Opinión: 'Mindfulness y sociedad de mercado'

Se ha puesto de moda en los últimos tiempos el llamado Mindfulness, o atención plena. Es una técnica de meditación sacada del Budismo, concretamente, de la meditación Vipassana. Como todo intercambio cultural pues se transforma al pasar de un lugar a otro. Muchas son las aristas que tiene este tema y muchos los meandros que nos llevarían a disquisiciones muy largas y técnicas, tanto históricas, como filosófico-metafísicas, como religiosas, económicas y demás. Es tema para un libro, no de divulgación, sino de investigación académica. Mi intención aquí es, simplemente, la de señalar cómo el budismo, a través del Mindfulness se ha transformado en occidente. Señalaré, tanto aspectos negativos como positivos.

 

Es obvio que el budismo no puede llegar a una sociedad secularizada que ha pasado por la criba de la Ilustración y la muerte de dios. Obviamente, el budismo como religión, con todos sus rituales y demás, es algo que no puede encajar en occidente porque nosotros, por medio de la razón ilustrada y, como mencioné antes, el discurso de la muerte de dios, pues ya hemos superado ese estado de conciencia mítico y de ritual. Ello conlleva aspectos muy negativos, como es el hecho de que el hombre en la actualidad vive desamparado, desesperanzado, a la deriva y cercenado. Siente, más que nunca, la pérdida de la caída, de la expulsión del paraíso, no sabe a qué atenerse.

Y, precisamente, este estado es el que le hace caer en la esclavitud del psicopoder que analiza Chuld Hans. Evidentemente esto le convierte en esclavo. Y aquí es donde yo quiero situar mi breve reflexión sobre el Mindfulness. Esta técnica, como decía, procede de la meditación budista. Ahora bien, la meditación, en sí, no es una actividad dirigida a un fin y, menos, a la obtención de un beneficio. La meditación es un estado de consciencia. Es una forma de estar que crea una forma de consciencia. En última instancia, si hay que hablar de fines, el fin de la meditación es la anulación del yo, es decir, no se persigue fin porque no hay yo. Es decir, tomar consciencia de que uno no es un yo. Es a lo que se le llama Despertar, Iluminación,…y los distintos nombres según las tradiciones. Este despertar, en última instancia, no le ocurre a nadie, porque el despertar es la consciencia de que uno no es. Luego, o todos estamos iluminados, o nadie se ilumina. Es decir, todos estamos iluminados, puesto que nadie es un yo, pero la inmensa mayoría no somos conscientes de que eso es así y vamos funcionando como un yo separado de los otros yoes y del mundo. Bien, Despertar es tomar consciencia (sentir) que eso no es así. No basta entender, aunque es un gran paso.

Ahora bien, el Mindfulness en occidente no tiene nada que ver con esto, es una mera técnica mental y psicológica, incluso psicoterapéutica que va encaminada a fines. Pero fines muy concretos que tienen que ver con los valores del tipo de sociedad en la que vivimos. Esta sociedad es la sociedad de mercado y los valores son los de la eficacia y, esa eficacia tiene que ser productiva mercantilmente hablando. Es decir, que el Mindfulness se transforma de ser un fin en sí mismo, como es la meditación (igual que la ética kantiana) en un instrumento que se utiliza para obtener un beneficio. En primer lugar, es un instrumento para el sistema de salud y, también, por qué no, para la educación. Vivimos en una sociedad enferma en la que los ciudadanos-vasallos están enfermos. Tienen estrés, ansiedad, depresión, obsesiones, fobias, miedos. Es decir, están en una crisis existencial profunda. Pero es una crisis filosófica y metafísica, no psicológico-médica, como nos quieren hacer pensar. Entonces, el Mindfulness es utilizado como técnica, muy eficaz, por cierto, pero no diseñado para ello, para reducir el estrés, la ansiedad… y, de esta manera “curar” al ciudadano enfermo. Es decir, se le pone un parchecito para que siga funcionando y sea rentable para el mercado. Esto, por un lado. Pero es que, además, es muy curioso, mientras que el ejercicio de la meditación, por sí solo, diluye el yo y nos permite eliminar: el egoísmo, la codicia, la ambición…, pues el ejercicio del Mindfulness va dirigido, bajo un discurso de psicología positiva, a ensanchar ese ego. Es el yo, el que se quiere sentir sano. Se nos crea la necesidad, como esclavos que somos, de  que necesitamos estar bien. Y lo necesitamos, no por nuestro bien, no por justicia social, ni compasión, ni para arreglar los problemas del mundo, no, se hace para que el sistema de producción siga manteniendo su status quo. Es decir, el Mindfulness, como otras herramientas es una estrategia, o se ha convertido, en una estrategia de control, a pesar de los beneficios que individualmente puede tener y realmente tiene, pero no es eso lo que cuenta. La razón instrumental ha objetualizado al sujeto y ha instrumentalizado una forma de vida en una técnica o herramienta útil para el mercado. El Mindfulness se ha despojado de toda su tradición y se ha quedado en su esqueleto que es una herramienta. Por eso se introduce en las empresas, ese es el segundo punto, el del mercado laboral y se piensa introducir en las escuelas. No se trata de una forma de liberación, que es lo que significa Despertar, sino de esclavitud. Una forma de psicopoder.

Es muy necesario que los movimientos que pretenden recuperar la espiritualidad, tanto de Occidente, como de Oriente, sean conscientes del mundo en el que vivimos y que tengan en mente que la espiritualidad es una forma de elevar nuestra consciencia que conlleva necesariamente la resolución de los graves problemas sociales que tenemos, que producen un enorme sufrimiento y que están llevando a la humanidad a su autodestrucción. Por el contrario, los movimientos que se dicen espirituales están cayendo en la falacia trans/pos que señalaba inteligentemente Ken Wilbert. Es decir, en su desarrollo espiritual han caído en su problema egoíco individual no resuelto en la infancia. Por eso sólo miran su yo, su salvación y olvidan que el yo está en los otros y su salvación en los demás y el mundo. Mientras, pues existen los farsantes y pseudogurús de turno (psicólogos, médicos, pedagogos…), por un lado y, por otro, el monstruo, el Leviatán del sistema que se lo traga todo. Es contra esto contra lo que hay que luchar. Un desarrollo espiritual no tiene nada que ver con la eficacia, con el fin del estrés, ni la ansiedad, ni chorradas de esas. Uno descubre fantasmas terribles en la meditación, uno se enfrenta a su apariencia de yo, a eso que es el origen del sufrimiento, y lo tiene que ver cara a cara para poderse ver en los demás, porque el otro está lidiando la misma batalla. Y así nos reconoceremos como hermanos. (Y uno se desespera y se enfrenta a la soledad más absoluta, a todos los vicios que vivien en el él y son inconscientes y tienen que salir a la luz, no ser ocultados por un discurso buenista positivo). La fraternidad universal de la que tanto hablo. Y es ésta la única que puede proporcionarnos un salto de consciencia. Un salto colectivo, porque la época de los maestros ya pasó, esa fue la época axial, la de los Budas, Jesús, Sócrates… y demás. Ahora hemos creado una mente global, lo que hace falta es que esa mente global, esa consciencia, no sea la consciencia egoica instrumental, sino la plural y fraternal.

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