Breve apunte sobre el amor platónico

El amor platónico ha sido muy mal entendido. Bueno, como casi toda la filosofía griega que ha pasado por diversos filtros que la han caricaturizado. Pero eso es otra historia mucho más larga y compleja. El amor platónico se ha confundido con la famosa media naranja, lo cual significa que somos seres incompletos y que la forma de completarnos es por medio de la consecución de nuestra media naranja y que no podemos ir por ahí sin esa media naranja. De ahí que solteros, separados y demás sean considerados bichos raros, si no algo peor, enfermos sociales o psíquicos. Y quizás, pueda ser lo contrario. Aquel que compulsivamente busca su media naranja es que no se acepta tal cual es.


Un error muy lioso en torno a la concepción del amor platónico es considerarlo como un amor ideal. Es decir, algo irrealizable físicamente. Algo que está ahí, en tu imaginación, con lo que fantaseas, de todas las maneras, sexualmente, vivencialmente,.. pero que sabes, de antemano, que nunca tendrás. Nada más lejos de la realidad y de la cultura griega en la que Platón y Sócrates, el protagonista de sus diálogos, en los que se explica la teoría del amor.

Esto es una visión cristianizada del amor platónico, debido a la gran influencia del platonismo en la conformación del cristianismo, que había que depurar. El cristianismo, en su versión agustiniana, hace una lectura del pecado original absolutamente sexualizada. (Esta lectura persiste tanto en la religión como en el inconsciente colectivo. El mercado, por ejemplo, lo sexualiza todo, pero esto es también otro tema.) Identifica el mal con el cuerpo físico y todo lo que ello representa. Y, lo que el cuerpo nos da y lo que somos es placer y el mayor placer, aunque esto es discutible, quizás no sean comparables, es el placer sexual. Al menos es el más universal. El estético y el de la contemplación no lo son, por ejemplo.

El caso es que el cuerpo es el mal y todo lo que provenga de él es el mal. Y el placer nos vuelve sobre nosotros y sobre la naturaleza, también estigmatizada por el cristianismo, de modo que el placer, piensa el cristianismo nos aleja de Dios, ese dios patriarcal, violento, cargado de ira y vengativo, el dios del fuego. Entonces, el cristianismo optó por dividir el amor en un amor puro, que es el llamado por Platón el amor celeste, que sería el de las almas y un amor impuro e infernal, que es el carnal-sexual que seria el amor terrenal y que nos lleva directos al infierno. De tal modo que la práctica del sexo, dentro de la iglesia, queda reducida al matrimonio y, siempre que vaya dirigida a la procreación.

Nada más lejos de la realidad griega y platónica. Los griegos eran sensuales, no habían dividdo al hombre en cuerpo y alma (apreciaban la naturaleza y el cuerpo y el disfrute de ambos y mostraban su agradecimiento), aunque Platón lo haga, su división no es total, ni moral. Para él hay una parte del alma mortal y otra inmortal, que es la que nos lleva al conocimiento puro de las ideas. Y es, además, el alma que se reencarna. La otra parte del alma son las pasiones que, por lo demás, tienen su asentamiento en el cuerpo: la irascible y la concupiscible. Y la tarea de toda una vida es la de armonizar esos impulsos anímicos. Es lo del mito del carro alado.

El auriga es el que dirige ese carro y representa a la parte racional del alma (Logos, no olvidar que el logos en Grecia no es la razón científica, sino el principio unificador de todo lo que hay, la inteligencia que lo une todo y de la que el alma participa como ser del cosmos. El logos es aquello que hace que lo que hay sea un cosmos, orden, y no un caos) que está tirado por dos caballos. Estos representan la parte afectiva del alma: una concupiscible y otra irascible. Cada una tira hacia un lado. Una hacia el cielo, el mundo hiperuranium, y otra hacia la tierra, los placeres sensibles. El auriga debe guiar ese carro de manera armónica, no se trata de reprimir, ni de acabar con ninguno de esos caballos, sino de educarlos. Es decir, de conseguir la virtud, que en griego es: areté y que significa, excelencia. No se trata pues de la represión, lectura cristiana, sino de la educación en la virtud. De ahí que el auriga, si es sabio, si tiene la virtud de la Prudencia, pues entonces será capaz de controlar su alma, sus pasiones, pero no anularlas. Y, entonces educará al caballo negro, que tira hacia lo sensible, en la templanza, y al caballo blanco, que tira hacia los cielos, en la valentía. Y cuando haya un equilibrio entre las tres partes del carro, éste ira deslizándose de forma fluida, en paz y en calma. Habrá conquistado la serenidad, no será arrastrado por los deseos. Tampoco el auriga puede permanecer en la isla de los bienaventurados, dedicado al estudio, tiene que participar en su autoeducación, el dominio de sí mismo, y en el nivel político (polis, ciudadanos), la educación del pueblo en la virtud.

Por otro lado, el amor es descrito de dos formas, una subjetivamente y otra objetivamente. El diálogo El banquete lo hace de forma subjetiva; es decir, qué le pasa al sujeto que ama, al que está enamorado. Es en este diálogo, una de las obras literarias mayores de la historia, no sólo filosóficamente, donde se desarrolla la teoría del amor platónico que se ha vulgarizado y que ha malinterpretado el cristianismo. Allí aparece el amor como Eros, un dios y, entonces, el que está enamorado pues está ciego, ha sido arrebatado por los dioses, no sabe lo que hace, ni lo que dice. Ha perdido su atención, como dice más prosaicamente nuestro filósofo Ortega: “El enamoramiento es una distorsión patológica de la atención.” Es decir, que el que está enamorado sólo tiene un pensamiento. Es, entonces, una posesión diabólica, o, como diría la psiquiatria, un trastorno obsesivo compulsivo, pero transitorio, sólo hace falta la convivencia para sanarlo. Porque este amor no es un amor auténtico, es una proyección de mi carencia en el otro. Es una búsqueda de mí en el otro, sin yo saber que lo que pongo en el otro es lo que yo quiero ver. Es una distorsión del otro y, por eso, da lugar al amor pasión y al amor posesión que se ha cultivado en occidente y que tanta infelicidad ha producido, máxime cuando esas uniones eran consagradas por la iglesia e indisolubles.

Pero en realidad el amor no es un dios, sino un semidios. Y, como tal, no es perfecto, ni inmortal, ni bello, ni sabio, ni justo. Pero, al tener la naturaleza divina, según nos cuenta el mito del origen de Eros en el Banquete platónico, pues es consciente de su carencia. Esto es, que el amor sabe de lo que carece, conoce el bien, la belleza, la virtud, la justicia y la verdad, pero no las tiene, entonces las busca, pero no porque busque su otra mitad, sino porque es consciente de su naturaleza real. Y su naturaleza real está en Ser: la belleza, el bien, la justicia… y por eso el amor es un filósofo, nos dice Platón. El filósofo es el que ha tomado consciencia de que es ignorante, es decir, el que se ha escapado de la caverna y, entonces, sabe de lo que carece, sabe que su realidad es otra y vive en la ilusión, el sueño, las apariencias. Por eso el filósofo significa: amante de la sabiduría. Y no amor, que es algo abstracto, sino amante, que implica dinamismo, acción. El que busca su auténtico Ser. Y su Ser es aquel que contempló en el mundo de las ideas antes de nacer y que ha olvidado, por eso estaba en el fondo de la caverna. No hay media naranja que valga, la búsqueda es la de su maestro Sócrates, es introspección. La verdad, la belleza, el bien están dentro de uno y la búsqueda es recorrer el camino del recuerdo de quien soy, que no soy precisamente este ser físico, biográfico…sino aquel que participa de las ideas absolutas. De la realidad última. Por eso el amor platónico es una búsqueda de nuestra perfección que habíamos olvidado. Por eso Platón nos dice que aprender es recordar. Todo está dentro de ti, en tu alma, pero lo has olvidado. Si te lanzas como loco en busca de tu media naranja cada vez te alejarás más de ti mismo. Sólo podrás amar a alguien, de verdad, si es un ser completo y autorealizado, eso sí, si tú también lo eres. Entonces sí puede haber un amor puro, desinteresado; es decir, libre. Porque amar es dejar al otro ser quien es. Amar es ofrecer la libertad y el agradecimiento al otro de ser quien es. Agradecer el que exista. Todo lo demás son condicionamientos.

Pero hay otro diálogo en el que se aborda el tema del amor y es El Fedro o de la belleza. Y aquí se hace de forma objetiva. Es decir, que se trata al amor como un objeto que analizamos, no la experiencia subjetiva. Aunque es inseparable. Pues bien, la naturaleza del amor es dialéctica. Eso quiere decir que vamos de lo concreto a lo abstracto, del mundo sensible, al mundo de las ideas, del mundo aparente, al mundo real, del mundo del sueño y la ilusión, al mundo de las ideas inmutables, eternas, perfectas… claro, esto es un camino ascendente, como el camino de la salida de la caverna, y no todos salen de la caverna, al contrario, una inmensa minoría. Pues lo mismo pasa con el amor entendido dialécticamente. Pero Platón nos ofrece una definición de qué es el amor para después, como es habitual, dialogar sobre ella mayeúticamente para extraer lo que pueda tener de verdad o falsedad o en qué puede consistir. Y Platón define al amor de una de las maneras, que, por lo menos para mí, la primera vez que la escuche, en boca de mi profesor de antropología filosófica, me dejó anonadado; y es la siguiente. “El amor es engendrar en la belleza.” Es como para quedarse patidifuso. Y no enterarse de nada, al menos eso es lo que me pasó a mí y, aún hoy en día me resulta enigmática, aunque algo he indagado. El amor es búsqueda. Y la búsqueda es la de la belleza. Y, a través de la belleza llegamos al bien, que es la idea de las ideas. Pero, como hemos dicho, aprender es recordar. Y aprender es introspección. Recordar lo que está en el alma y ya lo sabíamos. Pero, cómo podemos recordar. Pues aquí es donde juega un papel importantísimo el mundo sensible, que no es el mal, como vio el cristianismo, sino una participación de las ideas y, en última instancia, una participación del bien. El mal que pueda haber en el mundo es carencia de bien y nuestro mal moral, ignorancia de lo que somos, porque somos El Bien, pero mientras no lo recordemos, actuaremos de forma separada y desde el odio, la tristeza y el rencor, no desde el amor, incluso lo que llamamos amor, no es más que interés y miedo a la soledad que nos enfrenta a nosotros mismos, a nuestra sombra, diría Jung, a nuestros fantasmas. Claro, por eso sólo puede amar de verdad aquel que no necesita para Ser a nadie (me refiero a que sus relaciones con los demás no son interesadas, no que sea un solitario huraño e inadaptado que odia a la humanidad, cuidado con esto); es decir, aquel que es capaz de estar solo. O, como decía Pascal: “Los males de la humanidad comienzan en el momento en el que el hombre traspasa el umbral de su casa porque no es capaz de permanecer una hora solo en su habitación.” Por eso, para amar, de verdad, hay que cultivar la soledad y el silencio. Y, por supuesto, la autoindagación o el conócete a ti mismo socrático.

Pues bien, la dialéctica va de lo particular a lo universal, es decir, de contemplar la belleza en un cuerpo bello a contemplar la Belleza en sí. Esto es, que es el mundo sensible, lo particular la puerta de acceso al mundo de la verdad, la belleza y el bien. No se niega lo sensible, al contrario, se ensalza, enlazando con el chamanismo. Claro, no olvidemos que estamos inmersos en las religiones del misterio del paganismo mediterráneo. No podemos acceder directamente al conocimiento de la belleza y demás ideas, sino es a través de nuestra experiencia en el mundo sensible, como seres físicos y sensibles que somos, además de almas racionales y demás. Hemos de experimentar en el mundo sensible el recuerdo de la belleza y esto es lo que el amor nos permite. Por eso el amor es engendrar en la belleza, porque conociendo la belleza de lo particular, un cuerpo bello, una puesta de sol, un poema, una teoría científica, una constitución política, un gesto, un acto de compasión,…vamos engendrando en la belleza, que se me presenta de forma particular empíricamente: la Belleza en sí y, de paso, El Bien que es la idea en la que participan todas las demás ideas. Y ése es el camino dialéctico del amor, que es un camino de ascensión, por tanto, difícil, que requiere esfuerzo, valor, determinación, disciplina, en el que habrá caídas, desengaños, grandes peligros, retrocesos…noche oscura del alma, en definitiva. Un camino que sólo realizaran unos pocos, pero al que todos estamos llamados. Es un camino de ascesis, o de purificación, si quieren llamarlo así. Y es un camino en el que el mundo sensible y el de las ideas quedan unidos, en realidad es este mundo el que me proyecta al otro, pero, porque en realidad, no hay un topos, un lugar del otro mundo, sino que está en éste. “El Reino de los Cielos está dentro de ti” se nos dice en los evangelios. Ese es el sentido de engendrar en la belleza. LA BELLEZA está en una flor, en un poema, en un gesto, en una caricia, en el sexo, en la contemplación de las estrellas, de la ciencia, de la inteligencia, de la bondad… Todo me acerca a la belleza en sí hasta que recuerdo plenamente que yo soy la belleza, que no carezco de nada puesto que la realidad es una. Que fluye, que cambia, que se transforma, un proceso, lo que sea, pero Una. Y la ascesis implica el cultivo de la virtud en su doble significado, el griego: excelencia y el latino: valor, fuerza, determinación.

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