Opinión. Juan Pedro Viñuela: 'Sufrimiento y Compasión'

El sufrimiento humano es la característica esencial de su naturaleza que depende de su dinámica del deseo. Y el deseo es lo que nos ata emocionalmente o afectivamente a las cosas, las ideas, los propios sentimientos, las personas… Y todos estos deseos son los que constituyen nuestro yo. Sin deseos, sin apegos no hay yo. Y es la única manera de llegar a la compasión. Ahora bien, los deseos o apegos generan afectos, pasiones que disminuyen nuestra potencia de ser, que nos hacen depender de ellos, crean una adicción, de cualquier tipo. Esa adicción proviene de la falsa idea de que si no seguimos nuestros deseos no estamos completos, no encontramos nuestra identidad.

 

Pero, lo que en realidad estamos haciendo, es crear una imagen de nosotros, una identidad. Ahora bien, si nos damos cuenta, esa identidad es una merma de nuestra libertad. Cada deseo, cada apego con el que nos identificamos y al que seguimos, cada creencia o idea es una forma de esclavitud, de no ser. Son condicionantes que nos hacen actuar de una manera o de otra, que nos dirigen. Y esos condicionantes se convierten en hábitos o costumbres o, peor aún, en adicciones. Entonces nos vemos atrapados en un bucle del que no podemos salir. Porque salir es sentir el vacío, la nada. Todos buscamos la identidad de nuestro yo, pero ese yo es un yo construido psicológicamente y socialmente, no es el yo real. Es un yo relativo, no es que no exista, como pueden decir los idealistas, sino que es el yo con el que funcionamos en el mundo. Ahora bien, este yo es el origen del sufrimiento y de la falta de libertad. Mas, nos acomodamos en ese pequeño yo, nos habituamos y lo preferimos a la ausencia de condicionamiento. Pero eso significa que preferimos el hábito y la costumbre por el miedo a la libertad. Ahora bien, si permanecemos atados a nuestros deseos, siempre estaremos en un estado de ansiedad o de angustia. De ahí lo de Heidegger de que el hombre es un ser para la angustia. Y la angustia es estar arrojado al mundo y tener que forjarse una identidad (existencia), pero identidad arbitraria, porque muy bien podría haber sido otra. Hay tantas identidades como hombres. Es decir, que todos esos pequeños yoes son relativos. Además, si nos damos cuenta somos observadores únicos de nuestro yo particular. Es decir, tenemos un testigo permanente, fuera de la dinámica del tiempo psicológico que observa. Ese es el yo real, se le puede llamar como se quiera y es el que nos va a permitir analizar racionalmente ese yo relativo, nuestros apegos, ideas, emociones y creencias. Y es el instrumento racional y analítico para autoconocernos y desenmascarar ese ego. Y en ese ego es en que se encuentra la herida, la sombra que nos persigue. Aquello que nos hace sentirnos incompletos, no realizado y que hemos intentado realizar por medio de satisfacer los deseos, pero al satisfacer los deseos hemos creado una identidad con la que nos hemos identificado. Por eso, el problema no es ese yo pequeñito, o eso ego, como se le suele llamar, sino nuestra identificación con él. Ahora bien, si lo miramos desde el Yo testigo, intemporal eterno, la razón, podríamos llamarlo, aunque no sólo es la razón, pues nos desvinculamos del tiempo. Y el tiempo es el que nos produce el sufrimiento. Porque la dinámica del deseo se desarrolla en el tiempo. Si no hay tiempo no hay deseo. El deseo es sufrimiento, por lo tanto, es necesario desidentificarse de él, observarlo para poder salir de la rueda del deseo y de la angustia. Vivir en el Ser, no en la existencia, por seguir a Heidegger y toda la mística. Este proceso de desidentificación es el que nos vuelve al Ser y nos saca de la existencia, que es la que nos constituye como un ser para la angustia. La cuestión es cambiar la perspectiva. En lugar de mirar desde el ego, miramos desde el Testigo.

Pero qué ocurre con la compasión. Qué es la compasión y qué tiene que ver con el sufrimiento. La tesis que voy a defender es que no hay compasión, o no podemos acceder a ella, mientras haya sufrimiento, porque cuando hay sufrimiento no somos libres. Y la compasión exige la libertad. Y no somos libres cuando tenemos apegos, cuando tenemos un yo con una serie de ideas, emociones y creencias con las que nos identificamos. En tal caso, toda nuestra acción va dirigida a la conservación de ese pequeño yo y esa identidad. Y por eso todo amor, en ese estado, es interesado; es decir, va dirigido a nuestro propio bienestar, es egocéntrico. No hay que asustarse por esto, es la propia naturaleza humana y lo que nos ha permitido subsistir; ahora bien, eso no quiere decir que sea el máximo desarrollo espiritual. Y, por otro lado, también culturalmente, las diferentes religiones e ideologías políticas nos han enseñado este amor interesado. Por ejemplo, la organización social que ha triunfado es la de la familia, pero nada nos dice, todo lo contrario, que en la familia se dé el amor desinteresado. Se da el amor como deber y la religión nos enseña a resignarnos y sacrificarnos. Ello hace posible la supervivencia social de la especie. Pero, como digo, no es el único mecanismo de reunión para la supervivencia de la especie. Ha habido, tanto, realmente, como en la teoría, muchos más. Y muchos de ellos, más eficaces para el desarrollo de una afectividad sana y no egocéntrica, o menos, al menos.

La compasión, que es el gran mensaje del evangelio y del budismo es, en primer lugar, comprensión. Comprender al otro intelectualmente; es decir, para empezar, no juzgar. Generalmente lo que hacemos es juzgar, aunque pretendamos ayudar bienintencionadamente, pero juzgamos porque los actos del otro nos molestan. Es decir, porque chocan con nuestros yoes; lo que es lo mismo, con nuestros deseos, creencias, espectativas e ideas. Y confundimos el bien para el otro, con el bien particular o familiar, por seguir con el ejemplo de más arriba. Para comprender al otro hay que dejar a un lado nuestras creencias, deseos, afectos, ideas y hay que ponerse, enteramente, en el lugar del otro. Comprender al otro es ser el otro. Y, para ser el otro hay que liberarse de nuestro propio yo. Pero, cuando nos liberamos de nuestro propio yo, entonces hemos conseguido dos cosas muy importantes, somos libres y ya no sufrimos, somos, por tanto, felices. Ello no quiere decir que no sintamos el dolor del otro, ni mucho menos, pero lo sentimos desinteresadamente, como el otro lo sufre y desde la perspectiva del otro. Entonces es cuando podemos actuar desde la compasión. Como se puede ver, la compasión no tiene nada que ver con la lástima, ni con la conmiseración, que, en lugar de virtudes, son vicios. La compasión es estrictamente amor, es darse, porque ya no hay un yo que impida darse. Y uno se da cuando comprende, al hermano, el semejante y a todos los seres. Y el darse, no es un darse material, sino en la comprensión, el no juzgar y la acción. Por eso, para que podamos ejercer la compasión tenemos que abandonar el deseo. Y, por eso se nos dice en los evangelios que tenemos que renacer; es decir, que, para nacer en la vida del Espíritu, debemos morir en la vida de nuestro yo particular. Dicho en términos más actuales, debemos trascender el yo egoíco y acceder al yo transpersonal, somos más que un yo personal, somos transpersonales, un nosotros que constituye una unidad. Y no podemos entender la parábola del buen samaritano, si no es desde este ideal de la compasión. El buen samaritano abandona su yo, su identidad y ello le permite ver al necesitado sólo en su Espíritu, como ser sufriente, no ve su identidad: religión, creencias, ideas. Sólo ve sufrimiento y sufre con él, de ahí que pueda ayudarlo desinteresadamente. Porque se ha visto reflejado en él, porque todos somos iguales, o Uno. Y este acto de compasión produce y nace del contento y la alegría de ser, de un ser universal, no de nuestro ser particular que, por el contrario, nos separa, nos escinde. Todos los que pasan delante del herido no lo ayudan por prejuicios, por sus ideas y creencias, por su pequeño yo que los tiraniza. Ese pequeño yo los mantiene en el egoísmo y el sufrimiento y, desde el egoísmo y el sufrimiento, no es posible la compasión. Es necesario desprenderse del ego y, por tanto, del sufrimiento, para acceder a la compasión.

Lo mismo sucede en el budismo. Éste nos enseña el camino de la sabiduría por medio de la eliminación de los deseos y nos ayuda a conquistar un estado de calma en el que el yo desaparece y por medio de las ideas de la impermanencia, el interser y la vacuidad llegamos al Nirvana. Pero esta realidad última es accesible, también, por la compasión. Es el papel de los llamados Bodhisavas. Estos son aquellos que, en el momento de alcanzar el Nirvana, la Iluminación, el Despertar, eligen ayudar a que Todos los Seres sean felices y puedan alcanzar el Despertar. Es una tarea imposible, porque uno, por muy santo que sea, no puede conseguir el Despertar de todos los seres del universo, pero es tal la compasión, tan grande el amor que le lleva directamente al Nirvana, a la comprensión de la naturaleza compasiva y amorosa de la realidad, a la comprensión de la Unidad. Por eso se dice, ha habido en el budismo muchas polémicas sobre esto, que, en última instancia, la sabiduría y la compasión van juntas.

Por tanto, la compasión es nuestra verdadera realización, pero requiere del trabajo y el esfuerzo de trascender nuestro yo y liberarnos y, después, desde este estado de liberación, ser capaz de entender, mejor comprender, (ser) el otro. Y esto es la compasión, donde hay solo amor (sentir la Unidad de todo lo real) y no hay sufrimiento. El que intenta eliminar el sufrimiento de su ego, no hace más que aumentar su sufrimiento, porque éste procede del ego. Y esto es algo que se observa tanto en las psicologías positivas, como en la nueva espiritualidad new age. Lo que está ocurriendo en estos ámbitos es que en lugar de cultivar la compasión está aumentando el narcisismo. Por eso esa necesidad de estar bien, que nunca se sacia, porque la dinámica del deseo del ego es insaciable, y la gente va de gurú en gurú, de religión en religión, de filosofía en filosofía, de política en política intentando saciar la sed de su ego que cada día es mayor, porque sólo es capaz de mirarse a sí mismo. Entonces su sufrimiento aumenta y la capacidad de ver el sufrimiento del otro disminuye o desaparece y nos convertimos en islas narcisistas y nihilistas. De ahí el enorme sufrimiento y la necesidad de cada vez más terapias, más magia, más superstición. Cuando todo está al alcance de la mano, cuando sólo es necesario cambiar la perspectiva de la mirada y dejar de mirar desde nuestro yo particular al mundo y observarnos y no juzgar. Permanecer en ese estado de quietud, sin deseos, solo siendo lo que Es. Así, poco a poco, nos vamos desprendiendo de nuestro ego: de todo lo que creemos, de nuestras ideas y pasiones, hasta que no quede nada. Entonces, somos libres y, a la par, en lugar de sufrimiento hay paz, calma y compasión. Entonces he vuelto a casa, de donde no había salido, pero me había olvidado, me había perdido en el laberinto de los deseos.

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