Opinión. 'Tras la senda del Logos'

Ante la demagogia que nos desborda, la hipocresía que nos aniquila moralmente, ante la gran mentira de la que participamos todos y más en estos días, opto por volverme hacia los orígenes.

1 En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.
2 Este era en el principio con Dios.
3 Todas las cosas por Él fueron hechas; y sin Él nada de lo que es hecho, fue hecho.
4 En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
5 Y la luz en las tinieblas resplandece; mas las tinieblas no la comprendieron. Evangelio según San Juan. Edición Reina Valera.




Este es el comienzo del cuarto evangelio. El conocido como el más filosófico de todos. En realidad es el que más cerca está del gnosticismo. Hemos puesto aquí los primeros cinco versículos para analizar la cuestión del ser y el devenir. Hay que tener en cuenta que el evangelio está escrito en griego. Y lo que se dice es que: En el principio era el Logos y el Logos era con Dios y Dios era el Logos. Se ha traducido logos por verbo, en otras versiones por la palabra, son correctas, por supuesto. El logos es la palabra, el verbo, el discurso y sobretodo, la razón. Pero, claro, la razón en aquella época ya estaba escindida. No era el logos de los presocráticos, especialmente el logos de Parménides y Heráclito. El primero dice ser y pensar (logos) son una y la misma cosa y el segundo dice: el logos es lo común. Es decir que ambos ponen al logos (razón, pensar) como principio, origen, fundamento y fin de todo lo que hay. Lo que ocurre es que el logos se expresa por el lenguaje, por la palabra y el diá-logo. En los presocráticos se era consciente de la unidad y quien sigue la Unidad, como dice Parménides sigue el camino de la verdad. Y, como dice Heráclito, el mundo de los despiertos es el de lo común, el del logos. Pero son muchos los dormidos y muchos los que siguen el camino del error, las apariencias: lo singular, lo particular, por ello, la escisión, la dualidad. El evangelio de San Juan, al haberse producido ya la ruptura entre el ser y el pensar usurpa a la filosofía el camino de la sabiduría, de la salvación (que no es más que la felicidad, no hay otra salvación). Y, cuando se hace con el poder. Cuando convierte a Roma por la fuerza al cristianismo y aniquila a las diversas escuelas filosóficas y a las religiones existentes, que comenzarán a llamarse paganas, invirtiendo los términos, pues se hace dueña de las conciencias. Mientras, se ha ido gestando una interpretación del mensaje evangélico literalista y supersticiosa, que no tiene nada que ver con la interpretación profunda que se une a él gnosticismo y a las religiones mistéricas preexistentes antes del cristianismo.
El logos y dios eran lo mismo en el principio. Es decir, lo que existía era la Unidad, no la dualidad. Todo lo que es dualidad es escisión, ruptura y sufrimiento. Y todo lo que existe vino de Él. Es decir, de dios o el logos, que son uno y lo mismo. Por tanto, no hay creación, sino emanación. Es decir, que todo lo que hay, llámese Universo, desde el latín, o Cosmos, desde del griego, es producto de sí mismo. Es el desenvolvimiento propio del logos. La substancia infinita de Spinoza.

En el logos reside la vida. Y nos dice: y Él es la luz de los hombres. La razón, entendida como unidad, no como fragmentación, como objetivación e instrumentalización, es la luz de los hombres, es decir, lo que nos permite entender o, más exactamente comprehender.
La luz en las tinieblas resplandece, pero las tinieblas no lo comprendieron. La ignorancia humana rechaza a la razón. Es a esto a lo que se refiere, no a la figura legendaria de Jesús. Todo este evangelio es una pura metáfora que esconde una lectura gnóstica en su interior. Las tinieblas se refieren ya a la humanidad, no al pueblo judío. Hay que entender que este evangelio está ya imbuido del estoicismo, como del resto de filosofías. Y el estoicismo había identificado al logos, ni más ni menos, que con la providencia o el destino, tres siglos antes del nacimiento de Cristo. Y al hombre, como sujeto universal: la humanidad. Y los estoicos habían asegurado que había dos formas únicas de existencia: o se es sabio o se es un necio o un loco. El sabio sigue al Logos, el necio se empeña en ir contra él. Y es un necio y un loco porque contra la necesidad del logos no se puede ir. Pero, claro, desde el punto de vista ético, el que sigue al logos es el hombre feliz, mientras que el que no lo sigue es un infeliz, un desgraciado que cree que el mundo conspira contra él, cuando, en realidad, es él el que rechaza al logos, lo cual es volverse en contra de sí mismos, porque todos somos uno con el logos. Puesto que somos parte del universo. De aquí el concepto de unidad con la naturaleza del estoicismo y del cosmopolitismo en su sentido ético más profundo. Todos los hombres somos iguales en tanto que todos formamos parte del logos, lo reconozcamos o no, de ahí la sentencia de Terencio “hombre soy y nada de lo humano me es ajeno” Y este es el fundamento de la fraternidad. De la tan cacareada últimamente empatía y de la cual derivan esa cosa de la educación emocional. Y, de aquí surge lo del buen samaritano, que lo dejamos para otra ocasión. En definitiva, el hombre sigue en las tinieblas y no reconoce la luz.

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