Opinión. Juan Pedro Viñuela: 'Nihilismo'

“Si se acepta, como yo hago, la definición de religión de Kolakowski…la religión se convierte en algo mucho más universal que ninguna iglesia, liturgia o evangelio en particular… Nosotros, los humanos, somos criaturas defectuosas, seres finitos que piensan en el infinito, seres mortales dolorosamente tentados con la eternidad, seres inacabados que soñamos con la completud, seres inciertos hambrientos de certidumbre. Somos desesperadamente insuficientes. Y, por esa razón, bien somos irrevocablemente religiosos…bien estamos condenados irremisiblemente a buscar un escape a esa desesperación, una de cuyas alternativas posibles es la religión.” Z. Baumann, La ambivalencia de la modernidad y otras conversaciones. Barcelona, Paidos, 2002, pág. 181. Citado por Lluis Duch. La religión en el siglo XXI. Siruela. Madrid, 2012.


“El ser humano ha perdido la esperanza, luego se ha quedado sin futuro, ha borrado, tergiversado y olvidado el pasado, luego ya no tiene presente. Pende de un hilo en el abismo. Digamos que es como si hubiese perdido pie y está con el agua al cuello. Nietzsche dijo que el hombre es un puente tendido entre la bestia y el superhombre. Pues nos hemos quedado sin puente porque no hemos conservado lo que tenemos de bestia (naturaleza), sino que hemos arremetido contra la naturaleza y no hemos sido capaces de trascender nuestra egoicidad, por eso el superhombre, el ser transpersonal y transegoico, anunciado ya en la época axial, se nos va de las manos, pero es a lo único que nos podemos agarrar.”

La propia naturaleza humana que se caracteriza por la carencia y la insoportabilidad de ésta es la que le da su carácter religioso. Pero esto supone que lo religioso está a la base de todo lo cultural. Y cuando digo religioso, no digo religión, si no la tendencia del hombre a buscar la infinitud, la certidumbre, la seguridad, el sentido. Por eso la Modernidad arrojó al niño con el agua sucia; es decir, eliminó la religiosidad y, más aún, la espiritualidad, con la religión y la superstición. Una cosa es la superstición o la religión como forma de poder y de coacción social y otra la religiosidad desde las entrañas antropológicas del hombre y la espiritualidad como manifestación máxima de la tendencia a la infinitud y transmutación del hombre en el reconocimiento de pertenencia al Ser, a Todo lo que Hay.

El problema de habernos quedado sin religiosidad y espiritualidad (yo las distingo, símplemente por grado cualitativo) es que se ha pervertido el fin humano. De ahí que la profecía de Nietzsche sea cierta. La muerte de Dios es el anuncio del nihilismo. Pero hemos sido nosotros los que hemos matado a Dios (hemos inventado las ideas y hemos negado la realidad de las cosas y, al final, hemos convertido a Dios en la Idea.) Y cuando hablamos de Dios, me refiero a lo que significa Dios: la garantía del sentido, del bien, la verdad, la belleza y la justicia, sin entrar en el papel sociológico de la religión, sólo en su aspecto metafísico y psicológico. El hombre sin religiosidad y sin espiritualidad es un hombre frustrado, perdido, sin sentido. Y no es que haya un sentido, sino que el sentido es la búsqueda de ese sentido, el afán de infinitud y su vivencia metafísica y psicológica. La muerte de Dios es abrir las puertas al anticristo. Algo que ya sugería el olvidado y muy mal interpretado Jung. La razón instrumentalizada, mecanicista, cientificista, reduccionista es el opuesto de la integración, representada arquetípicamente por Cristo (nada que ver con el Cristo de la fe, ni  Jesús de Nazaret), estos son las vías de acceso y de control por parte de la religión, pero que funcionan como símbolos a los que el hombre común se agarra para sobrevivir. Porque el hombre, generalmente, sobrevive. No vive. Entonces esa razón cientificista, totalizadora es el Anticristo. Y así no es raro entender que Nietzsche firmase sus misivas, antes de su colapso mental, como el Anticristo. Pero no porque él y su filosofía lo fueran, sino porque su filosofía es un anuncio del Anticristo; es decir, del nihilismo. Y es este nihilismo el que se ha instaurado entre nosotros durante todo el siglo XX y lo que llevamos del XXI. El hombre, que por naturaleza es un ser espiritual, que no se reduce a lo meramente físico, no puede soportar esta carga de sinsentido y busca su trascendencia en lo que sea. Lo busca en la ciencia, en la política (poder), en el Capital (poder), en las diferentes formas de religiosidad, new age, o sectas, en las múltiples terapias, en el narcisismo de su ego. Y, al final, todo le lleva a su propia autodestrucción, a la soledad, la incomunicación, lo que suelo llamar: el nihilismo solipsista. Pero debajo de todo esto hay todo un discurso racional, mecanicista, reduccionista y cientificista que busca, como todo, el Poder absoluto que lo que ha generado ha sido los totalitarismos políticos, los nacionalismos (fondo de esos totalitarismos), el imperialismo de la tecnociencia dirigida por el dinero (no se busca la verdad, ni el conocimiento, ni se parte de la admiración ante lo real y el reconocimiento de la ignorancia: la docta ignorancia de Nicolás de Cusa), el Poder absoluto sobre la ecosfera, generando un ecocidio que, evidentemente, va acompañado de un genocidio. Ello nos trae en klo que estamos: el colapso civilizatorio. El hombre está perdido, pero es que, en las últimas manifestaciones del Poder, pues resulta que el hombre se encuentra sólo, pero hipercomunicado, se cree “emprendedor”, pero es o se hace esclavo de sí mismo, se cree, políticamente libre, pero es esclavo de aquellos a los que vota, que a su vez lo son de las fuerzas del mercado y de unos cuantos que mueven los hilos de ese mercado, se cree libre y señor de su tiempo, cuando ha de venderse (prostituirse) por unas cuantos horas de pseudolibertad. Porque el ocio está controlado por el poder del Capital: viajes y consumo de todo para evadirse de su miseria y vacío. De lo que se trata es de salir fuera porque dentro no hay nada y, si miramos dentro, hayamos la nada, la desesperación porque hemos sido vaciados de sentido, pero lo hemos consentido y lo seguimos consintiendo. Esto es un juego en el que todos jugamos, cada cual representa su papel. Se cree libre porque tiene una carrera y varios masters (con los que le han estrujado bien, con la promesa del trabajo, más bien esclavitud), sin embargo, todo su proceso educativo consiste en una domesticación, literalmente hablando, y en un aprendizaje para la productividad. Se cree que está informado a través de Internet y las redes sociales, cuando lo que está es siendo observado como un producto más y, vigilado para poder moldear su pensamiento. El hombre es un ciudadano-vasallo, cada vez más vasallo que ciudadano. Así se explican fenómenos que van desde el radicalismo religioso integrista y fanático, la alta tasa de suicidios, a los grandes programas de audiencia o a los grotescos y esperpénticos movimientos nacionalistas con sus líderes haciendo, literalmente, el payaso, y los demás las marionetas. El hombre vacío busca su ser, su esencia, pero si ha desaparecido de su horizonte lo persigue en cualquier bagatela y obedece a cualquier amo.

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