Fuente del Maestre, de los pueblos extremeños más castigados por la represión franquista

Manifestación del 1 de mayo de 1931 por la calle Corredera. Fuente: J. Lozano, ‘Fuente del Maestre, la imagen de cien años’

Este artículo, publicado en la edición impresa del mes de octubre, ha sido escrito por Alfonso Suárez Pecero, licenciado en Historia y en Humanidades por la Universidad de Extremadura.

El 20 de agosto de 1936, hace unos ochenta años, el teniente coronel Delgado Barreto al mando de una tropa de legionarios y regulares procedentes de África entraba en Fuente del Maestre, una localidad ubicada en la zona central de la provincia de Badajoz, próxima a la Vía de la Plata, que contaba en ese año con unos 8.300 habitantes. Sin encontrar apenas resistencia, la ocupación del pueblo fue rápida. Bastó un paseo, una simple demostración de fuerza y unos cuantos disparos para que los sublevados se hicieran con su control.


Para entonces en el pueblo quedaban pocos republicanos que pudieran haberles hecho frente. El día 9, después de que los sublevados hubieran tomado ya Los Santos de Maimona, Zafra, Almendralejo y Villafranca, corrió el pánico y numerosos integrantes del comité local de defensa huyeron. Tampoco se quedaron los milicianos dirigidos por el cacereño Antonio Villarroel que habían llegado horas después tras ser avisados de la indefensión en la que había quedado el municipio, ni la columna comandada por el diputado comunista José María Cartón que, pasando por La Fuente ese mismo día, se dirigió a la mañana siguiente a combatir a los fascistas en Villafranca.

Un vez tomada la población, el día 22 se constituyó una comisión gestora integrada por conservadores, falangistas y reaccionarios, presidida por el jefe local de Falange Española, Luis Periáñez, la cual, entre sus primeras medidas, mandó tapiar calles para asegurar la defensa del pueblo, requisar muebles y otros efectos de valor, incautar la Casa del Pueblo, prohibir enérgicamente la ocultación de personas en las casas, exigir la devolución de los objetos y armas que hubieran sido robados, abrir una campaña de donativos en oro –eufemismo para los vencidos- con el fin de contribuir con la “salvación de España”1  y aniquilar de raíz toda disidencia.

La represión, que no dio inicio hasta cuatro días después para que quienes hubieran huido se confiaran y regresaran, estrategia seguida en otros pueblos, se ejecutó con total impunidad. De poco sirvieron los trapos blancos en los postigos, que no hubo piedad. Las fuerzas locales, en connivencia con la mayoría de los que se habían opuesto a la República desde su misma proclamación, incluida por supuesto la Iglesia, arremetieron con una sádica planificación para que nunca más se volviera a soñar con una vida más justa.

No perdonaban que trabajadoras y trabajadores de todos los ramos tuvieran conciencia de clase, que se organizaran, que cuestionaran la desigualdad, los privilegios, el despotismo, el clericalismo, el orden natural y divino de siempre, que se movilizaran y lucharan por un jornal justo, por un trato digno, por ejercer el voto libremente, por sus derechos, que ansiaran trabajar las tierras que los señores no ponían a producir.   

¿Cómo volver a consentir la propagación de panfletos donde se denunciara abiertamente a los terratenientes que amenazaban con despedir a todo aquel que no les diera su voto, dejándolos en la más absoluta miseria? ¿Cómo aceptar que las clases populares entraran a formar gobierno y sus políticas se encaminaran a mermar su poder absoluto? ¿Cómo permitir que un millar de obreros se les enfrentara a través de un paro continuado hasta conseguir en enero de 1933 unas condiciones laborales más justas y que ellos –los señores, los que habían mandado siempre- tuvieran todavía que cederles unas tres mil fanegas en arrendamiento?2 ¿Cómo tolerar, por mucho que hubieran sido ellos quienes habían boicoteado las tímidas medidas de reforma agraria, que los jornaleros tuvieran el atrevimiento de ocupar siquiera una de sus fincas tras la victoria del Frente Popular?

No estaban dispuestos. Por eso, desde el momento en el que se proclamó la República y se comenzó a legislar para darle forma a la democracia, elementos militares, reaccionarios y fascistas hicieron todo lo posible para frenar el avance de la lucha obrera. También en Fuente del Maestre, donde el punto álgido de su oposición tuvo lugar durante el Bienio Conservador, en concreto tras la celebración del 1 de mayo de 1934, Día del Trabajador, cuyos sucesos fueron recogidos por toda la prensa del país.

Después de pasar la jornada festiva en la Sierra, centenares de hombres y mujeres se manifestaron en el pueblo, desplegando banderas, coreando consignas, cantando la Internacional. Cuando la guardia civil y la municipal quisieron impedirlo, se produjo el enfrentamiento, que se saldó con cuatro obreros muertos, numerosos manifestantes heridos y decenas de detenciones3. Al tiempo que el consistorio acordaba en pleno gratificar por su “actuación heroica” a los guardias4, de los que alguno también había resultado herido, la Comisión Ejecutiva de la UGT denunciaba la complacencia del gobierno central ante ese tipo de hechos5  y el diputado comunista Cayetano Bolívar condenaba enérgicamente el abuso de la fuerza pública en este pueblo ante la misma cámara del Congreso6.

Pero esta actuación represiva no fue más que la antesala de la que se sucedería tras la ocupación de la población, cuando tuvo lugar un verdadero genocidio, del que incluso fueron víctimas familias completas. Con un absoluto sentido ejemplarizante, muchas mujeres fueron violadas, humilladas, rapadas y purgadas, para luego, después de que el aceite de ricino hubiera hecho su efecto, ser paseadas públicamente e incluso llevadas a misa para el escarnio de todos7. La “vaca”, el nombre que recibió el coche que los transportaba por el sonido característico de su claxon, estuvo haciendo viajes diariamente por los meses siguientes a las tapias del cementerio, a la vez que, cual macabra campana de Pavlov, iba induciendo un miedo que se transmitiría por generaciones.

La tradición oral hace referencia a unas cifras que oscilan entre las 300 y 350 personas fusiladas, de las que el historiador Javier Martín Bastos ha podido documentar 203, no sin advertir de la ocultación de datos, los eufemismos y omisiones en las inscripciones de defunciones de los registros civiles8. A estas pérdidas humanas habría que sumar otras seis condenadas a pena capital, y que han sido documentadas por la historiadora Candela Chaves9.

Con edades comprendidas entre los 17 y 64 años y una edad media en torno a los 35, más de la mitad eran jornaleros. Sorprende el elevado número de zapateros, hasta catorce, un gremio que había sido muy contestatario. Un trece por ciento eran miembros de la Corporación Municipal o dirigentes de la Casa del Pueblo10. También fueron mujeres, doce, cantidad que los testimonios orales elevan a quince. Todos, víctimas de los “paseos”, que tuvieron lugar desde el día 24 de agosto hasta el 14 de noviembre de 1936 y, de forma puntual, el 6 de septiembre de 1937. Asesinatos en masa sin juicio alguno, con días fatídicos, como el 17 de septiembre de 1936, tres días después de cuando se conmemora al Cristo de las Misericordias, patrón del pueblo, en el que se llegan a contabilizar hasta 25 fusilados.

Martín Bastos, que ha abordado la represión franquista en la provincia de Badajoz, presenta a Fuente del Maestre como una de las localidades más castigadas –la décima en cuanto al número de víctimas documentadas en su investigación11. Sin duda, esta desproporcionada magnitud sólo puede explicarse si se atiende a la significativa relevancia que tuvo la lucha obrera, al elevado grado de concienciación y organización, así como a la alta movilización social habida desde 1931, como respuesta al dominio absolutista de unas cuantas familias que se habían perpetuado en el poder desde tiempos inmemoriales. Por eso el carácter planificado, ejemplarizante y depurador del exterminio franquista, cuya naturaleza no guarda relación con la violencia desatada entre el golpe de estado y la ocupación del pueblo.

Antes del 20 de agosto, el Comité Local había incautado armas, saqueado y detenido a todo aquel que hubiera conspirado contra la legalidad democrática y se hubiera manifestado a favor de la sublevación. Francisco Espinosa, a partir de algún testimonio recogido, refiere cómo la derecha de este pueblo reconoció que los presos fueron tratados “si no con respeto y dignidad, tampoco de forma despiadada y cruel”12. Si bien en la noche del 9 y el 10 de agosto tuvieron lugar once ejecuciones, éstas fueron ordenadas por Villarroel y practicadas por la columna de milicianos que dirigía, quienes habían llegado de fuera después de que la mayoría de los dirigentes republicanos fontaneses ya hubieran huido y los presos hubieran sido puestos en libertad.

La elocuencia de las cifras, la planificación y la tipología de la violencia franquista muestran en cambio una represión de corte fascista a la que todavía hay que sumarle otro siniestro componente. Damnatio memoriae, la condena de la memoria. Es decir, la política de olvido programado, que se impuso primero a base de terror durante la dictadura franquista. El historiador Joaquín Pascual recuerda como en los años cincuenta, cuando apenas era un niño, muchas mujeres se quedaban rezando sin pasar de la puerta de entrada al cementerio, donde se encuentra el grueso de la fosa común, para no ser identificadas. Luego, se aceptaría de forma tácita e interesada desde la Transición Democrática.

Como en todo el país, en Fuente del Maestre sólo se reparó la memoria de los vencedores. El 9 de septiembre la Comisión Gestora acordaba en pleno celebrar honras fúnebres en sufragio de las víctimas de las “milicias rojas”13. El 7 de julio de 1938 se exhumaban sus cuerpos del pozo del cementerio donde habían sido arrojados, para después ser enterrados con toda solemnidad en una capilla del convento de los franciscanos. Y hasta la llegada de la democracia, una lápida en el muro exterior del crucero de la iglesia parroquial recordaba sus nombres, junto con los de los caídos por la patria en acción de guerra.

A los fusilados de la represión fascista, nada. Cuando por fin en el 2002 una corporación socialista decidió homenajearles con la colocación de un monolito, tres años más tardes el Partido Popular sustituyó la leyenda: “En memoria de los que perdieron su vida por la democracia y la libertad” por la de: “En recuerdo de las personas humildes que están enterradas en el subsuelo de este cementerio”, volviendo a sumir su recuerdo en la más profunda invisibilidad de la fosa en la que siguen yaciendo. Y todavía pudo ser peor, recuerda Pascual, ya que sobre la misma se pretendió construir unas hileras de nichos, lo que hubiera imposibilitado cualquier iniciativa de exhumación futura. La propuesta, que fue contestada enérgicamente, acabó derivando en la creación de una aséptica e innominada zona ajardinada.

Monolito en el cementerio municipal antes y después del cambio de la leyenda. Fotografía de realización propia

Esta desmemoria programada y estos continuos embistes a los intentos de reparación de la dignidad de los represaliados, que habría sanado heridas, contribuido a hacer justicia y favorecido una reflexión crítica y constructiva de nuestro presente, le conviene al sistema. Ochenta años después sigue interesando perpetuar la imagen de una Extremadura del aquí no pasó nada, del sufrieron igual los dos bandos, del aquí nunca hubo lucha obrera, de señores y criados, del conformismo y la resignación, del no te signifiques ni te metas en política. La imagen que hemos creído e interiorizado, la que todavía sigue proyectándose, al tiempo que desmovilizando a buena parte de la población.

Pero lo cierto es que, en esta tierra, en Fuente del Maestre, sí hubo movimiento obrero. Sí hubo una lucha organizada para la conquista de derechos y la dignificación de la vida. Los hechos y las cifras de los fusilados en la tapia Oeste del cementerio lo corroboran. Lo que ocurre es que quienes detentan el poder saben que, si se reparase su dignidad, se hiciera justicia, se dieran a conocer los episodios traumáticos de la represión franquista, se construyeran nuevos relatos con base en la verdad histórica y éstos se contaran en las escuelas, la memoria de los vencidos podría ser el acicate de una ciudadanía más consciente y más movilizada. Acciones con las que, irresponsablemente, jamás podrán estar de acuerdo.

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1 Archivo Municipal de Fuente del Maestre. Acta de sesión de 24 de agosto de 1936.
2 La Voz, (Madrid), “Un grave paro obrero resuelto satisfactoriamente”,31 de enero de 1933, p. 1.
3 La Voz, (Madrid), 2 de mayo de 1934, p. 1
4 Archivo Municipal (…). Acta de sesión de 7 de mayo de 1934
5 La Libertad, (Madrid), “Unión General de Trabajadores. Solidaridad con los trabajadores de Puertollano”, 4 de mayo de 1934.
6 El Sol, (Madrid), 18 de mayo de 1934, “La sesión de las Cortes” p.2
7 Testimonio recogido por M. Almoril, cit. en F. Espinosa, La Columna de la Muerte, Barcelona, Crítica, 2003, p. 158.
8 J. Martín Bastos, Pérdidas de vidas humanas a consecuencia de las prácticas represivas franquistas en la provincia de Badajoz (1936-1950), Tesis doctoral, Universidad de Extremadura, 2013, p. 85, 215.
9 C. Chaves Rodríguez, Justicia militar y consejos de guerra en la Guerra Civil y Franquismo en Badajoz. Delitos, sentencias y condenas a desafectos, Tesis doctoral, Universidad de Extremadura, 2014.
10 F. Espinosa, op. cit., p. 158.
11 J. Martín Bastos, op. cit., p. 944.
12 F. Espinosa, op. cit., p. 154.
13 Archivo Municipal (…). Acta de sesión de 7 de septiembre de 1937.

Alfonso Suárez Pecero (1983), licenciado en Historia y en Humanidades (Universidad de Extremadura). Cuenta con un Máster en Arquitectura y Patrimonio Histórico (Universidad de Sevilla) y otro en Gestión y Desarrollo Cultural (Universidad de Guadalajara – México). A lo largo de su desarrollo académico y profesional, se ha ido especializando en temas relacionados con las identidades y percepciones culturales, la memoria colectiva y el patrimonio y paisaje cultural

 

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