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Fray Juan Miguel Ramírez proclamó en su pregón la pasión de fe a su pueblo y al ser cristiano

Uno de los momentos álgidos de su discurso, que abrió la Semana Santa fontanesa, llegó al recordar la figura del padre Manuel

“Si me olvido de ti, Fuente del Maestre, que se me paralice la mano derecha, que se me pegue la lengua al paladar, sino me acuerdo de ti, si no pongo a Fuente del Maestre en la cumbre de mis alegrías”. Con estas bellas palabras hacia su pueblo comenzó fray Juan Miguel Ramírez Gragero, el XII pregón de la Semana Santa de Fuente del Maestre, que tuvo lugar este sábado 13 de abril en el salón de actos de la Casa de la Cultura, el cual presentaba un aspecto imponente.

De esta forma, este franciscano, que lleva 20 años sin estar en la Semana Santa fontanesa, expresó su amor y su pasión por su pueblo y por sus paisanos, motivos que le llevaron a aceptar proclamar este pregón, porque “a mi pueblo, no puedo decirle que no, y al mismo tiempo cumplo el sueño de todo fontanés, llevar el estandarte de la fe en el pueblo mío”.

Antes de marcharse de la localidad, fray Juan Miguel procesionaba con la imagen de Jesús de la Humildad, palabra en la que hizo mucho hincapié, catalogándola como “la palabra más bella que tiene el diccionario, la palabra más franciscana, la palabra que más veces ha salido de mi boca, la última palabra que me gustaría decir en vida, morirme con ella en los labios: humildad”.

Fray Juan Miguel, que confesó “lo grande que hoy me siento, porque puedo gritar desde lo más profundo de nuestro corazón que somos fontaneses y somos cristianos”, tuvo un recuerdo muy emotivo con el que el público se puso en pie, hacia “un cura de sotanas y alzacuellos, que ejerció su ministerio amando a los demás como a uno mismo y amando a Dios el primero, que entregó su vida a los pobres, al que quiso al Cristo tanto como el amor más verdadero, a Manuel Leal de la Concha, yo hoy me atrevo a decir que don Manuel se merece un sitio eterno en este pueblo”.

También tuvo palabras de agradecimientos para su familia, en especial a sus padres, a quienes dedicó este pregón porque “no tengo boca con la que daros las gracias a los dos y pedirle a mi buen Dios que os bendiga y os guarde”. Y de forma particular se quiso acordar de las hermanas Juana y Piedad González “por el legado que nos habéis dejado que no es otro que el amor, no solo por un Cristo humilde, sino por las cosas bien hechas, por las cosas sencillas, y a la par elegantes, por el orden y la solemnidad de la estación de penitencia de cada miércoles santo”.

A partir de ahí, fray Juan Miguel nos abrió las puertas de nuestros corazones a la Semana Santa que ahora comienza, recordando cada momento y cada instante que en ella vamos a celebrar, comenzando con el Domingo de Ramos y la felicidad e inocencia de los jóvenes que pasean la borriquita, entre palmas y olivos, y que nos llevar a “salir a la calle dando testimonio de nuestra fe, en unos tiempos difíciles, que estamos llamados a anunciar con alegría que el reino de Dios ya está entre nosotros, porque somos cristianos, porque somos iglesia, con el propósito de acercarnos al altar de Dios, del Dios que llena de alegría nuestra juventud”.

El sentir franciscano de Juan Miguel Ramírez volvió a aparecer cuando habló del miércoles santo porque es el día “de la humildad, la gente humilde y sencilla es feliz, por ello, volvamos a ser felices, sean Francisco tiene fama de ser el hombre más feliz del mundo porque se desprendió de las cosas y se admiraba de lo poquito, y la Semana Santa es tiempo de potenciar las virtudes”. En este momento, no perdió la oportunidad para alabar a sus compañeros cofrades de Jesús de la Humildad, a quienes invitó a que “cuando lo veáis, mirarlo a la cara, a la cara que nos sonríe, él irá con su mirada buscando a cada uno de sus hijos a su lugar de siempre, llevando sus nombres escritos en lo más profundo de su pecho”. Y para cerrar con este día, no quiso olvidarse de la Virgen de la Soledad, “donde vamos todos a descansar, porque nosotros los fontaneses también tenemos derecho a descansar, y ella es nuestro descanso”, ni tampoco de san Juan Evangelista porque “tú nombre nos habla de misericordia”.

En el Jueves Santo “día del inmenso amor de Jesucristo”, se detuvo tranquilamente para hablar de la figura de Nuestro Padre Jesús Nazareno, punto en el que quiso pedir perdón por cometer el pecado de la envidia, “tengo envidia del imaginero que te hizo tan bello, de la junta de gobierno que te guarda y te cuida en las concepcionistas, de no ser hermano de tu cofradía y de llevar más de veinte años sin verte pasear por las calles, y vosotros mis queridos cofrades, en este pregón, sois los únicos que podéis darle, a este fraile tan envidioso, vuestra absolución” sentenció.

Tras hablar del traslado de Jesús Nazareno a las cuatro de la tarde, centró sus palabras en la Virgen de los Dolores y en el momento del encuentro con su hijo en la plaza de España para las tres caídas, cuando “los relojes de toda La Fuente se paran, porque es muy difícil explicar lo que siente un devoto del Nazareno cuando el rey llega al paseo y su Madre Dolorosa apenas se abre paso entre la multitud, emocionándose ante tanta  gente que la aclama y la lleva presente en su corazón”.

No podía finalizar el Jueves Santo sin hablar del Cristo de la Caridad, porque según dijo el pregonero, “en La Fuente hay caridad, y el verdadero cristiano no necesita apariencias ni días de calendario, ni gente que le recuerde cuando venir a tu lado, porque la caridad resuena todos los días del año”.

Cuando su pregón llegó al Viernes Santo, fray Miguel llevó a los presentes a “acercar tu corazón a la cruz” porque “ahí viene el entierro del Señor, pero es el Cristo de la vida, no está muerto, aquí Dios no muere, está dormido, mientras haya un fontanés vivo”. Tras estas palabras su voz se detuvo en la Cofradía del Mayor Dolor con “su imagen franciscana que lleva treinta años de mayor dolor, franciscana de nuestros pensamientos, franciscana de nuestros suspiros, dolor de los que se han ido, dolor de nuestras glorias”. Y acabó esta parte asintiendo “que el Cristo de la Buena Muerte que hace cada Martes Santo su viacrucis, no baja muerto, sino que la Virgen lo lleva al cielo, al paraíso”.

Y con el Domingo de Resurrección gritó con alegría que “el Resucitado sale afirmando que la vida ha vencido, que las campanas de la Iglesia ya voltean sus faldas para el encuentro inminente entre madre e hijo, la Virgen de la Candelaria a la que yo quiero dar las gracias por todo lo que este tiempo he recibido de este bendito pueblo”.

El punto y final a este pregón, donde Juan M. Ramírez demostró su ser fontanés, no podía ser otro, que una alabanza al Santísimo Cristo de las Misericordias que “es el centro, el origen, la fuente, la causa de la alegría, el que hace desbordar nuestro corazón con gozo, y el que aunque pasen los años, cada 14 de septiembre seguirá estando a nuestro lado”.

La parte musical de la noche la protagonizaron las mujeres que forman el coro del Hogar del Pensionista, que bajo la batuta de Paqui Manchón y la colaboración especial de Luisa López y Francisco Guerrero interpretaron los temas ‘Oh rostro ensangrentado’, ‘Sube el Nazareno’ y ‘La Saeta’, para cerrar un acto que, a la vez, ha abierto los corazones a todos los fontaneses de cara a esta Semana Santa que ahora comienza.

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