra mientras estemos vivos. La muerte es la liberación total cuando la identidad de nuestra consciencia particular se disuelve en el cosmos, en todo lo que hay.) Subyace aquí un anarquismo libertario-espiritual. Pero políticamente sólo es realizable cuando cada cual se libere o alcance la libertad de no estar sometido a la causa del sufrimiento, ni a la ilusión del yo. Por eso, este camino es la mayor revolución social concebible y, en la situación en la que estamos, es el siguiente paso evolutivo (un salto de consciencia: de lo egótico a la consciencia cósmica) o la extinción. Y todo sigue igual. No hay que apegarse a nada. Si pretendemos que se produzca ese paso evolutivo caemos en el deseo, la dualidad y adoptamos el papel de salvador. No hay nadie que tenga que salvar a nadie, ni nada que salvar (en términos absolutos), en términos relativos y fenoménicos, en mundo de la plaza pública, pues claro que sí. Pero cuando estás liberado del deseo y de la ignorancia no hay apego a lo que haces, ni rechazo de lo que te hacen, no hay un quien al que le hagan nada. Si actuamos desde el desapego, en el mundo de los fenómenos, que está penetrado por la vacuidad, los actos ni surgen ni se dirigen a un yo, sino a un nosotros. Se realizan desde una consciencia colectiva (por eso hablaba de anarquismo): social, fraternal, biocéntrica y cósmica.

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