Opinión. 'In memoriam'

Ayer me preguntaba una amiga si iba a escribir algo en relación con la guerra civil, el golpe de estado y el programa de represión y exterminio que sufrimos en este país y que aún no ha sido reparado desde el punto de vista ni político, ni ético, ni jurídico y seguimos tan tranquilos. Mis derroteros intelectuales y espirituales no van ya por este camino, como antaño. Mi respuesta fue que no. Pero pensándolo bien, por qué no se puede hacer un homenaje a los oprimidos de la historia, a los inocentes…porque no se puede recordar nuestra condición de seres egoístas e ignorantes y ver cómo de ahí fluye el mal sin emitir juicios, sin ira, sin escisión entre buenos y malos.

Sí, la historia de la humanidad es una historia de dolor y sufrimiento, pero es una historia de aprendizaje. Mirar la historia es ver el dolor que nos llama desde el fondo mismo de esa historia, de todos esos nombres de hombres que sufrieron, amaron, padecieron, tuvieron ilusiones, murieron… de todos aquellos que tuvieron ideales y soñaron con cambiar el mundo y perecieron por ello. Es la memoria y el recuerdo de muchos que creyeron en ideales falsos, llenos de egoísmo y de rencor para llenar un hueco en su corazón herido. Ellos tampoco eran culpables, eran víctimas de sí mismos. No supieron estar a la altura de las circunstancias, no supieron hacerse dueños de ellas, ni supieron, ni se atrevieron, porque fueron cobardes. Y quién no, que levante la mano, de ir contra todo un sistema. Todo un ejército de ignorantes y cobardes que han preferido callar y vivir tranquilos, que han vendido su vida, sus sueños, su libertad por un plato de lentejas y que, además, de vender su libertad han condenado a los demás a la tortura, a la miseria, al ostracismo y a la muerte. Y hemos mirado para otro lado. Y hemos dicho que “yo sólo no puedo hacer nada” y hemos seguido con nuestros asuntos. O, el famoso “yo sólo obedecía órdenes” y nos quedamos tan panchos. La banalidad del mal de Arendt.

No, no hay que indignarse, no hay que montar en cólera, no es necesario nada de esto. No hay que buscar culpables. Porque culpables somos todos y ninguno. Y no se trata aquí de relativizar, ni de decir que todos hicieron daño, eso es pueril, no es cierto, es maniqueo, siempre en la historia han existido los opresores y los oprimidos. El tema es que también el oprimido, en cierto modo, y aunque esto pueda doler, pero es necesario aprehenderlo para trascender, lo es porque quiere. Cada cual ha sabido representar muy bien su papel y ha jugado la carta que le tocaba. Pocos son los que se han atrevido a romper la baraja. Y, cuando lo han hecho, han sido acusados por unos y por otros. También las cunetas de la historia están sembradas de los valientes que por ideales o, mejor, por el bien del otro han muerto sin mostrar queja y agradecidos a la oportunidad que se les dio de mostrar la compasión, la generosidad. Estos son los grandes maestros de la humanidad, en estos nos tenemos que fijar. No es necesario tanto análisis, eso se lo dejamos a los eruditos, que al final acaban riñendo y diciendo “y tú más”. En lugar de este aprendizaje, meramente conceptual y memorístico, que es absolutamente necesario, hay que sentir. Porque la injusticia se ha sentido siempre de la misma manera. Nadie va a vivenciar la tragedia de la guerra a través de un libro de historia. Quizás un buen profesor sea capaz de transmitirla porque sea capaz de ir más allá de la guerra y mostrar, a través de ella, cuál es la verdadera naturaleza del hombre.

Es necesario recordar, como nos enseña Terencio “Hombre soy y nada de lo humano me es ajeno”. Y, en la medida que somos humanos todos de la misma manera hemos de ser capaces de ponernos en la piel del cobarde, del asesino, del psicópata, del genocida, del valiente, del compasivo, del pacifico y pacificador, del templado. Porque algo de ellos hay en nosotros. Y, además, es una manera de conocernos. Porque ellos son nuestro espejo. Cuando nos fijamos demasiado en el mal en la historia, pues quizás es que haya demasiado mal en nosotros, demasiado odio, demasiado, rencor y resentimiento… no nos reconocemos en el bondadoso, en el compasivo. No vemos si quiera que esto sea una alternativa, sólo vemos la guerra, la competencia y la venganza. Es decir, seguimos alimentando la espiral del mal intrínseco en nuestra naturaleza porque seguimos instalados en el miedo y en el odio. Pero la historia nos da pruebas de que existe otro camino, un camino que también está en la condición humana y es el camino de la paz. Es el único camino que podemos recorrer. De momento hemos recorrido el camino de la guerra, pero éste ya se nos ha acabado. Simplemente nos hemos pasado del final del camino. La tierra no puede sostenernos por más tiempo, simplemente nos está expulsando, hablando metafóricamente. Es nuestro final, nuestra propia condena. Hemos cavado, parafraseando a Marx, nuestra propia sepultara. Y, lo curioso, es que aún seguimos haciéndolo alegremente. Sólo existe el camino de la paz. Y es el camino de la Unidad. El camino que tenemos que recorrer si escuchamos el corazón, si escuchamos a la tierra, si volvemos a nuestra naturaleza, al animal que somos. Porque, no lo olvidemos, somos violentos culturalmente, no por naturaleza. Si escuchamos la naturaleza que hay en nosotros escucharemos la voz de la armonía de los opuestos, escucharemos cómo todo se complementa y ocupa su lugar. Y sólo hay un camino para acceder a este estado, el de la compasión. Es como la parábola del hijo pródigo. Es necesario volver a casa, La Unidad, el viaje iniciático, la historia de la humanidad, hasta el momento, ha terminado, empieza la segunda parte del viaje. El retorno a casa de Ulises (aunque este mito ya no nos sirve, es un mito gastado, que tuvo su momento y su época, sólo nos sirve parcialmente.) Ya no es tiempo para incrédulos. Ya hemos ensayado durante miles de años una opción y hemos llegado al límite. Hemos de integrar nuestra inteligencia, nuestro cerebro. Hemos de crear una cultura pensada con todo el cerebro, igual que hemos de ser capaces de vivir una vida desde la unidad del cerebro y no desde su escisión. De ahí ha salido el monstruo con el que tenemos que bregar. Y esto no es ningún mensaje new age, ni de psicología positiva. Esto es sentido común apoyado, para los más incrédulos, en dos cosas importantes: los últimos avances de las ciencias de lo vivo y la tradición sapiencial. Es necesario ver fuera del paradigma donde nos encontramos. Ya lo decía el gran filósofo Manual Sacristán en 1984: “Hay que pasar del paradigma del tener al paradigma del cuidado”, pero esto exige, como bien señala uno de sus más eminentes discípulos, Jorge Riechmann, una autoconstrucción interior. Ya no nos sirven los salvadores, ya no nos sirven los ideales absolutos, ya no nos sirven los viejos dioses, porque en realidad no hay ninguno, ni los maestros, porque, en realidad, cada cual debe aprender que es su propio maestro, que no hay a nadie a quien seguir, pero que el vecino sí tiene algo que enseñarle, porque tenemos que aprender a mirarnos en el otro y no a mirar al otro desde nosotros mismos y juzgarlo. Tenemos que aprender que, si no juzgamos, el otro se nos abrirá y será una fuente de sabiduría y así no emergerá el odio. Todos tenemos nuestras razones, nadie tiene la razón, y esto no es caer en el relativismo, esto es mucho más complejo. Estoy hablando de comprehensión. Por eso decía que no se le puede obligar a nadie a ser valiente, no se le puede pedir cuentas de lo que hizo. Preguntémonos, ¿qué hubiésemos hecho nosotros?, o mejor aún, ¿qué estamos haciendo nosotros ahora mismo frente a la inmensa cantidad de injusticias que hay en el mundo? Por qué tras un gobierno catastrófico millones de ciudadanos siguen votando lo mismo. No será que somos muy ignorantes. Que no tenemos ni idea, que somos tremendamente cobardes, cínicos, rencorosos. Y siendo todos iguales, siendo todos así, cómo se atreve uno a juzgar. ¡Quien esté libre de pecado que levante la primera piedra!, nadie puede juzgar porque eso no es más que un ejercicio de huida, de cobardía, de no ver tu propia miseria en el otro, que es el único que te la puede enseñar. Este camino no nos lleva a ninguna parte. Es necesario nuestra transformación, buscar y encontrar la serenidad en nosotros mismos, nuestra paz y así ser espejos ante los demás. No juzgar, mostrar siempre el agradecimiento. Y, para ser fuertes y nobles, debemos aprender primero lo débiles, egoístas, vanidosos…y todo lo demás que somos. En este conocimiento reside nuestra fortaleza.

Así, es el momento de recordar a la humanidad entera, porque todos somos víctimas, cada uno a su manera. Y somos víctimas de nosotros mismos. Si hubo un holocausto, en última instancia todos lo hicieron posible, aunque haya quienes sean más responsables que otros y sean los ejecutores y esos son los que deben ser juzgados de forma ejemplar por la historia para ver cuál es y adonde puede llegar nuestra naturaleza. En definitiva, esto es un recordatorio a la debilidad humana, pero no con afán de dedo acusador, no hay culpables, ya lo he dicho múltiples veces, sino con la intención de autoconocernos y por medio de este conocimiento salir de nuestro estado de servidumbre, de culpabilidad, de miedo y atrevernos a llevar las riendas de nuestra vida, de ser autónomos: libres y responsables. Sabiendo quiénes somos en última instancia. Sin miedos y sin pasado para no juzgar. Sólo con el presente, con el ahora, con el Ser. En comunión con esa Naturaleza que llevamos dentro y a la que hace siglos que el ruido de la cultura no nos permite escuchar.

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