Interser, no dualidad y compasión

Si fuésemos plenamente conscientes, y no digo a nivel intelectual, sino sintiéndolo con todo nuestro cuerpo, con cada una de nuestras células, que no somos un yo aislado, un ser apartado, sino un interser, un ser que es porque los demás seres son y así todos los seres, luego, todo es relación, nos daríamos cuenta de muchas cosas, la primera es la ausencia de dualidad, no hay sujeto, ni objeto, por otro lado, tendríamos el privilegio de encontrarnos con el otro, porque el otro se transforma en otro yo.

 

Ello nos lleva, automáticamente, a comprenderlo. Y, en la medida que comprendemos, somos es el otro. Esto conllleva una transformación profunda de nuestra consciencia, una ampliación de la misma. Y la consecuencia de todo ello es la compasión. No hay compasión sin comprensión, ni comprensión sin dejar de ser un yo aislado y acceder a la no dualidad. Y, para ello, sólo es necesario ser consciente de la respiración, de esta forma unificamos la mente con el cuerpo. Esto es, eliminamos la dualidad y la escisión en la que vivimos. Además de la gran consecuencia ética y política que esta transformación tiene, es el acceso a la felicidad, al llamado Reino de los Cielos. Que no quiere decir que en él no haya sufrimiento, ese es el error. El sufrimiento es la primera noble verdad. Y sin sufrimiento no accederíamos a la compasión. Pero la cuarta noble verdad es que podemos trascender el sufrimiento. El nuestro y el del otro, porque, en última instancia es el mismo. Es el resultado del ego y la escisión. Si lo elimino en mí, lo elimino en el otro, porque he dejado de ser un yo.

Somos herederos de la tradición racionalista, materialista y mecanicista. Una corriente de pensamiento que nos ha configurado y ha sido esencial en el desarrollo de lo que se llama la modernidad. Sería muy largo hablar de ello. Lo dejaremos para otro momento, pero sí quiero decir alguna cosa. La tradición que abre la modernidad y que se define como racionalista, materialista y mecanicista fue la que dio lugar a la ciencia y, de paso, la que eliminó el poder de la superstición. La ciencia es el modo mejor que el hombre posee de conocimiento, pero, una cosa, cuando nos referimos a conocimiento, nos referimos al conocimiento de objetos. Lo que la modernidad hizo, siguiendo la tradición griega, pero no los orígenes, ni al mismo Platón, sino cómo fue interpretado todo y se cambió el sentido de verdad, como Aletheia, desvelar, por el de correspondencia del pensamiento con la cosa. Pues bien, el conocimiento científico es conocimiento de objetos, no de la realidad en sí, como ya nos lo enseñase el Inmenso Kant, que tenía el mundo en su cabeza y la moral en su corazón. Y esto es, una ventaja, porque el conocimiento de objetos es universal y necesario, se acabó el relativismo y la superstición, pero, a su vez, un límite. Por eso, el desarrollo de todas las ciencias ha ido encontrando su límite, es decir que hay un límite del objeto de estudio, incluso la matemática con el gran teorema de Goedel. La física cuántica, con sus grandes paradojas, a las que Popper le gustaba llamar el “gran embrollo cuántico”, los límites de la información, de la política (la imposibilidad de la democracia perfecta), el límite físico-químico del principio de la termoidinámica, El límite del crecimiento económico debido a la introducción de la entropía, en fin, todos son límites que, lo que nos han mostrado es que en las fronteras del conocimiento el objeto se empieza a diluir en la cosa en sí, la Realidad, pero ésta es incognoscible. Pero no sólo tenemos la razón y el entendimiento para conocer, sino, la intuición, por ejemplo. El triunfo del paradigma cientificista ha hecho que nada de lo que se escape a los límites de la ciencia tenga sentido (recomendaría releer a Wittgenstein), ahora la ciencia imperante es la economía, por eso todo se reduce al valor o competencia económica, la utilidad a eficacia en el mercado, el saber, a mero marketing, en fin, cada tiempo tiene su propio paradigma. Pero hace ya más de un siglo que el viejo paradigma, tan fructífero, debería de haber caído, pero no lo ha hecho, sólo en teoría. Incluso los filósofos, que suelen ser los críticos, han caído en ese paradigma cintificista para no ser acusados de metafísicos y supersticiosos (al final lo que queda es el arte) y reducen su saber a una ciencia, una pantomima de ciencia, claro, de la que los científicos, con razón se ríen. La filosofía tiene labores muy importantes e interesantes que realizar, que no son, precisamente, las de la academia.

Pues bien, la ruptura de ese paradigma nos puede hacer salir de ese corsé que nos tiene maniatados y respirar aire nuevo. Hay en las ciencias una apertura hacia la realidad en sí, un reconocimiento de esa cosa en sí de la que hablaba Kant. Y, por otro lado, tradiciones milenarias sapienciales, siguiendo el método experiencial han acumulado un inmenso saber sobre la consciencia y los modos de acceso a esos niveles de realidad, pero no con las facultades del entendimiento y la razón, sino por la intuición, en la India, en China, en las culturas índigenas latinoamericana, hay muchos más términos, porque se han descubierto innumerables estados de consciencia, no sólo el del penasamiento lógico-matemático o el intuitivo y el sensible. El paradigma racionalista, por muy beneficioso que haya sido, científica, ética y políticamente, está agotado y ha agotado a la civilización. Es necesario trascenderlo. Pero ya sabemos lo que pasa con los paradigmas. Si se está dentro no se ve el otro por venir, si se tiene la cabeza fuera, te la pueden cortar. Es necesario acceder al nuevo paradigma para aumentar nuestra consciencia, para tener un nuevo estado ampliado de consciencia que supere este estado cientificista, reduccionista, dogmático y caciquil.

Como hemos dicho el modo de entender el mundo y al hombre desde el paradigma racionalista, materialista y determinista ha sido agotado y esto se viene diciendo desde hace mucho tiempo, no olvidemos la Escuela de Frankfurt, por ejemplo, o el existencialismo, ni mucho menos, la posmodernidad y los nuevos análisis del conocimiento en los que se pueden ver no sólo sus razones, sino sus intereses. Hoy en día la ciencia pura es escasa, sino inexistente, no existe ese imperativo de búsqueda del saber por el reconocimiento de la ignorancia que encontramos en Sócrates, o Platón y en la famosa definición aristotélica. La ciencia es un complejo tecnocientífico, industrial y militar, en la que los intereses puros del conocimiento son más bien escasos y, si los hay, a título individual, cuentan poco en el proceso.

Todo este paradigma, además, está inmerso en un mito que es el del progreso, el pensar que cualquier avance en la ciencia es un avance de la humanidad. Se hace una equiparación entre progreso científico y progreso humano, esto es una falacia. Y, si fuese un argumento correcto, que no lo es, habría que demostrarlo empíricamente. Pero yo creo que, el siglo XIX, y el XX, más lo que llevamos del XXI, demuestran lo contrario. Estamos al borde del colapso civilizatorio, si es que no hemos entrado ya en él, yo pienso, junto con Riechmann, que sí, que sólo queda salvar a la tripulación del barco. Porque el barco, la civilización, se hunden irremediablemente. Pero no vamos a seguir por este camino de análisis, que ya está muy trillado y que creo, no cambia nada, porque su objetivo es intentar cambiar el mundo analizando los defectos, pero el mundo no cambia, si uno no cambia. Y esta es la nueva enseñanza que, por otra parte es milenaria: filosofía perenne.

El estado en el que vive el hombre en este paradigma materialista es de escisión total y radical. Es un estado en el que la psique, y no digo ya el espíritu, han sido eliminadas del horizonte porque caen más allá de lo que es un objeto en ciencia, y la ciencia estudia objetos, el error es decir que, lo que no es un objeto, no existe. Pues bien. La estructura del hombre es tripartita, aunque es una unidad: cuerpo, psique y espíritu. Lo que ha hecho la humanidad ha sido reducir todo lo humano a la dimensión del cuerpo, de lo físico, de lo material, que ahora sabemos que eso que es material, es una forma de vibrar la energía, no todo es materia, al contrario, todo es energía y la materia una de las múltiples formas de presentársenos, a nuestros sentidos, no a los de una serpiente, por ejemplo, la energía. Pero nosotros hemos sido reduccionistas y pacatos y hemos objetualizado, lo que no puede ser objetualizado, y cuando no lo hemos podido hacer, simplemente, lo hemos negado. Pues la escisión que sufre el hombre es que su psique ha sido objetualizada, en algunos casos, en otros, negada, por supuesto lo espiritual queda fuera de la ciencia y pasa a formar parte de las llamadas humanidades, o, graciosamente, ciencias humanas. Tal cosa no existe. Es el afán de que si no es científico no es creíble, se habla hasta de ciencias de la religión, en fin…

Pues bien, la escisión es separación y la separación se vive como sufrimiento. El hombre se sabe, se conoce como algo que no es un objeto, no se acaba de amoldar a ser un objeto, se siente, sujeto. Y, como decíamos, sujeto en relación con los demás, interser. Y eso de ser un sujeto que no puede serlo le trae el sufrimiento del desgarro. El hombre, en la sociedad moderna, es tratado como un objeto, como bien viera la escuela de Frankfurt y lo ha expresado el arte y, como bien sabemos, lo ha considerado la política totalitaria, hija de la razón absoluta y reduccionista (no la ilustrada), cuando lo ha anulado totalmente, como es el caso del exterminio nazi, el Gulag, y muchos otros ejemplos. Y también el hombre es considerado mercancía. En su doble sentido, en el sentido de que es una mercancía en el “mercado” laboral y una mercancía que consume. El poder se ha ido refinando, desde el poder absoluto, pasando por el poder biológico, hasta el psicopoder. Y este poder, no nos considera como sujetos, precisamente, sino como objetos y, además, esclavos que producen. En esta situación el hombre sufre, porque sus sentimientos, sus emociones, no cuentan y, cuando cuentan es para ser manejadas dentro de la cadena del consumo y del mercado, desde la escuela a la universidad, desde el nacimiento a la tumba, pasando por la medicina. Ésta medicaliza la vida y lo convierte todo en enfermedad, anula la ética y la diluye en pastillas que eliminan la autoconsciencia del dolor y la posibilidad de, a través de él, evolucionar espiritualmente. Hasta el embarazo y el parto, así como la infancia son patologías. Y la muerte, igual, permanece oculta. Por otro lado, la medicina es uno de los ejemplos mejores de mecanización del sujeto. Reducen a lo que es una persona a mero objeto que se puede trocear para investigar, pero nadie es consciente del todo, ni de que lo seamos, ni de que estemos en relación con todos los seres. Así surge un concepto de enfermedad que es el enemigo, cuando, quizás, todo sea un desequilibrio más global, desde el propio cuerpo, hasta la propia estructura del hombre e, incluso, un desequilibrio: hombre-naturaleza. Quizás de ahí vengan nuestras enfermedades. ¿O saben ustedes de algún hombre de la selva que haya padecido alguna de las múltiples enfermedades mentales que se han inventado, o, simplemente, que padezca alergia? No, las alergias no se dan en la selva, cuando uno está expuesto al polen, sino en la ciudad, expuestos a la contaminación ambiental y alimentaria. Porque lo que comemos es tóxico y, en aras del progreso, nos dicen que es necesario. Pues vaya progreso que nos mata.

Como digo, la escisión es sufrimiento y el hombre busca encontrarse a sí mismo, centrarse. Volver a sí mismo. El hombre, y la civilización andan perdidos, tienen que encontrar su centro. Y su centro es la eliminación de la dualidad. Somos Uno. Pero, no sólo es que seamos uno: cuerpo, psique, espíritu, sino uno con los demás, uno con nuestros antepasados, uno con nuestros descendientes, uno con la naturaleza y uno con el universo. Ese es el sentido y, a la vez el sinsentido. Porque ese ser Uno, elimina ese ego que hemos ido alimentando de un plumazo. No hay ego, porque no hay yo, sino hay el otro, o lo otro. Yo no existo sin el agua, sin el fontanero, sin mi pareja, sin mis hijos, sin cualquiera que exista en el planeta. Y es lo que nos lleva al principio de responsabilidad de Jonas, que yo amplio, soy responsable del otro, pero, del otro, que no conozco y del que aún no existe. Hacerse responsable del otro es ser el otro, es haberlo comprendido. Es saber que tú existes en el otro, como existes ya en tus ancestros y existirás en tus descendientes. No somos un yo ególatra, sino un uno que es la totalidad, ese uno posee sus diferenciaciones, que son sus perspectivas, que somos nosotros, pero no somos más que manifestaciones de la Totalidad. En este momento lo que sucede es que hay un desequilibrio en cómo nos percibimos. Nos percibimos separados, y eso es la escisión, la dualidad. Es necesario comprender, no basta con entender, que somos uno, porque somos en relación, interser, sino que es necesario comprender que somos los otros, ya sea, una persona, o una flor.

En otro momento hablaré de la evolución de la consciencia humana a lo largo de la historia, pero ahora es necesario señalar que estamos en un momento en el que o se da o no se da un salto en el nivel de nuestra consciencia. La inmensa mayoría está en un estado de consciencia mítico-egoica. Esto es lo que explica las guerras, el odio, la venganza. Todo lo que llamamos común a la naturaleza humana. Algunos han accedido a la consciencia racional y, con ello ha adquirido la libertad y han empezado a comprender que el ego es separación y esto es lo que nos lleva a la conciencia intercultural o pluralista, en la que somos capaces de identificarnos con el otro. Aquí rige la máxima de Terencio: nada de lo humano me es ajeno y el cosmopolitismo estoico. Ni que decir tiene que aquí empiezan a cobrar sentido las enseñanzas de los grandes maestros de la humanidad: Lao Tze, Buda, Sócrates, Jesús…, pero aún habría que evolucionar más, hacia los estados sutiles de conciencia no dual, para asimilar completamente sus enseñanzas.

Pero hay algo muy interesante que se desprende de esto. La evolución de la consciencia desde el estado mítico-egoico al pluralista, pasando por la conquista de la razón y la libertad, nos lleva a la compasión o fraternidad. Ahora es posible la compasión o la fraternidad porque hemos comprendido y vivenciado que el otro soy yo de alguna manera y, por eso, no puedo expulsarlo. Ese es el sentido de la parábola del buen samaritano. No mira su condición, mira su humanidad, que es la misma que la suya, por eso puede ayudarlo. Eso común que tenemos, es lo que nos hace Uno con los demás. Por eso, la evolución de la consciencia tiene dos dimensiones, una histórica y otra biográfica. Si no hay una evolución de nuestra consciencia; y aquí evolución implica siempre integración de lo anterior para tener una consciencia más amplia del Ser y, por tanto, llegar a ser más Ser, entonces no podremos solucionar el callejón sin salida al que hemos llegado. Y esto no implica atacar al racionalismo, sino a tener la capacidad de integrarlo. No nos podemos saltar ningún paso. Todos han de ser integrados y todos son necesarios. Estamos asistiendo, por un lado, a este Renacer, pero, por otro, vemos que las fuerzas de la consciencia mítico-egoísta son aún demasiado fuertes. De la posibilidad de integrar el estado mítico-egoíco depende la supervivencia del hombre, que no la salvación de la civilización. Ésta está en pleno derrumbe. Por eso considero que nuestra tarea es sencilla y, a la vez, amplia, y, consiste, en tomar consciencia de nosotros mismos. Acabar con nuestra existencia escindida para ser una gota que se contagia a las demás, porque si somos consciencia unificada, trabajamos desde esa consciencia en el lugar en el que estemos y seremos capaces de comprender de verdad, de tolerar y de respetar. Seremos capaces de calzarnos las sandalias del otro. Y comprenderemos que no podemos juzgar, que el juicio es división, ya nos lo dicen los evangelios con aquello de la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio, o el proverbio budista que nos recuerda: cada vez que te cruces con alguien no olvides que lleva el infierno dentro. Todos estamos en lucha, todos necesitamos ayuda. Ese es también un gran paso para eliminar el sufrimiento y la escisión, asumir que necesito ayuda del otro, entonces las corazas de mi ego empiezan a caer y comenzamos a reconocernos en los demás.

Respuesta a la pregunta de cómo se hace esto en la cotidianeidad.

Como todo, es muy sencillo, pero inmensamente difícil. Se trata de tomar conciencia y para ello tomamos conciencia de nosotros mismos a través de la respiración. En unas cuantas respiraciones nos hemos dado cuenta de nuestra existencia, de nuestro cuerpo, que tenemos olvidado y de nuestra mente. Y se ha producido la unión mente cuerpo. Este es sólo el comienzo, que no es poco. Pero de lo que se trata, que el lo difícil es de tomar consciencia en la cotidianidad, pues hay que pararse, no hacen falta prisas, atender a la respiración y a lo que estamos haciendo: escuchar a alguien, hablando con alguien, nos asalta la ira, fregando los platos...Es decir, de lo que se trata es de ser consciente y no juzgar. Estar presente. Y, cuando uno está presente, el otro también se nos hace presente. Ya te digo, tan facil como tomar conciencia de nuestra respiración y tan difícil como para dedicar toda una vida a ello. Pero te puedo decir que si lo haces una vez, ya sabes lo que es y has experimentado la no dualidad y te has instalado en el presente, el aquí y el ahora. Y tienes una visión desde la eternidad, que diría Spinoza.
Aquí no hay nada esotérico, ni religioso, en el sentido peyorativo de la palabra, sino una mera técnica para tomar consciencia de nosotros mismos y de todo lo que nos rodea. Y, cuando esto ocurre emerge la Unidad y, por ello, la fraternidad o la conciencia universal. Y desaparece el estado mítico egoico. Pero estamos instalados en el egoísmo. Toda lucha, toda guerra, todo malentendido, no es más que una lucha de egos. Ya Sócrates nos dio una gran lección con su ironía sobre la poca importancia que tiene el ego y nos lo mostró con su propia muerte. Pero la lectura de la filosofía griega es una lectura intelectualizada, ni vivencial ni mística, que fue donde nació.

Parándose y tomando consciencia. Esto no nos evitará ni el dolor ni el sufrimiento, pero sí seremos consciente de él y nos haremos responsables del mismo, no tiraremos balones fuera y culparemos a nuestro semejante, al mundo en el que hemos nacido, a nuestros padres, hermanos, amigos...Nadie es culpable, pero todos somos responsables. Esto es así porque nada humano me es ajeno, puedo hacer lo que cualquier humano hace, tanto el bien como el mal. Y como somos relaciones, pues ellas son las que nos constituyen.

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