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Liberación de los oprimidos

Un artículo de opinión de Juan Pedro Viñuela

La figura de Jesús tiene un carácter mesiánico de liberación de la opresión. Opresión del hombre sobre el hombre y del hombre sobre la naturaleza. Es como la figura del héroe que debe redimir del mal. Y el mal es la opresión, la desigualdad entre ricos y pobres.

De ahí que la imagen que nos ofrece la teología de la liberación es la de un Jesucristo libertador. Pero hay que entender que el aspecto de liberación de la figura de Jesús es político-social, pero también espiritual. La persona de Jesús abarca todas las dimensiones; lo que sucede es que debemos tener en cuenta que la esperanza de los oprimidos, que son la mayoría, es una esperanza que, en primer lugar, es político-social, la restitución de la justicia social. Después vendrá, o, incluso, junta, la realización espiritual. Porque, en el fondo, la liberación es una liberación espiritual, pero, claro, es necesario la denuncia de la opresión y de la desigualdad, así como la desobediencia civil y la lucha a través de la no violencia.

Esta imagen de Jesús aúna la revolución espiritual, con la revolución política. Jesús nos enseña un camino de salvación (justicia social) que es el del desapego, pero, a la vez, nos enseña un camino de libertad y la libertad, vivir en libertad, exige la denuncia valiente de la injusticia, de la hipocresía, de las medias verdades, de los débiles, de los leones con piel de cordero, de los embusteros, de los egoístas. Y esto no es ejercer el juicio para desprestigiar, sino que es hablar desde el estado de oprimido y no con la intención de castigar, ni humillar, sino hablar desde la libertad y la compasión. No se pide venganza, se compadece al opresor. Porque el opresor, el hipócrita…, tiene el infierno dentro. Y, por eso, el objetivo de la crítica social y política, desde la libertad, no es la guerra, ni la lucha, sino la liberación.

Pero nadie puede imponer ninguna doctrina, además, no la hay. El libertador, sólo señala el engaño; es decir, el mal camino que lleva el opresor, o que todos llevamos cuando caemos en el egoísmo, los apegos, las adicciones…Y, una vez que se nos ha señalado esto, pues tenemos que seguir nosotros mismos el camino.

La figura de Jesús es tremendamente similar a la de Sócrates, señalan el error, pero no enseñan nada, salvo el autoanálisis. Sí, Jesús habla del amor al prójimo, de la fraternidad, enseña con múltiples parábolas, pero, lo que en el fondo hace es ayudar a que el que le escucha, o los que lo escuchamos, pues encontremos la perla de verdad dentro de nosotros, recorriendo nuestro camino. Por eso Sócrates también enseñaba a conocerse a sí mismo, para encontrar nuestro verdadero ser, para dejar de ser hipócritas y llevar una vida inútil y vacía. Una vida, decía, sin análisis no merece la pena de ser vivida. Y, en realidad, así es, por dura que parezca la sentencia. Porque una vida sin autoanálisis no es más que una réplica, una copia, un automatismo que repite creencias y opiniones, que actúa como un autómata, que no sabe ni qué hace, ni por qué lo hace. Por eso el autoanálisis, el conocimiento de sí nos hace sinceros, libres y valientes y, en la medida en que somos todo esto pues ya no somos hipócritas y estamos en posición de criticar al poder, al opresor, al embustero; e, insisto, con la intención de señalar su infierno para que tome consciencia y sane. Se trata de una lucha desde la libertad y con el arma de la palabra y la no violencia. Porque, como decía Sócrates, más vale padecer una injusticia que cometerla. Si cometemos una injusticia, tenemos el infierno dentro, pero si la padecemos, seguimos siendo los mismos y nos mantenemos en la honestidad y lealtad a la palabra y a la ley de la naturaleza que rige para todos.

Tanto Sócrates como Jesús ven en el otro al hermano, al igual y se compadecen de él, no quieren venganza, por muy duros que sean sus discursos, quieren justicia y desarrollo espiritual. Quieren que el hombre alcance el Ser auténtico que llevan dentro y que hemos escondido bajo siete llaves. El camino espiritual es el camino de la liberación y pasa por la liberación social, por la liberación de los oprimidos, de los hambrientos, de los miserables. Y somos la mayoría, la inmensa mayoría estamos explotados y alienados, gobernados por cuatro señores del poder militar, político, industrial y económico. Unos estamos más explotados que otros, el tercer mundo es el peor parado, allí ya no hay rastro de dignidad. Lo que hay es depredación. El desarrollo espiritual pasa por la liberación de los oprimidos. Y esta liberación es la libertad y se realiza desde la libertad y la valentía.

Nuestra sociedad vive en el entretenimiento, en el discurso fácil y vacío. Por eso cae en el nihilismo, no sabe qué hacer. Se nos ha dominado sin saber que somos dominados. Hemos perdido totalmente el norte. Vivimos como islas-egoicas y narcisistas. De ahí tanta angustia y tanto miedo. Porque cuando tomamos consciencia de nuestro estado nos damos cuenta de que hemos perdido el contacto con la tierra, y somos tierra que anda, que piensa, que actúa, y con nuestros hermanos, a los que hemos considerado nuestros enemigos. De ahí nuestra angustia al tomar consciencia. Por eso esa angustia debe ser la espoleta para la liberación. Tomar consciencia de que somos tierra, hijos de la tierra y hermanos entre todos y de todos los seres sintientes. Y, desde esta toma de consciencia, desde este nuevo sentir elevarse frente al opresor para liberarnos de sus cadenas y de las que nosotros nos hemos creado.

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