Juan Pedro Viñuela presentó su libro 'Un grito en el desierto de lo real'

El martes 26 de noviembre,  en el Salón de Actos del IES "Meléndez Valdés", de Villafranca de los Barros, el filósofo, y colaborador habitual de La Gaceta Independiente, Juan Pedro Viñuela presentó su libro "Un grito en el desierto de lo real".  En el acto intervenierion: Fernando Merino, Álvaro Rodríguez y Juan Viera.

 

 

Álvaro Ruiz, en su intervención, destacó a Viñuela como "desobediente y rebelde" y que "nos enseña que el conocimiento no tiene precio, es libre". En su exposición, Ruiz fue muy crítico con los recortes que se están produciendo a nivel educativo, sanitario, etc.

Por su parte, Juan Viera, que estuvo muy crítico con el gobierno actual, destacó del libro ideas como que "el poder utiliza los medios de comunicación para confundir a la ciudadanía" y que "las leyes educativas están al servicio de las clases sociales". Para Viera los poderes públicos han abandonado las clases más desfavorecidas, y destaca de Viñuela que "rechaza la ideología de la caridad, es todo una hipocresía".

Juan Pedro Viñuela dijo lo siguiente en su exposición:

"Mi tesis es que nos dirigimos a una nueva Edad Media. No es una tesis nueva, ya leí un libro hace unos quince años titulado, precisamente, “La nueva edad media” del filósofo francés Alan Minc. Pero hoy en día la cosa está mucho más clara y el avance del pensamiento único, compuesto de neoliberalismo y posmodernismo y dirigido por el capitalismo salvaje y sin bridas, se ha acelerado y va sin frenos y a todo ello se le ha unido una política reaccionaria, de tintes fascistas que tiene como objetivo la protección del capital y las clases poderosas. Y lo que significa que nos estamos dirigiendo a una nueva edad media es que estamos dejando de ser personas, por un lado y ciudadanos, por otro. Para convertirnos en individuos intercambiables, en este caso en manos del capital, por tanto mercancía, y vasallos. Y hay que tener en cuenta que el concepto de ser persona y ciudadano, no es algo que nos viene dado en nuestra propia naturaleza biológica, sino una conquista cultural del hombre. Una conquista objetiva, por supuesto, que ocuparía un lugar autónomo en el mundo tres popperiano, pero no una realidad necesaria, ni inmutable, ni imprescindible. Y esto me lleva de nuevo al tema del progreso, que tanto he tratado. Como siempre he defendido y creo que demostrado suficientemente, y la historia empíricamente, lo confirma, el progreso es un mito. Los progresos en la historia son accidentales, locales y pasajeros. Y los retrocesos son una realidad. Con ello quiero decir que el progreso en la historia no es inevitable, ni está sujeto a leyes deterministas, ni depende del “progreso” tecnocientífico, sino que es algo mucho más prosaico. Además de que la creencia en el progreso nos lleva a formas de totalitarismos como es el que hoy padecemos. Pero, sin entrar en el ámbito de la tecnociencia, sí es cierto que existe un progreso ético y político, un proceso de civilización y que depende del uso de la razón, frente a la fuerza. Y este progreso de la humanidad, que se da de forma local, es una conquista del hombre en cuya propia naturaleza está el tenerla o perderla.
   

Nosotros somos hombres que venimos de la modernidad, con sus logros y sus excesos y perversiones y que estamos instalados en lo que viene a llamarse la posmodernidad y la globalización neoliberal. Pues bien, mi tesis es que el paso de la modernidad a la posmodernidad conlleva la pérdida de ciertas conquistas ético-políticas. Ya sé que ustedes me podrán decir que los totalitarismos del siglo XX proceden de la Ilustración, y no lo negaré, lo puedo matizar. Pero lo que yo les digo es que precisamente, el neoliberalismo, el endiosamiento de la ciencia de la economía y la reducción de todo al valor del mercado es también un totalitarismo fruto de una perversión de la Ilustración enmascarado de una psuedofilosofía, el posmodernismo, que niega precisamente esa Ilustración, es curiosa esta paradoja que nadie ha observado. Y esto ocurre, precisamente, porque el posmodernismo, es la ideología del poder. Creo que tenemos dos niveles en el discurso, un nivel teórico filosófico y otro histórico empírico. El segundo es la confirmación de la tesis que mantengo en el primero. Si reducimos el periodo a los últimos cuarenta años, desde el punto de vista empírico, lo que podemos observar es que tras la máscara del progreso tecnocientífico, que no es un progreso humano, sino todo lo contrario, porque es el instrumento del poder para esclavizarnos, lo que tenemos es una paulatina pérdida de democracia, derechos sociales y derechos civiles. A la vez nos vamos convirtiendo cada vez más en siervos, tanto del mercado como de la política. Somos individuos mercantilizados, nos reducimos a nuestro valor de mercado. Éste es el hecho histórico contrastable. Lo cual implica que estamos adentrándonos en un periodo neofeudal, es decir, de carácter totalitario. También podríamos decir que nos adentramos en una nueva forma de totalitarismo fascista en la que el individuo queda anulado política y económicamente. Pues como digo, éste es el hecho histórico que creo que es innegable. Y nos sirve, tanto de punto de partida, como de confirmación de la tesis. Y eso es lo que toca ahora desarrollar teóricamente.
   

La Ilustración de la que procede el mundo moderno es una defensa de la razón frente a la superstición. Es un intento de eliminar las explicaciones basadas en la superstición que el poder utiliza para manipular al pueblo y tenerlo sojuzgado, en estado de vasallaje y semiesclavitud. La razón aparece como una forma de liberación. En dos sentidos. La razón aplicada a la naturaleza nos sirve para conocer las leyes que la rigen y de esta manera dominarla. Además el conocimiento causal de los fenómenos, es decir, de una forma natural, elimina la explicación sobrenatural y supersticiosa, por tanto, esto socaba el poder del clero que en aquel entonces dominaba las conciencias. La salida de la Edad Media, que se inicia en el Renacimiento, se hace de manos de la ciencia. Y es necesario recordar aquí que el Renacimiento comienza precisamente en Al-Ándalus, durante el Califato de Córdoba, sobre todo con Abderramán I. Fue entonces cuando llega la sabiduría griega a Europa; y es traducida del griego al latín y al árabe. Y la traducción al latín permite que parte de esta sabiduría pase a las primeras universidades cristianas europeas y de ahí el desarrollo de la escolástica y el germen de la ciencia, que no sólo se recopiló en Al-Ándalus y todo el mundo árabe, sino que se amplió. Y estos son los verdaderos orígenes del Renacimiento como demuestran varios autores, como Koyré y, ahora, recientemente, en un magnífico libro, nuestro compañero Miguel Manzanera. Y, una vez dicho esto, que era necesario es menester seguir con el papel de la razón. La segunda dimensión a la que se aplica la razón es al ámbito de lo político. El poder no puede estar legitimado por dios, para empezar, éste ha sido puesto ya en duda por la razón natural. Dios ya no es lo absoluto, la naturaleza lo ha sustituido. Dios ya no es universal, lo universal es la razón. Por ello el estado no puede estar fundado ni legitimado ni en dios, ni en la herencia sanguínea, en la aristocracia. Es necesario el fundamento de la razón. Y de ese fundamento racional surgen la democracia y los derechos del hombre y del ciudadano. La razón nos proclama como iguales, libres y fraternos y nos lleva a la concepción de que la única manera de gobernarnos desde la igualdad es a partir de la democracia.
   

Los derechos humanos y la democracia de esta manera dan lugar a un cambio en la concepción del hombre, o a la inversa. Lo que podemos decir es que la nueva concepción del hombre, que éste es una persona y un ciudadano hacen posible la organización política de los ciudadanos en forma de democracia. Y ésta sólo es posible si lo que tenemos son ciudadanos autónomos, libres y dotados de dignidad. Y ésta es la gran conquista política, ética y filosófica. El hombre ha dejado de ser un individuo y un vasallo sometido a la arbitrariedad del poder, tanto del clero, como de la aristocracia, para ser un sujeto autónomo, libre y que interviene en la cosa pública, la res pública (república), por eso Kant nos dice que la Ilustración es la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad. Lo que Kant nos está diciendo es que la mayoría de edad consiste en ser autónomo y libre, en ser un fin en sí mismo, que eso es estar dotado de dignidad. Y esto se consigue por el uso de la razón, por el conocimiento.
   

Pero en la propia Ilustración, aunque no vamos a entrar aquí en detalle, está el germen de su perversión. La razón se endiosa y se convierte en razón totalitaria: todo lo real es racional, todo lo racional es real, proclamaba Hegel, donde anida el fascismo que se desarrollaría en el siglo XX. Y de una visión invertida de su filosofía surgiría el marxismo, que en una visión simplificada, reduce la historia a mero determinismo que nos llevaría a los totalitarismos comunistas directamente. Lo mismo ocurriría con la idea de nación que encharcaría de sangre Europa. Y, si se dan cuenta ustedes, todos ellos tienen a la base la idea de progreso, que es el mito que los anima.
   

Después de la II Guerra Mundial se constituye, como solución definitiva de la crisis del 29, el estado del bienestar y la socialdemocracia y se proclaman los derechos humanos. Es el momento de máximo desarrollo de los ideales ilustrados de democracia, igualdad, libertad y fraternidad. Si bien es cierto, viviendo en una burbuja. Y, además, viviendo a costa de un tercer mundo, que acababa de descolonizarse y del que habíamos vivido durante quinientos años. Aunque esto es cierto y nuestro crecimiento era a costa de otros y además vivíamos en un enfrentamiento bipolar entre los dos bloques, también lo es que la socialdemocracia fue el mayor periodo de democracia, libertad e igualdad. Y también es cierto que no sólo hubo las conquistas de la democracia y de los derechos civiles, sino que hubo una conquista de derechos laborales y sociales. Y aquí también me gustaría hacer una matización. Todos los derechos conquistados son el fruto de una lucha de la clase oprimida contra los opresores. El poder no nos ha regalado nada, se lo hemos arrebatado por medio de la lucha. Por cierto, lucha que hoy en día no se ve y que además, no sólo es que el poder intente poner cortapisas y de esa manera conculcar tanto nuestros derechos sociales, como laborales. Sino que la ciudadanía ha aceptado el discurso del poder (por eso mantengo que nos hallamos en un mundo orwelliano en el que la población piensa a través de la neolengua del poder)
   

Pues bien, es este estado de bienestar, siempre perfectible, y que hemos intentado exportar como idea al mundo entero a través de la creación de una serie de instituciones como la ONU, el que ha sido puesto en cuestión y está desapareciendo. Y está siendo sustituido por un estado feudal o fascista en el que ni la persona, ni la dignidad, ni la igualdad, ni la libertad, ni la fraternidad, y, por su puesto, ningún derecho social o laboral, tienen cabida. Y todo ello a manos de un pensamiento único, de carácter economicista que es el neoliberalismo y que, como explicaré ahora, constituye otra perversión de la razón ilustrada, acompañado por la ideología posmoderna que ha producido un nuevo concepto de hombre fragmentado, sin sentido, sin saber qué le pasa, ni a qué agarrarse, fácilmente maleable, precario, sin dignidad, ni libertad, ni futuro y con un dueño, el mercado. Por cierto, no olvidar nunca que el mercado tiene nombres y apellidos. Lo que ha sucedido entonces es que el capital, en competencia siempre, porque ése es otro error, el neodarwinismo sin base científica que se ha instalado, contra los trabajadores ha querido hacerse con todo el poder. Y para ello lo que necesita es acabar con el estado. Es decir, el neoliberalismo proclama la libertad absoluta del mercado asegurando que el propio mercado se autorregula y elimina las injusticias, cosa que probadamente no es así. Las tesis neoliberales, lo que llama Stiglitz, el “catecismo neoliberal” se ha intentado imponer en distintos lugares, empezando por Latinoamérica, y a lo que ha dado lugar ha sido a grandes catástrofes económicas. Esto es: hambre, miseria, paro, desaparición de servicios públicos, desregulación total del mercado laboral, por tanto, precariedad y, por el otro lado, el enriquecimiento exponencial de unos pocos que, por otra parte, ni pagan impuestos y evaden sus capitales, engordados con el dinero público, a paraísos fiscales. Pero el fracaso del neoliberalismo no es tal. Me explico. Desde el punto de vista de la población general es un fracaso, pero desde el punto de vista del capital es un triunfo. Nunca ha crecido tanto la economía como en estas últimas décadas. Incluso, con la crisis, pues se resolvió con dinero público y las grandes economías financieras, las multinacionales y las grandes fortunas privadas siguieron creciendo. Es decir, que al capitalismo le iba bien. O, dicho de otra manera, si concebimos en términos marxistas, la cuestión como una lucha de clases, pues resulta que existe, no como otros negaban, y encima la van ganando ellos, los ricos. Pero, ¿qué es lo que ha traído todo esto? Pues bien, una transformación revolucionaria de la sociedad que habría que analizar en múltiples niveles. Aquí nos fijaremos en algunos.

La economía del bienestar tutelada y reglada por el estado es sustituida por la economía del mercado. Es decir, privatización y desregulación. Privatización de los servicios públicos y desregulación del mercado, incluido el mercado laboral. Eso crearía, según los neoliberales mayor competitividad que es, según ellos, el motor de la economía. Es el neodarwinismo acientífico. Hay más cooperación en la evolución y la naturaleza, que competencia. Ese dogma neoliberal no es más que pura ideología. Y, por eso, tanto la privatización, como la desregulación crean desigualdad, precariedad y, al final miseria. Pero crea riqueza que se acumula en pocas manos. Pero, claro, este estado de cosas da lugar a un nuevo hombre y a un nuevo estado. El hombre precario, por un lado y la política al servicio del mercado, por otro. Lo que se ha venido en llamar el precariado es lo que está sustituyendo al trabajador. Al ser el mercado el que regula el mercado laboral pone las normas que más le favorecen y el trabajador no tiene más remedio que aceptarlas o ir a la calle. Porque el problema es que según estas normas no hay trabajo para todos. Así el trabajador pierde los derechos laborales y sociales conquistados durante décadas de lucha. (Hay que tener en cuenta que lo que hemos perdido costará años en reconquistar, si es que nos es posible) Pero el significado de esto es que el ciudadano está dejando de ser libre para convertirse en esclavo, en vasallo del nuevo poder que es el mercado, el capitalista. Por tanto se está produciendo una transformación de la persona. La persona está dejando de ser tal porque ya no es un fin en sí mismo, sino un instrumento en manos de las leyes del mercado. Y dejar de ser persona significa dejar de ser libres y de tener dignidad. La dignidad se disuelve en la necesidad del precariado de aceptar las condiciones laborables miserables. Y el trabajador ya no es persona porque no es un fin para sí mismo, sino para el mercado.
   

Pero es curioso que esto lo hemos ido aceptando, entre otras cosas es porque las reformas se han ido produciendo poco a poco, gradualmente. Ésta es una de las formas de control del poder sobre los hombres, como nos cuenta Chomsky. Por otro lado, aquí juega un papel muy importante la ideología posmoderna, por un lado y, por otro, el desarrollo tecnológico, sobre todo de las nuevas tecnologías de la información. El posmodernismo defiende un relativismo ramplón, el todo vale. Es un discurso construido contra la Ilustración, contra la universalidad de la razón y contra la posibilidad de crear relatos creíbles sobre el mundo. Y, claro, si esto es así, la condición del hombre posmoderno es fragmentaria, provisional, adaptable a las circunstancias cambiantes, hedonistas, sin tiempo, sólo existe el presente. Las categorías son las contrarias a las de la Ilustración. El posmodernismo es una reacción, no una crítica. Y, por mi parte, yo considero que la Ilustración es un proyecto inacabado y, por lo tanto, su crítica es necesaria. El caso es que la conciencia que crea el posmodernismo es la de un ser adaptable, sumiso, acrítico, hedonista que vive el presente, escéptico e, incluso, cínico y con esta conciencia el individuo acepta cualquier cosa. Además a la conciencia posmoderna, debido a su hedonismo egoísta le falta la fraternidad. Y eso hace posible que no pueda, ni sepa, ni quiera rebelarse contra las injusticias. Simplemente no las reconoce. Acepta el mundo que le ofrecen. Está instalado en el desierto de lo real, sólo y en la miseria y sordo ante cualquier discurso porque niega de entrada la posibilidad del discurso. De ahí lo de un grito en el desierto de lo real. El hombre posmoderno ya no escucha argumentos, quizás ni le llegue ya el grito. Y, por eso hemos perdido nuestra conquista, ni hay democracia, que veremos ahora, ni ciudadanos, ni personas. Lo que hay en su lugar es un autoritarismo que tiende al fascismo, vasallos y mercancías. Y todo esto nos adentra en una nueva Edad Media. Es, de nuevo, el triunfo de la superstición sobre la razón. Sí, superstición, porque la ciencia que se nos vende, la economía se ha endiosado, en parte esto es la perversión de la razón ilustrada. Y en parte es también superstición. Porque funciona como una nueva religión que nos redime. Por lo del vasallaje y por lo de la nueva religión es por lo que podemos hablar de una nueva Edad Media con todo lo que ello conlleva para el que era un ciudadano y persona y se ha convertido en vasallo.

Por último habría que mencionar el aspecto político. El neoliberalismo ha succionado a la política. La política se ha convertido en sierva de la economía, más bien en esclava. Una vez aceptadas las reglas del neoliberalismo que nos llevan a la privatización y desregulación el estado queda reducido a mero gendarme, al poder militar y, por otro lado a guardián de las normas del neoliberalismo. De ahí ese manido discurso de que no hay alternativas. Pues claro que las hay. Lo que no hay alternativas es dentro del neoliberalismo. La política le hace el juego al gran capital ante los ciudadanos. Los políticos son los grandes farsantes que representan el teatro de la democracia. Cuando la democracia se ha disuelto en el mercado. La política es otra forma de engañar y entretener al pueblo, cuando el poder no reside ni en el pueblo, ni en los políticos. El poder político está aliado al poder económico, por tanto, es connivente de las atrocidades de éste. El poder político utiliza la democracia como demagogia, pero en el fondo la rechaza y opta por el poder del mercado, es decir, de los que rigen el mercado que son unos pocos y muchas veces algunos de esos políticos coinciden con algunos de esos pocos. El gran engaño es perfecto. El estado de alienación de las conciencias es casi absoluto, los medios de comunicación están en manos del poder político y económico. Desde ellos se transmite el nuevo pensamiento a través de la neolengua del poder. El pueblo asume la “verdad” del poder, pero como creencia, ni siquiera se lo plantea, porque los medios y la neolengua son omnipresentes. Y por eso triunfa la superstición sobre la razón. El hombre del capitalismo es insolidario, pero, fundamentalmente, es un hombre con miedo. Primero se ha creado una conciencia individualista que no es capaz de pensar en el otro, después se le amenaza con la pérdida del trabajo, su única forma de subsistencia, su único valor, puesto que ha sido reducido de persona a mercancía. Y por eso tiene miedo y el miedo engendra la superstición. Y lo tenemos claro, los “ciudadanos-vasallos” no acuden a los clásicos filosóficos y literatos, sino a los libros de autoayuda. Una autoayuda individualista, sálvese quien pueda. No se ofrece la alternativa de la unión social. Por otro lado, esos libros de autoayuda, además de ser un síntoma de la sociedad en la que estamos, son superficiales, en definitiva, no es más que otro entretenimiento para que el ciudadano no se preocupe de lo que verdaderamente tiene importancia. Y éste es el desierto de lo real en el que estamos instalados. Y este desierto es la zona de transición hacia la nueva Edad Media o neofeudalismo hacia el que transitamos."

 

 

 

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