Opinión. 'La fraternidad y el progreso moral de la humanidad'

Decía el filósofo Domenech, que la fraternidad es la gran olvidada de la Ilustración, y no le faltaba razón. Escribió un concienzudo y erudito, con el mismo título, argumentando sobre ello. Yo seré bastante más breve. Lo he señalado ya muchas veces, pero no está de más volver sobre ello. La Ilustración se nos presentó con esos tres famosos valores: libertad, igualdad y fraternidad, que, como hemos visto, no se han realizado sobre la tierra, pese a las “buenas intenciones” de los creyentes en el progreso, por eso yo prefiero considerarlos como ideas reguladoras de la acción política, por utilizar la terminología de Kant. No voy a referirme a todas ellas, me ceñiré, sucintamente a la fraternidad.

 

El concepto de fraternidad es ya antiguo, data de los estoicos y los cristianos lo fusionaron y de esta manera salieron del redil judío, que sólo consideraban verdaderos hombres al pueblo elegido. De ahí la polémica, que dio lugar al primer cisma del cristianismo, cuando aún no era ni tal cosa, entre los que pensaban que Jesús había venido a hablar a la humanidad, estos eran más ilustrados y conocían la filosofía griega, es el caso de Pablo de Tarso, verdadero fundador del cristianismo, y los que decían que el mensaje de Jesús era exclusivamente para los circuncisos, es decir, para el pueblo judío. El mensaje del amor al prójimo, que después daría lugar a aquello de la fraternidad cristiana en San Agustín se basa en la fusión del evangelio con la filosofía helenística, esencialmente, con los estoicos y los cínicos. Tanto unos como otros predicaron que la naturaleza humana era igual en todas partes, que lo que cambiaban eran las leyes políticas y las costumbres, pero que el hombre era el mismo. Y que la ley que regía al hombre era la misma que la que regía a la naturaleza, el logos. Curiosamente, el evangelio de San Juan comienza con las palabras: “En el principio era el Logos…” Pero la interpretación del interesantísimo evangelio de San Juan lo dejamos para otro momento. El caso es que la naturaleza humana y la propia naturaleza son comunes, iguales y universales en tanto que se rigen por la misma ley y, de ahí, que el hombre sólo debe seguir la ley natural, lo contrario es una locura, porque la ley natural es infalible, es el destino, la providencia, no falla, es locura ir contra ella. Curiosamente, la historia de la humanidad, al menos desde el neolítico, es la historia de esta locura que ha sido justificada por la superestructura, la ideología: religión, política, estructura social, derecho, filosofía, arte… todo es una justificación de un orden perverso contra la naturaleza y contra el propio hombre, puesto que el hombre, como hemos señalado, es naturaleza, aunque en su naturaleza está el ser cultural.

Y del hecho de que la naturaleza humana sea universal surge un ideal político: el cosmopolitismo. Ya lo decía Terencio, Hombre soy y nada de lo humano me es ajeno. Es decir, que me tengo que ver en el otro, porque el otro es mi espejo, pero mi espejo literal, no hay nadie más en el otro, que yo mismo. Nuestras naturalezas son idénticas, las diferencias accidentales. Y nos hemos peleado durante toda la historia por eso que es accidental, o aparente, obviando y, olvidando, lo sustancial, que somos esencialmente iguales. Si no acepto al otro, niego a la humanidad entera, si acepto al otro, acepto a la humanidad y a mí mismo. Por eso, todo problema de aceptación del otro, en definitiva, no es más que un problema de no aceptarme a mí mismo. De ahí aquello de conócete a ti mismo. Si no me conozco no me puedo aceptar, me vence el miedo. Y sólo hay dos emociones, como nos recuerda el amigo Spinoza, el amor y el miedo: odio, tristeza, es lo mismo. El amor nos une porque nos identifica en lo universal, el odio nos separa porque se fundamenta en el miedo al otro, que no es más que el miedo que uno se tiene a sí mismo, al supuesto sufrimiento que el otro le pueda hacer, pero esto es mera especulación, un sueño, una fantasía de la que vivimos y por la que luchamos. Pues el amor es la fraternidad. Es algo que va mucho más allá de la famosa empatía de la que hablan los psicólogos y coachin. La empatía es una cualidad psicológica, con fundamento biológico que nos permite ser animales sociales. Es una cualidad necesaria, pero no suficiente para la ética. Porque, en realidad funcionamos como sociedad, pero no somos fraternales, nos asesinamos a millones. Son cientos de millones los muertos en el siglo XX. Pero no nos asustemos, en cada uno de nosotros habita el verdugo que pudo matar a miles de esos que acabamos de mencionar, porque todos somos iguales. Esto no quiere exonerar de la responsabilidad que uno tiene, pero sí quiere dar un paso más en la ética. Hasta que no comprendamos que todo lo que el otro puede hacer, lo podría hacer yo de la misma manera: tanto lo sublime como lo abyecto, no comprenderé la fraternidad. Por eso ésta va más allá de la empatía. No sentimos empatía por un criminal, sin embargo, desde la ética, tenemos que aprender a comprender que en el otro habito yo, que lo que nos cambia es meramente accidental. Por su puesto que cada uno ha de hacerse cargo y ser responsable de esas circunstancias y procurar encaminarlas al bien de la humanidad, como al suyo propio, pero son circunstancias, no lo esencial. Y, por otro lado, no somos culpables de las circunstancias. La culpabilidad es el invento con el que el poder nos ha mantenido sumisos, y lo sigue haciendo. Si no triunfas socialmente es porque no eres un buen emprendedor, por ejemplo. Luego, tú eres culpable. No se habla, ni de responsabilidad, ni de libertad, solo del peso de la culpabilidad que te mantiene sin capacidad de acción, sumido en el fracaso y la derrota. Pues no señor, nadie es culpable de nada, pero todos somos responsable de todo. Si yo veo el mal y no lo denuncio, ni me identifico con las circunstancias que llevan a ese mal, yo participo del mal. Y eso lo hacemos todos, porque es la condición humana. Por ello no hay progreso moral.

Ahora bien, si fuese capaz de ponerme verdaderamente en el lugar del otro, la fraternidad, es decir, verme en el otro, saber que el otro soy yo, que todos somos iguales, por lo tanto, Uno, entonces entendería el mal y no lo prolongaría. Es más, ya no hablaría en términos de bien y de mal. Sino en otros términos que el filósofo Heráclito nos enseñó. “Los opuestos se complementan, el mundo es la armonía de los opuestos”. Por ello no habrá progreso moral mientras la humanidad no acceda universalmente a la fraternidad. Y por eso la fraternidad es un ideal ético-político que está presente en el momento en el que alguien se reconoce en el otro, pero que desaparece en el momento en el que nos fijamos en la diferencia. Pero aún estamos dominados por la consciencia egoica y, por ello, es difícil dar el paso a esa fraternidad que sólo se postula en teoría, o como adorno político. Pero la cuestión es mucho más profunda y la sabiduría perenne, que nos habla desde el fondo de los siglos nos lo dice. En el amor está la unidad, la capacidad de reconocerse en el otro, la alegría, la felicidad y la paz, el miedo es tristeza, la guerra de todos contra todos, que decía Hobbes. Es la única elección que tenemos. O elegimos la Unidad, y nos salvamos y con nosotros la naturaleza, o elegimos el miedo y entonces nos condenamos a la separación, el miedo, la tristeza, la ansiedad, el egoísmo y la autodestrucción, en última instancia. Sólo nos queda esa elección y los últimos que nos hablaron de ello fueron los señores ilustrados, tan denostados… La religión del progreso no es más que la religión del cientificismo que nos ha traído más odio y separación, entre nosotros y de la naturaleza y la humanidad. Por tanto, aquí no hay ningún progreso, sino miedo y autodestrucción. El hombre se ha convertido en una isla cerrada con un miedo aterrador al otro. En el otro no se ve, sino que ve al enemigo, no al hermano. Lejos estamos, pues, de la fraternidad. Ya no hay ni clase, ni coinsciencia de clase, ni consciencia de humanidad. Lo único que encontramos es un amorfo precariado que se “divierte”, en el sentido de Pascal, para olvidarse de su existencia auténtica que es el miedo y la angustia. Está continuamente conectado porque no resiste un segundo de soledad, en el que se vería profundamente separado de su verdadera naturaleza que es la Humanidad: FRATERNIDAD.

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