¿Qué va a pasar con las personas que viven en residencias para mayores?

Un artículo de opinión de Margarita Blanco Pertegal

Toda España está desescalando, y lo está haciendo en función de los datos que la pandemia va dejando en las distintas comunidades y provincias. Hemos pasado por franjas horarias según grupos de edad, incluso para salir con las mascotas. Sin embargo las personas que viven en residencias de tercera edad aún no han tenido la posibilidad de hacerlo, y la verdad es que personalmente no lo entiendo.

Pregunte a quien pregunte el trasfondo de por qué no pueden salir, la respuesta siempre es la necesidad de proteger a este grupo de edad tan vulnerable. Los mayores que viven en sus domicilios, igual de vulnerables, pueden desescalar al mismo ritmo que el resto de los mortales, pero los que conviven en residencias parece ser que corren más riesgo, y esto es lo que no entiendo. Creo que para que esta medida de protección que se ha tomado sea realmente efectiva, tendría que ir acompañada de otra medida que ya de entrada es inviable, y hasta me atrevería a afirmar que hasta inhumana, que sería la de confinar en cierta medida a los trabajadores que conviven con ellos, con turnos de trabajo que permitieran aislar lo más posible el contacto con posibles contagios del exterior desconfinado para evitar posibles trasmisiones al interior. Me reitero en lo de inhumano porque esos profesionales estarían al día de hoy privados aun de disfrutar de muchos momentos con sus familias, de ratos de ocio, de poder gestionar sus casas,… Lo mismo que les ocurre a los residentes, y esto por supuesto también es inhumano y me sigue provocando mucho miedo.

Por fin pudieron disfrutar de un espacio acotado al aire libre, aunque creo que la medida llegó un poco tarde. Si se hubiese llevado a cabo antes, cuando no había tanto trasiego de gente (movilidad), habría sido incluso más seguro para ellos, porque mientras más movilidad haya fuera más riesgo hay de contagios. Y a esto me refiero cuando hablo de miedo. Todo se ha puesto en marcha, se va ampliando lógicamente el aforo en locales y actos, hasta los turistas alemanes han llegado a Mallorca como experiencia piloto, todos menos nuestros mayores, que independientemente de que haya habido o no casos de  infectados por coronavirus en sus residencias, siguen confinados a día de hoy. Ellos siguen sin poder disfrutar de la libertad de hacer lo que les guste o les apetezca (en su justa medida), aunque sea en una determinada hora del día. Están al límite de sus fuerzas porque son personas, y si por giros inesperados, o no tan inesperados en la evolución de esta epidemia tenemos que retroceder y volver a confinarnos o  sufrir ciertas restricciones, a ellos les cogerá sin fuerzas, con la sensación de vivir  como si estuvieran encarcelados y sin haber hecho nada para merecerlo. La sociedad en la que vivimos no es perfecta y las fases que se han ido estableciendo durante la desescalada no se han cumplido con el rigor esperado: macro fiestas, botellones, uso inadecuado y raspadito de las mascarillas,… Todo esto hace que las rigurosísimas medidas de protección tomadas con respecto a las residencias sean injustas y si me apuras incongruentes, sin sentido viendo lo que hay fuera.

Me pregunto si encerraríamos a nuestros hijos en una burbuja durante la adolescencia para protegerlos del consumo de drogas, de los abusos que pudieran sufrir a manos de otras personas, de los accidentes de tráfico los fines de semana… ¿Sería un precio demasiado alto, no?

Protegiendo a toda costa se corre el riesgo de no dejar vivir. Sería como “sentarse a esperar”, y ellos desde luego no lo merecen.

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