Como en casa, en ningún sitio

En la sección 'El artículo destacado del mes', publicamos este interesante artículo, recogido en la edición impresa del mes de mayo, a cargo de José María  Montanero Fernández, catedrático de Mecánica de Fluidos, en su sección 'Curiosidades científicas'

El meteorito Hoba en el lugar donde cayó. Fuente: Giraud Patrick

¿Quién no se ha tumbado una noche de agosto al aire libre para disfrutar del aire fresco y, con suerte, contemplar las Lágrimas de San Lorenzo

Dejando aparte su lado místico y poético, estas lágrimas son pequeñas partículas desprendidas de los cometas cuando giran alrededor del sol, y que se desintegran al rozar con nuestra atmósfera a velocidades tan elevadas que podrían dar la vuelta a la tierra en poco más de 10 minutos. En ocasiones alcanzan tamaños no desdeñables, como el de Hoba, el mayor meteorito intacto que se conoce.

Este pedrusco de más de 60 toneladas entró en nuestra atmósfera hace miles de años a más de 35000 km/h, y la atravesó casi sin despeinarse gracias a su composición férrea (de hierro). La atmósfera consiguió reducir su velocidad a la de un avión de pasajeros poco antes de impactar sobre la superficie terrestre en un campo de la africana Namibia, en el mismo lugar donde ahora descansa con la merecida distinción de monumento nacional. En realidad, Hoba es una mota de polvo si lo comparamos con Chicxulub, un asteroide con un diámetro superior a los 10 kilómetros, y que liberó al chocar con la tierra una energía superior a 20 mil millones de bombas atómicas como la que destruyó Hiroshima. Chicxulub es el principal sospechoso de la extinción de los dinosaurios hace más de 60 millones de años, y responsable, en cierto sentido, de que la vida en la Tierra sea como es. Se calcula que cae alrededor de una estrella fugaz por segundo en nuestro planeta. Si podemos salir a la calle sin temor a sufrir un impacto, es gracias a ese invisible chaleco antibalas que llamamos atmósfera. Sin ella, la superficie terrestre parecería un queso gruyere, similar a la de la maltrecha Luna.

Pero la atmósfera nos protege de otras amenazas igualmente peligrosas. Prácticamente la totalidad de la radiación solar ultravioleta que alcanza la Tierra es transformada en calor por el ozono presente en la estratosfera. Se estima que sin esta “crema solar”, nuestra piel sufriría quemaduras en tan sólo cinco minutos de exposición al Sol, y lo que es peor, se producirían daños irreversibles en nuestro ADN celular. En 1985 constatamos con estupor que la pérdida de ozono estratosférico era muy superior a lo estimado por los expertos. Los acuerdos internacionales de finales de los ochenta han permitido reducir la emisión de los productos químicos que destruyen este valioso gas. Todo parece indicar que esta destrucción es un proceso reversible, y se estima que a mediados de siglo cicatrice de forma natural la herida que hemos causado al techo de nuestra capa protectora. Ojalá pudiéramos decir lo mismo de todos los cambios que producimos en la naturaleza.
El espacio nos ataca con una tercera arma, menos conocida que las dos mencionadas anteriormente, pero también letal: el viento solar. Este viento está constituido por partículas lanzadas por el astro rey y cargadas eléctricamente que, si llegaran a la superficie de la Tierra, destruirían todo tipo de dispositivos eléctricos y dañarían la vida en nuestro planeta de una forma difícil de predecir. Afortunadamente, el viento solar es desviado por el campo magnético terrestre hacia los polos, donde colisiona con la atmósfera produciendo la aurora boreal en el norte y austral en el sur. Y es que nuestro planeta posee un núcleo de hierro y níquel fundido a altísimas temperaturas, que gira incesantemente convirtiendo la Tierra en un inmenso imán. Por desgracia, cada cierto tiempo el sentido de giro se invierte, de forma que el norte magnético se convierte en sur y viceversa. Este fenómeno tendría poca relevancia (salvo quizás para los fabricantes de brújulas) si no fuera porque durante esa transición hay un periodo de tiempo en el que el campo magnético se desvanece, dejándonos a merced del viento solar. No quiero alarmarles. Aunque sabemos que se acerca de nuevo este desagradable suceso, no parece que lo vayan a experimentar nuestros hijos, nietos o bisnietos.

Como vemos, la Tierra no sólo nos alimenta y sustenta, si no que nos protege y cobija de formas que ni imaginamos. Francamente, parece inconcebible tan siquiera pensar en un hogar alternativo e invertir recursos en su búsqueda mientras nos dedicamos a destruir este único y maravilloso mundo.