¿Qué futuro nos aguarda?

Un artículo del filósofo Juan Pedro Viñuela

Por salud intelectual y espiritual dejé hace unos años de leer periódicos y ver noticiarios. Realmente no sé lo que sucede en el mundo. Esto puede parecer una irresponsabilidad, pero es un acto supremo de rebeldía y de libertad. Y, en suma, un acto con intención pedagógica. No obstante, como uno está en el mundo, pues, de una manera o de otra, se entera de algunas cosas. Pero de lo que me vengo enterando no hace más que confirmar el devenir caótico, irracional, extremadamente peligroso, genocida y ecocida del futuro de la civilización.

Y no soy ningún nihilista, ni odio a la humanidad, al contrario, soy un filántropo, pero no de entendimiento ni de palabra, que queda muy bonito, ahora disfrazado de solidaridad, sino desde lo más hondo del corazón. Porque, no renuncio a la condición humana, por el contrario, la reafirmo y, sobre todo, la acepto. Y la acepto con todas sus limitaciones, vicios, virtudes y, sobre todo, potencialidades.

Creo en la posibilidad de cambiar, creo en la creación humana, pero los hechos también me demuestran que el hombre se autodestruye, que está practicando un genocidio mundial disfrazado de sistema capitalista de producción y un ecocidio. Es la mayor extinción de animales de la historia del planeta y el origen es humano. Somos depredadores del planeta, pero sumamente inconscientes. No nos damos cuenta, somos ignorantes, no malos, de que destruyendo el medio destruimos nuestra casa. Y somos ignorantes del daño, dolor y sufrimiento que estamos produciendo a la ecosfera, a cada animal que matamos, que torturamos en granjas, que exterminamos su especie. Una especie es una forma de expresarse la VIDA en este planeta. Si exterminamos una especie exterminamos la Vida. Pero es que, además, nos exterminamos a nosotros mismos. Pero todo reside en la conciencia.

El problema no es un problema político, que lo es, no es un problema económico, que lo es, sino que es un problema de mayor calado. Es un problema antropológico y antropogénico. Es decir, el origen del problema está en el hombre, no en las estructuras e instituciones que hemos creado. Nos afanamos en criticar a los partidos políticos, en criticar a la democracia, la enseñanza, la sanidad. Sí, todo eso con muy buenas intenciones. Y, un buen número de gente trabaja en su pequeña parcela para que la enseñanza sea mejor, para que la sanidad sea mejor, para que el sistema alimentario sea mejor. Y menos mal que existen esas personas cargadas de esperanza y de ilusión por crear un mundo mejor. Un mundo más justo, más habitable, un mundo sin conflicto, sin hipocresía, sin abuso de poder…, y demás. Pero, aun así, hay que ir más lejos. Hay que ir hacia una revolución total y definitiva. Y no me refiero a una revolución sangrienta, no, ni política, no, ni económica, no… Todo ello vendrá por añadidura. Me refiero a un cambio antropológico.

Los pesimistas piensan que esto no es posible. Tienen una idea limitante sobre el hombre y es la idea de que el hombre es malo o de que hay hombres malos. Creo que tienen una falsa perspectiva, confunden los hechos con la comprensión y explicación de los hechos. Cuidado, comprender no significa justificar éticamente, ni legalmente un hecho malo. La cuestión es que no existe la maldad. Existe la ignorancia. Todo el mundo quiere lo mejor para sí, todos anhelamos la felicidad, pero, algunos, escogen el camino de la honradez y la virtud, mientras otros escogen el camino del vicio. Pero no se escoge libremente mientras no se tiene conocimiento. En realidad, es que ni somos libres de querer lo que queremos, sólo de hacer lo que queremos. Pero, la mayoría, ni si quiera de eso. Porque, para ser libres de hacer lo que se quiere es necesario el conocimiento. De ahí que el mal resida en la ignorancia. En no saber qué hacer con nuestras vidas para ser feliz, para ser mejor. De ahí que erremos el camino y escojamos lo que nos daña o lo que daña a la humanidad.

Vivimos sumidos en la inconsciencia, pensando que somos libres. Los muy pocos que manejan los hilos del mundo así nos lo hacen creer. Y no son precisamente los políticos, contra los que arremetemos, no, estos viven, igual que la mayoría, en la ilusión, el engaño, las apariencias. En el interior de la caverna.

Por eso digo que el problema es antropológico y, dentro de lo humano, tiene dos dimensiones: la ética y la espiritual. Y es ahí donde debemos actuar. Pero la forma de actuar en el ámbito de la ética y de lo espiritual ha de empezar por uno mismo. Es necesario seguir el ejemplo de los grandes sabios que en el mundo han sido, que sin estar dentro de ninguna institución, al contrario, desde la marginalidad, han producido los mayores cambios en la humanidad. Otra cosa es que esos cambios se hayan tergiversado, malinterpretado y, al final, se han utilizado como forma de poder, de castigo y de culpabilización. Porque el poder crea el miedo y la culpa, que son las formas de maniatar al hombre. Y este miedo y sentimiento de culpa le impide al hombre alzar la cabeza sobre la mediocridad y atreverse a saber, a ser libre, a pensar por sí mismo. Y permanece en la pereza, en la cobardía y en la ilusión.

Por eso el cambio debe empezar por cada uno de nosotros. Ya lo decía Gandhi: “Haz en ti el cambio que quieras ver en el mundo” Es muy fácil criticar, juzgar, ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Debemos empezar por nosotros mismos. Debemos aceptar nuestra sombra, nuestra limitación, los demonios que conviven en nuestro interior: nuestra ira, envidia, odio, ignorancia…, y aceptarnos como somos. si somos capaces de autoconocernos, de seguir el mandato socrático, entonces emprenderemos el camino de la libertad desde el amor a si mismo. Y desde ese amor a sí mismo podremos amar al otro sin condiciones, sin diferencias, desde la verdadera igualdad en la diferencia, sin reconocer naciones, razas, lenguas, religiones, ni colores. Pero reconociendo la diversidad de la expresión de toda la cultura humana. Y si nos amamos a nosotros mismos, no sólo amamos al hombre, sino que amamos lo que realmente somos y lo que nos hace Uno, lo que nos pone a todos en comunión: la Vida. Entonces amamos al planeta, a toda expresión de vida. Y cuando hay amor hay libertad. Porque el verdadero amor sólo surge cuando no se pide nada a cambio, cuando sólo se da, se ofrece, se quiere lo mejor para el otro, cualquier ser vivo.

Hemos entendido muy mal el amor. Amamos desde la carencia, por eso queremos resolver los problemas volviéndonos hacia fuera, porque nos da miedo nuestro vacío interior, nuestro sentimiento de carencia. Hasta que no asumamos ese sentimiento de carencia, lo aceptemos y veamos que, en realidad, no carecemos de nada, puesto que somos vida, no podremos amarnos. Y si no tenemos amor propio, no podremos amar al prójimo, ni al resto de los seres vivos. Por eso el amor mal entendido lo que crea es división, malos entendidos y, a nivel social, separación, identidades. Uno busca una identidad política, una identidad ideológica, porque no soporta su vacío interior, su carencia o su sentimiento de carencia. Tiene miedo y necesita estar a la recacha de la manada, del grupo social, del partido, de la nación. Y así, en lugar de unidad lo que producimos es división, conflicto, enfrentamiento, guerra, destrucción, dualidad, los buenos (en los que, por su puesto estoy yo) y los malos.

Es un problema ético porque no comprendemos al otro al no comprendernos a nosotros, entonces, si no lo comprendemos nunca lo respetaremos como un sujeto, sino que será un objeto, lo instrumentalizaremos, lo cosificamos y lo culpabilizamos si está con los otros o lo halagamos si está con nosotros. Pero todo es ignorancia. Todo es porque el mundo está dormido. Está sumido en una conciencia mítica y egoica. Una conciencia que le lleva a pensar que para poder vivir necesita pertenecer a un grupo. Una conciencia en la que el individuo, la persona, aún no ha aparecido. Un mundo sin libertad, ni razón. De ahí el caos en el que nos movemos, la irracionalidad. Porque la razón, el Logos, que todo lo permea, que es el orden del mundo, se ha reducido a la razón mecánica y ésta, a su vez, a la razón económica. La dimensión ética y espiritual, así como la estética, han sido descabezadas del ser humano. Nos hemos quedado con la mera sensibilidad sensual para ser seducidos y con el entendimiento economicista para explotar, esquilmar al hombre y al planeta.

La revolución es la de la conciencia. Es la del despertar. Tomar conciencia de que los males del mundo no son por maldad, sino por ignorancia, pero esa ignorancia es de todos. Y la ignorancia nos lleva a la insensibilidad, a no reconocer al hermano, ni en el hombre, ni en el animal (qué lejos nos queda san Francisco de Asís, con su hermano lobo y su hermana Luna.) Cuando no hay sensibilidad no hay respeto, si no hay respeto todo está permitido. Pero si nos reconocemos en el otro (parábola del buen samaritano) nunca lo podremos dañar, al contrario, surgirá el amor incondicional y las diferencias de raza, de creencias, ideológicas, desaparecen o pasan a segundo plano, porque lo que aparece, en primer plano, es el hermano, el otro que es como yo, un ser sufriente, pero que ama la vida.

La revolución, pues, viene del cambio de conciencia. Es un camino arduo tenemos que autotrascendernos, sobrepasar nuestro yo limitado y nuestras creencias e ideas limitantes, filosofar con el martillo y destruir todas las falsas creencias sobre las que se asientan nuestros sentimientos y acciones. Porque, como digo, no hay libertad, estamos absolutamente condicionados. Lo único que podemos cambiar son nuestras ideas, esa es la gran capacidad que tenemos. Pero son las ideas las que crean un estado de ánimo y ese sentimiento genera una acción, hasta el momento, de división, violencia, guerra y exterminio. No hay nada nuevo bajo el sol desde el comienzo del Neolítico, sólo cambian los nombres. Por eso los noticiarios no son más que una repetición, por un lado, por otro un mecanismo de desinformación y control de las conciencias y de distracción de lo verdaderamente importante que viene de ser capaz de mirar hacia dentro, hacia uno mismo. Pero eso es lo que el Poder trata de evitar a toda costa con los medios de comunicación y, ay, con la enseñanza.

El cambio ético nos llevará realmente al respeto y a la tolerancia porque reconoceremos en el otro al hermano. Aquello de la fraternidad de la Ilustración que ha sido absolutamente olvidado, pero que tiene un sentido más profundo en la Compasión budista y en el amor al prójimo del cristianismo y en la ética socrática: “Es mejor padecer una injusticia que cometerla” Y es esto lo que cada cual en sí mismo debe conquistar y, en su círculo debe transmitir. El cambio es revolucionario y global, pero ha de hacerse desde lo pequeño, desde cada cual en su rinconcito. No somos salvadores del mundo, que nos libren de ellos, sólo han traído muerte y miseria, pero si emprendemos este cambio silencioso, que muchos ya han emprendido, incluso sin saberlo, por amor a la humanidad y a la tierra, ya estamos realizando una labor heroica.

Por otro lado, la revolución ética ha de introducir un giro radical. Tenemos que crear una conciencia, además de colectiva, un nosotros que es la humanidad, lo apuntado más arriba, que sea ecocéntrica. Es decir, el hombre ya no va a ser el centro de la acción ética, sino el planeta, nuestra madre. Y hemos de tratarla con respeto y cuidado. Nos corresponde cuidar de ella porque ella cuida de nosotros. Hemos de cultivar el agradecimiento a la tierra por los bienes que nos aporta, sin los cuales no podríamos vivir, pero hemos de respetarla como Vida que es. No podemos esquilmarla, explotarla, destruirla, esto no es más que el camino al infierno…, justo, precisamente, el que llevamos.

En última instancia, la revolución es espiritual. Porque estos valores éticos de los que hemos hablado apuntan hacia un Espíritu universal que nos anima a todos por igual. No un espíritu trascendente, ni personal, ni nada de eso, sino el Espíritu como aquello que es el mismo orden, sentido y finalidad de todo lo que hay. Y esto, tampoco es nuevo, ya lo dijeron los griegos y lo llamaban nous. Y al nous, la inteligencia originaria del mundo, se llega desde el tercer grado de conocimiento, se aprehende desde la intuición y el amor incondicional. Se nos muestra, no se demuestra y, cuando lo captamos, lo que captamos es que vivimos en él. “En Él vivimos, nos movemos y existimos”. Entonces es cuando verdaderamente sentimos la Unidad de todo lo real, la Unidad de la que formamos parte y que esa Unidad, a su vez, está en nosotros. Entonces alcanzamos la liberación. El máximo grado de libertad. Pero todo este camino revolucionario requiere del aprendizaje, del abandono de la ignorancia que es un creer que sabemos, cuando no sabemos, sino que son nuestras creencias infundadas las que nos dirigen. Somos esclavos de ellas. Hemos de cambiar toda nuestra estructura mental para salir de la ignorancia. Hemos de reconocer nuestra ignorancia como primer paso. Y eso es la humildad. Y no es la humildad del cristianismo, que es humillación, sino humildad como un acto de valentía y enfrentarse a nuestros grandes engaños. Para poder renacer, primero es necesario morir y eso requiere valor y coraje.

Todos, desde nuestro pequeño rincón, cada uno con sus habilidades y dones podemos producir este cambio, sin juzgar a nadie, porque es prejuzgar, es enfrentarse. Todos, desde lo pequeño hemos de transmutarnos y transmutar lo que esté a nuestro alrededor. No se trata de grandes sueños, éste que parece tan pequeño, es inmenso, es un gran reto del que depende el futuro de la humanidad. Porque no es una crisis lo que vivimos, sino el final de la civilización y, si las cosas se complican, el final de la vida humana. De ahí que haya tanto miedo y surjan tantas ideologías extremistas, tantos nacionalismos, tanta pseudoespiritualidad, porque la gente sufre mucho, sufre el vacío interior, sufre el haber sido convertido en un objeto, un instrumento al servicio del sistema global frente al que no puede hacer nada. Sólo nos queda el camino del autoconocimiento, la aceptación y el amor. Todo ello empezando por uno mismo. Hay que estar alegres y contentos, animados, tenemos el gran legado de todas las tradiciones sapienciales de la historia de la humanidad. Ya se nos ha enseñado cómo podemos enfrentar este reto. Ahora hay que afrontarlo.

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