Juan Arnau. 'La palabra frente al vacío'. Filosofía de Nagarjuna

“Por medio de la generosidad y la conducta moral uno beneficia a los demás, por medio de la paciencia y la energía, uno se beneficia a sí mismo, y con la meditación y la sabiduría uno se encamina hacia el Despertar. Este es el resumen de los contenidos del Mahayana.” Nagarjuna. “Guirnalda de joyas”

 

Una gran obra de filosofía, filología e historiografía sobre el origen del budismo Mahayana o camino de en medio. Rama del budismo que ha tenido una gran influencia en el budismo tibetano, hindú, chino y japonés. El más extendido, pero con grandes variedades.

El libro es la tesis doctoral del autor en el que se plantea la relación del pensamiento filosófico de Nagarjuna, que marca un antes y un después en el budismo, seiscientos años después de la muerte de Buda aunque hay que tener cuidado, porque la leyenda avanza por doquier, tanto en la figura de Buda, como en la de Nagarjuna, con el lenguaje. Y lo que resulta tremendamente interesante, además de los análisis pormenorizados de Arnau sobre las diferentes teoría budistas, sus diferentes interpretaciones, sus polémicas, es cómo utiliza la filosofía occidental como herramienta para poder entender lo que el filósofo nos quiso decir. Esas herramientas son fundamentalmente la filosofía de Wittgentein y la de Rorty, el constructivismo, el pragmatismo, la posmodernidad y su superación, la sofística, también la literatura, como es el caso de Borges y mucho más. Pero lo que sucede es que aquello que es herramienta heurística se transforma en una filosofía similar, en parte, a lo que nos quiere decir Nagarjuna en su obra, pero, incluso, se queda bien corta. Es como si los filósofos occidentales hubiesen llegado a las mismas conclusiones, o similares, por la vía únicamente del intelecto. Porque la gran diferencia entre la filosofía occidental y la oriental es que en la última hay una vivencia de su teoría, más bien, no existe diferencia. Por eso consideran tan importante el debate y el análisis. Tenemos, y esto no es cosa de Arnau, una falsa visión del pensamiento oriental, porque lo consideramos o meramente religioso, todo lo más espiritual y, sobre todo homogéneo, nada más lejos de la realidad. Las disquisiciones son interminables, la retórica es tremendamente fina y sutil. Los debates y polémicas han sido impresionantes y en vivo.

Lo que le sorprendió a Arnau cuando leyó a Nagarjuna fue una sentencia, que es una de las más famosas. Y eso fue lo que le llevó al estudio de este eminente filósofo y sabio. La sentencia en cuestión es: “Al final el Nirvana es lo mismo que el Sánsara”. Para los no iniciados el nirvana es la nada, la vacuidad, el vacío, el Ser que se encuentra en la Iluminación, el estado de conocimiento pleno, porque no es objeto ninguno, mientras que el sánsara es lo que vivimos, lo que en occidente llamamos, en filosofía, las apariencias, lo que vemos, este mundo múltiple, contingente y de dolor y sufrimiento. Pues bien, si nos damos cuenta esta afirmación lo que viene a decir es que esos opuestos, en el fondo, son lo mismo, más que nada, es que no existen. Y no existen porque en el fondo son construcciones. Y lo son porque son pensados como objetos a partir del lenguaje. Parte de la obra de Nagarjuna lo que intenta es mostrarnos cómo el lenguaje comunica el vacío, es decir, nada, el lenguaje es una forma de construir la realidad, como bien dice Wittgenstein, “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo” y más allá de ello está lo místico, pero lo místico, como nos dice el filósofo Vienés es inefable, no se puede nombrar. De tal forma, que en el segundo Wittgenstein el lenguaje es un juego. Lo que hacemos con el lenguaje es seguir unas reglas y siguiendo esas reglas construimos una realidad, por eso el lenguaje es un embrujo, sobre todo el lenguaje filosófico. Nos hace confundir, lo que es lenguaje, con lo real, mientras lo real se encuentra allende de las palabras.

Por eso Nagarjuna nos muestra, por medio de una incansable retórica, que de todo podemos dudar, que nada es permanente, se sitúa en la posición de un escepticismo radical que duda hasta de que se pueda seguir dudando, una situación límite, como en cualquier escepticismo. Pero, ante esta situación es necesario, como bien mantenían los escépticos griegos, suspender el juicio. Y eso es lo que le queda a Nagarjuna, el Silencio y ese silencio nos muestra la vacuidad. En realidad, la gran revolución metafísica en la filosofía budista de Nagarjuna es el descubrimiento del concepto de vacuidad o vacio, no hay nada, todo es una construcción del lenguaje, por eso todo es Maya, apariencia, impermanencia. No hay objetos, los objetos son cosificaciones que realizamos por medio de los nombres del lenguaje. Hay el vacío, la vacuidad del no ser que es el río de Heráclito, “nunca te podrás bañar dos veces en el mismo río”, pero esto nos hace comprender que ni el río es nunca el mismo, ni nosotros somos nunca los mismos. Igual que no hay seres, sino relaciones, interser, como dice el monje budista coreano Nhat Hanh , no hay un yo. El yo es una construcción mediada por el lenguaje. Y esto es lo que nos abre las puertas al abismo, somos interseres, que nos creemos seres sustanciales y permanentes, mientras nuestra naturaleza es la impermanencia, es decir, el vacío, la vacuidad; pues la consciencia de esto es el Nirvana. Esta es la realización interior del Buda. Por eso el Buda no enseñó nada, porque nada se puede enseñar, si todo es vacuidad y el lenguaje es una construcción de objetos que nos embruja como un hechizo, pues lo mejor es el silencio. Ahora bien, estamos en el mahayana, el camino del medio. Esta vía contemplativa no es la única. A pesar de todo ello y de nuestra realización búdica, si está a nuestro alcance, tenemos una ética. Y esa ética es la de la compasión. Desear que todos los seres sean felices y hacer feliz a todo el que esté a nuestro lado, a todo ser, y si no podemos, al menos, no causar daño alguno, esa es la meta de la compasión. Generosidad y no dañar. Y esta vía es válida tanto para el laico, como para el monje. Porque, en el mahayana no hay exclusión, la iluminación también está al alcance del laico (en todos los sentidos del término).

Una obra, en definitiva, esclarecedora, absolutamente densa, llena de argumentos por doquier, de innumerables citas y referencias bibliográficas. Una obra sólida y aclaratoria. Porque, y esto tampoco es de Arnau, hay demasiada cháchara con todo lo oriental, demasiada mitificación, demasiada huida de nuestro dolor para intentar solventarlo en un oriente mitificado y mistificado. Demasiada palabrería new age, ya superada y fracasada, pero hoy en día unida al capital, que prometen la felicidad en dos días, así como mezclan sabidurías ancestrales, de la época axial, la filosofía perenne, sin entenderlo para nada, con un esoterismo barato y delirante, además de egoísta, porque lo único que se persigue es la sanación del dolor de uno sin pensar para nada en el otro, los otros y Lo Otro. Como bien señala el Dalai Lama: la ira, el odio, la agresividad, el rencor, el resentimiento…no lo vamos a solucionar con la meditación. Es necesario comprenderlos, enfrentarse a ellos, porque ellos son los que realmente nos hacen sufrir y hacen sufrir a los que nos rodean y al resto del mundo. Y una vez analizados, realizada esa tarea de autoconocimiento, entonces emprender la tarea del hacer, es decir, de transmutar esos vicios morales, ahora, emociones negativas, para quitarle fuerza, en virtudes. Por eso nos dice sabiamente. “La felicidad es la compasión.” Y terminamos con esta cita de Borges:

“Cada vez que recuerdo el fragmento 91 de Heráclito: No bajarás dos veces al mismo río, admiro su destreza dialéctica, pues la facilidad con la que aceptamos el primer sentido (“El río es otro”) nos impone clandestinamente clandestinamente el segundo (“Soy otro”) y nos concede la ilusión de haberlo inventado.” J.L. Borges. 1985.

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