El deseo como el origen del sufrimiento y la liberación del hombre

Para Epicuro, Buda, los estoicos y muchas otras éticas, el deseo es el origen del sufrimiento. El deseo crea una dinámica en el hombre que lo hace estar en tensión. A la vez, el envés del deseo es el miedo a perder lo que se tiene, porque se sigue deseando o a no obtener lo que se desea. De ahí, también el miedo a la muerte. Por eso la muerte no es lo que nos aterra, sino que es el perder lo que tenemos, el deseo de tener es lo que fundamenta nuestra vida. Basamos la vida en la posesión, pero la posesión no es nuestro ser, es un impulso de nuestro ser que, mal dirigido, nos lleva a la esclavitud de las pasiones o deseos que no son ni naturales, ni necesarios.

Por ello, la vida puede basarse en el placer y así debe ser, pero el placer de lo natural y necesario, por un lado y los placeres del conocimiento y la contemplación de la belleza, artística o meramente natural y de la que emerge del mismo conocimiento y del acto de conocer. La propia perplejidad ante el misterio del universo es ya un placer natural, aunque no necesario, lo mismo que la curiosidad, la respuesta al por qué, la pregunta de los niños y los genios, que nos es cercenada en el proceso de educación, paradójicamente. Se nos enseña una serie de contenidos sin relacionarlos con la pregunta del por qué.

Los placeres naturales son los de la alimentación, el vestido, el cobijo y los que hacen posible la vida. Los naturales pueden ser necesarios o no, en lo que se refiere a poder vivir. Si dirigimos nuestra atención a la satisfacción de los placeres naturales y necesarios y aplicamos la moderación en ellos no caeremos en la dinámica del deseo. Por otro lado, es necesario fomentar los placeres estáticos, es decir, los del conocimiento y la contemplación. Esos placeres son los que nos producirán la máxima felicidad, además de que nos alejarán de los placeres dinámicos. Es cuestión de atención y de cultivo del alma.

Si consideramos que lo importante es profundizar en nuestra alma pues cultivaremos los placeres estáticos y la amistad, que es el mayor placer, siempre que sea entre almas nobles y puras, cuyo deseo sea, meramente el de enriquecer al otro, no el de la amistad interesada. La amistad entre hombres nobles es desinteresada. Pues bien, aún así, la máxima sabiduría está en el desapego, es decir, en no querer perder lo que se tiene, no desearlo, sino disfrutarlo en el instante presente. Lo que nos propone Epicuro es, por un lado, una vida austera, que da más felicidad que una vida llena de placeres, porque el placer dinámico y no natural esclaviza, al final uno no es el que es, sino el coche que tiene, la casa que tiene, los empleados que tiene, y así; y teme perderlo…y, por otro, el desapego de los placeres naturales y necesarios, así como de la amistad, que es lo más valorado. El desapego, no desear lo que se tiene, nos permite vivir en el presente. Esto es muy importante y nos une con toda la mística, tanto Oriental, como Occidental. El desapego nos ancla en el momento presente, es decir, fuera del tiempo. Porque el desapego, al ser, no desear, pues implica que uno no desea nada del futuro, no teme nada del futuro, porque no teme perder nada, por eso, ni siquiera a la muerte teme el sabio, puesto que la muerte no puede tocarlo, ya que la muerte es un concepto que se da en el tiempo, el sabio está instalado en la eternidad, en la Presencia, por eso, cuando la muerte está, yo no estoy, cuando yo estoy, la muerte no está, como decía Epicuro. Ni siente culpabilidad del pasado, no está atado al pasado. La culpabilidad y la falsa esperanza, es decir, la esperanza egoica, son formas de deseo y, por ello, de esclavitud. El estado del sabio es la Presencia y el disfrute y el placer que proporciona la misma. En realidad, no es que exista una felicidad positiva, sino una eliminación de todo aquello que produce infelicidad o, mejor, sufrimiento; y ello es el deseo y el temor, como la otra cara del deseo. El deseo y el miedo van unidos, son lo mismo. El miedo es miedo a perder lo que se tiene, por eso el mayor miedo es a la muerte y a no tener lo que se desea.  Pero es fácil satisfacer los deseos de lo que necesitamos para vivir. Por eso esta austeridad es una alternativa a la ética del consumo y del valor mercantil que es el discurso predominante. Ahora bien, para ello es necesario un cambio de consciencia, además de una deconstrucción de nuestro yo o ego. Porque nuestro ego se compone de lo que se cree que tiene y del miedo a perder lo que se cree tener.

El ego es una construcción a partir del deseo. El ego es el deseo mismo. Y, por eso, todos los contenidos del ego son fruto del deseo. En la sociedad actual lo que se ha hecho, después de vaciar de contenido a la subjetividad y de llevarla al nihilismo, es acelerar el mecanismo del deseo y centrar el yo en el deseo. De esta manera nuestro deseo es compulsivo, patológico y somos en tanto que deseamos, porque lo que obtenemos en poco tiempo ya no nos satisface y necesitamos seguir consumiendo: ropa, viajes, casa, inmobiliario, relaciones (porque están objetualizadas), conocimientos (porque están mercantilizados) y así sucesivamente. De ahí que el vacío existencial nunca se llene y la angustia es el estado natural del sujeto de la sociedad de consumo. Pero el consumo nunca llenará el vacío del relato de su existencia y del mundo que ha perdido y que no puede recuperar. Es más, ahora, los relatos, como la espiritualidad a la carta de la new age, se le ofrece como objeto de consumo.

Pero la sabiduría perenne, está ahí, podemos alcanzar ese estado, o aproximarnos, claro, y deshacer el engranaje de esta civilización moribunda que muere matando y en esa muerte nosotros participamos mientras sigamos en la dinámica del consumo. Y esta sabiduría perenne nos ofrece un camino de liberación.

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