Opinión. 'Dios y el poder'

Pretender hablar de dios en los tiempos que corren es más que una osadía. Pero, qué podemos decir de dios, por qué hay tanta confusión. Cuál es nuestra tradición cultural que nos ha llevado a un concepto de dios que nos aboca a las guerras fratricidas, que toda guerra lo es, puesto que la fraternidad es un principio moral para la humanidad. Por qué se ha personalizado a dios, por qué lo consideramos trascendente y, de esa manera, y de alguna manera, le quitamos poder.


Me sumo al panteísmo spinoziamo, o al estoico, o al Nirvana budista, o al Brhaman que coincide con el Atman, del hinduísmo advaita,… al Tao que si lo nombras ya no es…al dios de los místicos, que, curiosamente, no es un dios, es Lo que Es, todo lo que Hay, el Ser. El dios del que se ha venido hablando en nuestra tradición de las religiones del libro es el dios de la separación, del pecado y de la culpabilidad. Un dios que nos lleva a la guerra con nosotros mismos, que nos lleva al sufrimiento, la culpabilidad y el resentimiento. Nada que ver con el dios, o el Reino de los Cielos anunciado por Jesús en los evangelios, nada que ver con el Amor incondicional, es decir, aquel que desea y agradece la existencia del otro porque, en definitiva, el otro eres tú. Y eso es la fraternidad. No puedes dotar al otro de derecho sino lo consideras un igual. El dios trascendente y personal es un ídolo. Un ídolo del progreso, un ídolo para nuestra supuesta salvación, alguien al que hay que rendir pleitesía y ante el que hay que humillarse. Un dios de la violencia y la venganza. No es Unidad, es dualidad. Pero la dualidad expresa la separación y la caída, el pecado original. Esa es nuestra tradición. Curiosamente no acabamos con ese dios dando muerte al dios de la religión, no, porque dios es un concepto, una idea, la idea de las ideas. Una momia conceptual, que diría Nietzsche, y por eso, no nos veremos libres de él hasta que no nos veamos libres del lenguaje. Por eso el dios de los místicos es inefable, es una experiencia expererienciable, lo es todo, es la unidad, y la idea de separación es nuestro error, nuestra mirada errónea que nos ha hecho enfrentarnos unos contra otros, por el miedo y el odio y contra la naturaleza, para dominarla y explotarla. Ese dios de la religión se convierte en el dios de la razón, omnipotente que puede con todo y al que todos debemos obediencia. Y esa razón se reduce a la razón científica y llegamos al mito del progreso y el cientificismo. Y dios sigue vivo, no ha muerto, no hemos acabado con él, ni con el de la tradición, ni con el dios transformado en el mito de la ciencia y del progreso, o de la caída, que para el caso es lo mismo. En el fondo, la historia es la historia de la caída y a partir de ahí llegamos a la conquista del paraíso perdido por nuestra culpa. Por tanto siempre tenemos el sentimiento de culpa y estamos resentidos con todo y con todos. Esa es la historia que nos han contado. Y para salir de ese estado debemos obediencia, ya sea al dios de la religión, de la ciencia o de cualquier otro poder. El miedo alimenta al poder, ya sea el poder absoluto, el disciplinario (Foucault) o el psicopoder (Chould Han), en todo caso estamos atrapados por el concepto de dios que es el que genera el miedo y del miedo surge el control y del control la escisión, la separación, el sufrimiento y la pérdida de libertad. Con el psicopoder hemos perdido hasta la noción de que vivimos esclavizados por el poder. Porque éste se ha hecho sutil, embaucador y seductor. Ya no podemos distinguirlos. Nuestra esclavitud se nos vende como una forma de libertad, es la mayor farsa de la historia. Es rizar el rizo del juego de la servidumbre voluntaria. Ya ni siquiera sabemos que somos siervos. Obedecemos sumisos y con una sonrisa en la boca. Viajamos, compramos el último móvil, la última TV, un chalet en la playa, tenemos cientos de canales que replican lo mismo, nos creemos libres a la hora de utilizar los medios de información de forma masiva, cuando lo que sucede es que somos masivamente esclavos. Los medios de comunicación son, como diría Chomsky, medios de control y manipulación de masas. La información es creada por el poder. Nos creemos libres en las redes sociales, pero somos esclavos de nosotros mismos. Nos creemos que hablamos, que dialogamos, cuando en realidad sólo nos escuchamos a nosotros mismos, no existe el diálogo. Éste significa que el logos, la razón, es lo común, que nadie posee la verdad, que la verdad es algo que se busca en comunidad, que la comunidad es en torno al logos universal. Pero, por el contrario, todos pretendemos tener la verdad, nuestra verdad y las redes sociales no son más que un amplificador de nuestras creencias y opiniones, que, por lo demás, son subjetivas. Pero, por aquello del relativismo de las opiniones, esa perversión sofista y del logos auténtico y por aquel famoso respeto de las opiniones, que es una falacia, lo respetable son las personas, no sus opiniones, que son discutibles; pues todos nos sentimos con el derecho de imponer nuestra opinión, nuestra supuesta verdad, y, ni si quiera escuchamos al otro. Además de que, en la inmensa mayoría de los casos estamos replicando el pensamiento del poder, sin variación. No hay ni estudio, ni crítica, ni investigación. Ya se ha encargado el poder de que la única realidad que exista y que se piense sea la que a él le interesa, incluso algunas opiniones discrepantes, no son más que variaciones de lo mismo. En definitiva, pan y circo, por lo general, aunque algunos saben sacarle partido y encuentran un agujero en la red de Matrix. Dios nos domina. Y dios es el que tiene la información, el que tiene el poder económico, el opresor. Porque, aunque no lo parezca, somos esclavos y, por lo tanto estamos oprimidos. Se nos dice que somos libres, pero es falso, pensamos lo que el sistema quiere que pensemos, la educación está dirigida por el poder, lo mismo que los medios de control y manipulación de masas. Pero, de todas formas, de la libertad de la que se nos habla es de la libertad económica, podemos comprar un móvil, luego somos libres, pero todo es falso, no podemos comprar un yate, y otros sí. Aunque ni a mí ni al otro nos hace falta el yate para nada. Claro, la felicidad entra en el mercado y tiene que ver con el tener, no con el ser. De ahí que cada vez la sociedad esté más enferma y sea más infeliz. A todo ésto nos ha llevado la escisión, a no vernos a nosotros mismos, a alejarnos de la vieja enseñanza socrática, conócete a ti mismo y conocerás al mundo y a los demás.

Por el contrario, el dios de los místicos es un dios, que podríamos decir que no es, porque no es trascendente, no es personal, no es un objeto, ni finito, ni infinito. Ese dios es Lo que Hay, el Ser parmenideo, en definitiva, un modo de estar, un estado de conciencia en el que no se da la escisión, la ruptura, ni la caída, ni el pecado. Un estado de consciencia en el que sólo se experimenta la Unidad de todo lo que es. Un estado de consciencia en el que no hay un yo, porque no hay separación, hay, lo que Es, la presencia de lo real. No hay conflicto. Y si no hay conflicto interno, no lo habrá externo. No hay ataque, porque no hay un yo que se tenga que defender de nada. La escisión, la ruptura, es un espejismo, disuelto el espejismo aparece la Divinidad, lo Real, el Ser, o la Nada o Nirvana, todo es igual. El problema es que nos empeñamos en enfrentarnos, porque no somos capaces de dejar atrás nuestra evolución de la consciencia que nos ha llevado al estado egoíco, pero éste es un estado de la consciencia, no es el único. Es un estado que nos ha llevado a la racionalidad y la libertad ética y política, pero que también tiene sus problemas y que es necesario trascender e integrar. Y no me refiero a los discursos de la psicología positiva, que es un engaño para niños, ni al discurso new age, estoy hablando desde la filosofía perenne, de las verdades de milenios, no de ahora. La new age, o la psicología positiva, o el coaching, no son más que pensamiento débil posmoderno. Otra enfermedad y desviación de la razón. Por el contrario, estoy hablando desde un discurso fuerte y poderoso, que ha aparecido en todas las tradiciones sapienciales de la humanidad incluida la filosofía occidental. Es un discurso sin dualidad, sin escisión, que trasciende las apariencias, que va más allá de lo comúnmente aceptado, que requiere una revisión de nuestra percepción y, por ende, de nuestro conocimiento, ética y política. Una visión que ilumina una consciencia universal, no particular, ni racionalista, ni supersticiosa, libre absolutamente. Pero aquí nos adentramos dentro de lo inefable y es mejor seguir a Wittgenstein: “De lo que no se puede hablar, mejor es callarse”, pero eso no quiere decir que no lo podamos trascender, para ello necesitamos trascender el lenguaje, para que “los límites de mi mundo no sean los límites de mi lenguaje.”

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