De la música como lenguaje del amor compasivo

 
A Fray Bernardo Mora, verdadero 'instrumento de paz'
 
Hay que cumplir años (bastantes si los contamos desde la dimensión lineal del tiempo), tragarse muchas palabras que fueron arrojadas como actos (actios) de vanagloria, y que hoy te escupen en el rostro como autorretratos de la indefensión, de los contantes ensayos- caídas- aprendizajes- caídas en suma…
 
Es terriblemente humano que, después de tantos festines o ejercicios del intelecto, una caiga en la cuenta de que lo más puro y verdadero, lo que ha configurado lo que una es , reside en la figura de un hombre que ya se ha marchado de aquí.
 
Ha tenido que irse para entender que fue y es un pilar de mi presente: Fray Bernardo Mora González (el Padre Mora), el franciscano de pensamiento y acción coherente que dirigió un coro de voces blancas en Fuente del Maestre, al que pertenecí en mi infancia. Aquel hombre bueno y austero que, una tarde de domingo, me dijo amorosamente: “Llamazares, tú eres una literata nata, tú eres una una palabrista, te tienes que dedicar al periodismo, o a la oratoria, tú tienes el don innato de saber usar la palabra, ése es tu camino”.
 
Y a mí, se me había olvidado que fue el padre Mora quién me Re -conoció a la perfección . Él me (nos) enseñó a respirar , a cantar desde la entraña y el alma. A vocalizar cada palabra degustando su sentido, a entonar y subir y bajar el volumen para significar, a usar las pausas para volver  a tomar aire… Y todo al servicio de emocionar con un mensaje de bondad.
 
Compañeras de aquel coro: en cada sílaba que entonamos, en cada fraseo, en cada canción había una intención ética, un sentido profunda y sencillamente humano. Nosotras cantamos para hacer mejores a los que nos escucharon, para hacer un mundo mejor y más justo. Ésa es la verdadera dimensión del canto que aprendimos de un músico excepcional y de un ser humano de altísima estatura. Ambas facetas, la técnica y la ética, se nos dieron para ser mejores personas y para mejorar la vida de los que nos rodean.
 
El Padre Mora nos enseñó que la educación musical, el canto verdadero, desde ese sentido de servicio a los demás, es el lenguaje universal y atemporal del amor compasivo. Ahora entiendo que me guste el tango, el soul, la canción protesta, las canciones vernáculas con raíz y alma de cualquier rincón del mundo...
 
Todo eso nos fue dado en aquellas tardes interminables de ensayo y juegos en el convento franciscano, aquellas tardes luminosas de la simple felicidad de un presente que parecía eterno, atrapado en los tempos que macaba su viejo metrónomo de madera, un instrumento mágico y evocador para todas nosotras.
 
Luego, coreamos el 'del Coro del Padre Mora no nos moverán', desechas en lágrimas por su inminente partida. Y se nos fue a Sevilla, aunque también estuvo en Guadalupe. Siempre ayudando a colectivos desfavorecidos, siempre operando desde el amor compasivo y un sentido de la justicia social que, a veces, le hacía enfermar de amor ( algunos de sus “superiores” - innombrables e infames– lo llegaron a tildar de loco por la envidia que suscitaba en ellos el que el Padre Mora se ganara el cariño de todos a pulso): “Llamazares, no soporto los abusos de autoridad, que un hombre golpee a una mujer, que se humille al otro porque se considera  inferior  a los ojos de quien le lastima. No lo soporto, delante mía jamás lo toleraré, aunque me lleve yo la bofetada. La asumo”. Doy fe de que era así. Y de que su vida fue un continuo rescate de seres en situaciones durísimas; situaciones de exclusión social como pobreza extrema y analfabetismo, prostitución, adicciones, orfandad… Dedicó mucha energía a un grupo de niñas que ingresó en el Colegio de San Antonio de Loreto (Sevilla); niñas salvadas de entornos que no eligieron y a los que no querían regresar. Hoy son mujeres con sus vidas enderezadas. (Esas niñas con las que nos carteábamos, y con las que compartimos casa, vivencias y esos festivales solidarios).
 
En estos tiempos que vivimos , en los que el odio prende tan rápido, y el concepto de amor compasivo suena a 'buenismo ñoño',  yo, te canto. Yo, como el de Asís, me convierto en tu trovadora. Hasta que nos encontremos, Maestro… 
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