Opinión: 'Diatriba contra los farsantes'

Una de las características de la posmodernidad es la farsa. Es decir, que el mundo está lleno de farsantes, de aprovechados, mentirosos y camaleones que abusan de la ignorancia colectiva, del miedo, de la falta de sentido al que nos ha llevado este mundo heredero de la modernidad y de una razón ilustrada que no es, lo que debió ser, de una razón ilustrada que se pervirtió y se objetualizó, se convirtió en instrumental y redujo al hombre a una única dimensión, la dimensión material-determinista y, por ende, mercantil.

 

 

Pero, claro, el hombre, en este comienzo de siglo se siente perdido, es una isla-egoica, pero insatisfecha. Las relaciones se han reducido a las relaciones con las máquinas, el contenido de las relaciones se reduce al mínimo, la expresión lingüística, que es el vehículo del pensamiento y las emociones, se reduce a caracteres icónicos, como en los inicios de la humanidad. El hombre se siente solo, perdido y siente miedo, mucho miedo. Por eso busca salvadores. Y los busca en todos lados: en la política, en la ciencia, en la economía, en la new age, en los falsos gurús, los falsos maestros espirituales, los falsos iluminados. Y, el hombre, que, además de miedo, es cobarde y no es capaz de ser libre, se rinde ante estos farsantes. Y, además, como es egoísta, no entiende, no comprende, que no es él solo el que sufre, el que tiene miedo, el que está desamparado, sino que es la humanidad entera, la naturaleza en su conjunto. El hombre vive aislado, escindido, encerrado en su miedo y cobardía. Y no es capaz de salir y se agarra al puñado de frívolos farsantes que prometen la liberación, el paraíso, la prosperidad, la iluminación, el poder, el trabajo. Todo una farsa excretada por el propio sistema capitalista y sus cloacas que se autoconsume.

El hombre tiene que aprender a pensar. Hay que recuperar la verdadera razón ilustrada, que no era una razón matemática, sino cordial, pasional. Una razón ligada al hombre, a todo lo que el hombre significa y unida también a la naturaleza, como en la época de los estoicos. La razón es la ley de la naturaleza y del hombre, y es la misma, y lo hemos olvidado, nos hemos pervertido, nos hemos creído dioses, pero no hemos creado más que un ídolo con los pies de barro. Que ahora se desmorona y nosotros ante él. Ya carecemos de ilusión, dee futuro. Hemos perdido la esperanza, que es el legado de los dioses para la humanidad. Desesperanzado somos presa fácil. Hay que recuperar los ideales de la Ilustración, los verdaderos valores, no el valor de la utilidad, igual a valor mercantil, sino los valores de la libertad, la igualdad y, sobre todo, de la fraternidad. Todos somos Uno, porque somos iguales. Y somos Uno con la naturaleza y sin ella no tenemos sentido. Hemos perdido nuestro sentido por haber creado un mundo artificial que el progreso nos vende como el paraíso, pero que, a cada paso que damos, nos encontramos más lejos de nosotros mismos. Es necesario volver a casa. Como el hijo pródigo. Recobrar nuestra identidad, saber y reconocer quiénes somos. Ello implica desaprender para poder recordar. Aprender ahora es recordar quiénes somos realmente en todas nuestras dimensiones. Nunca tuvo tanta razón el viejo Platón. Y, para ello, hace falta valor y el valor nos hará libres. Mientras, renunciemos a cualquier redentor, todo aquel que se proclama redentor es un farsante, no hay redención, hay recuerdo de nuestro ser originario, recuperación de nuestra identidad, como especie, como sociedad, como familia y como naturaleza. Todo lo demás es artificio. Y esto que digo, no es ninguna redención, como algún malpensado podría imaginar, sino una demolición. Yo filosofo con el martillo, como me enseñaron otros más sabios antes. Atrévanse y recuerden que no estamos solos, que somos uno con los demás, que somos uno con la naturaleza y uno con todo el universo. Salgan del cascarón tecnológico en el que nos han introducido para alimentarse de nosotros. Contra el miedo, el amor universal: el reconocimiento del otro y lo Otro.

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