Opinión. 'Tristeza y agradecimiento'

A mi amigo Pedro V. Sánchez. In Memoriam

La tristeza es un estado, un afecto o pasión natural del hombre. Ahora bien, la tristeza o melancolía, si bien necesaria en algunos momentos, no aumenta la potencia de nuestra alma, sino que, por el contrario, la disminuye y, si es excesiva la anula por completo, la aniquila. La tristeza es muy legítima y nos hace humanos, es una forma de autoconocimiento, de reconocer nuestros límites y nuestra finitud física. Pero debe servir como lanzadera hacia nuestra infinitud anímica, no como sepultura. La tristeza por un familiar que hemos perdido, por la pérdida de un amigo, por una ruptura, por la ausencia de un amigo que te acompaña y aconseja, son, como digo, legítimas. Nos hacen reconocer que somos seres en relación y que nuestra unidad se encuentra en la relación con los otros, lo mismo que con los animales y el resto del planeta y el universo. La tristeza es autoconocimiento, pero, como digo, tiene el peligro del exceso y, entonces es autoaniquilación.

 

 


Pero hay otro aspecto de la tristeza que me gustaría señalar y es que la tristeza puede llevarnos o surgir del egoísmo. Quiero decir con esto que, cuando sentimos tristeza por la pérdida de un ser querido, por la ausencia de un amigo, por un desengaño, una separación, el genocidio de las especies, los enfermos, el hambre en el mundo…en realidad, sobre todo en los casos individuales, no en los generales, que son abstractos, como el hambre en el mundo, lo que estamos sintiendo es que nos falta algo. Es decir, nuestra carencia. Y, entonces, no es el amor el que nos guía, sino el egoísmo, no nos gusta que un amigo desaparezca, que un padre muera…pero no por el hecho en sí, sino por lo que a nosotros nos produce ese hecho. Esto es, nos produce sentimiento de incompletud, de pérdida. Entonces ese amor, o bien procedía del egoísmo, o bien la pérdida se transforma en egoísmo.

Y aquí hay un error grave. Para empezar, somos seres completos. Es nuestra ignorancia la que nos hace pensar que no lo somos. pero porque estamos absolutamente desconectados de la Realidad, del Ser que somos. pero al no reconocernos como completos, entonces sentimos el tremendo aguijón de la soledad. Y, lo que hacemos es buscar algo y alguien con el que llenar nuestra soledad. Y esto es el egoísmo en acción. No queremos al otro, lo necesitamos para sobrevivir. No soportamos un mundo sin su existencia. En realidad, es como si, desde nuestra existencia, obligásemos al otro a existir a nuestra manera. Claro, esto es una forma de posesión, como todo egoísmo. Por eso esta es la dimensión ética negativa de la tristeza, no la autoaniquilación, sino que eliminamos la libertad de ser del otro. Lo queremos para nosotros porque lo necesitamos. Querer con el corazón limpio es querer lo mejor para aquello que queremos y lo mejor para aquello que queremos es, precisamente, que aquello que queremos (una persona que se va, o que muere) sea absolutamente libre y viva y siga su camino.

Y, es aquí, precisamente, donde debe venir la alquimia, la transmutación de nuestros afectos. La tristeza debe ser transmutada en agradecimiento y el agradecimiento es alegría. Lo contrario que la tristeza. La alegría es la potencia máxima del alma, es la que la amplia, es la que le permite amar a todas las cosas y a todo, sin condiciones. Pero, claro, hay que atreverse a amar, porque para amar de esta manera no hay que tener apegos y, para empezar, no hay que tener miedo a la pérdida, a nuestra propia soledad. Es necesario la paz y la serenidad para el autoconocimiento. Y este autoconocimiento no se para en la mera contemplación, sino que pasa a la acción; es decir, la práctica. Hay que luchar contra nuestros demonios que se llaman: envidia, ira, egoísmo… En el caso de la tristeza por la pérdida de algo o de alguien tenemos que luchar contra el egoísmo. Para ello, primeramente, hemos de reconocernos como seres completos, identificados y conectados con el Todo, luego debemos respetar la libertad del otro y ello conlleva el desapego y el desasimiento y por último, pero alimentando todo el proceso, debemos practicar el agradecimientos que nos da la alegría y ésta nos permite expandirnos y actuar. Debemos estar agradecidos al ser querido por todo aquello que nos da y nos ha dado, por el mero hecho de existir, por el hecho de haber coincidido en el camino de la vida y haber intercambiado sentimientos afines, una vida, una conversación, un gesto… El agradecimiento por ser. El agradecimiento, en última instancia es amor, porque es querer lo que el otro quiere, querer que exista, querer su vida como él quiere que sea, querer su libertad. Respetar su muerte, si es el caso de que haya muerto. Lo contrario sería autocompasión, lástima por uno mismo. Es decir, considerarse la víctima de una historia. Y esto es el sentimiento de un ser egoísta que no es capaz de salir de sí para existir. Que está atado a sus miedos y que necesita de la existencia del otro, de su manipulación para existir. A veces creemos que cuando amamos hacemos un bien al otro, pero, por el contrario, nos estamos representando al otro a nuestra medida y le estamos quitando libertad. Estamos parasitando su ser. Cuando la tristeza viene de este sentimiento egoísta es un tremendo mal. Hay que recorrer el camino o la senda del guerrero y atreverse a cambiar la tristeza por el agradecimiento desde la alegría de ser. Sabiendo que, en el fondo, todos somos Uno. La tristeza amarra al otro, mientras que el agradecimiento lo suelta y engrandece. Y cuando el otro se engrandece, se ve libre y suelto, nosotros nos engrandecemos con él. El sentimiento del amor es paradójico. Mientras más se da, más se tiene. Porque al dar amor, al agradecer al otro que exista y haya estado a nuestro lado, estamos creciendo y nos estamos desbordando.

Por tanto y, en conclusión, la tristeza, como duelo, es necesaria, porque además es el camino de nuestro autoconocimiento. Pero ese autoconocimiento nos debe llevar a la lucha contra nuestro demonio del egoísmo y la forma de vencerlo es por el agradecimiento al otro. Agradezco tu existencia, agradezco tu ser, agradezco tu compañía, agradezco tu libertad, agradezco tus decisiones, agradezco tus bienes, agradezco la compañía que me diste y ya, una vez muerto, no me puedes dar, pero no reclamo nada. Amo todo eso y me puedo verter en ese agradecimiento. Esa es la actitud, muy difícil, claro. Lógico, tenemos que luchar contra todos nuestros apegos, tenemos que luchar contra los demonios de nuestro interior: el miedo y el egoísmo.

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